Relaciones del TCAE con el paciente

Introducción

Se entiende por rol el papel que debe representar una persona dentro de una determinada organización. Nosotros diariamente representamos varios roles (rol de padre o madre, rol de hijo, rol de alumno, rol de trabajador ...) y en cada uno de ellos tendremos unas competencias y tareas diferentes. Es necesario e imprescindible conocer en cada uno de los casos qué es lo que se espera de nosotros para que nuestra actuación como padre, madre, hijo, alumno o trabajador sea la correcta en cada situación.

Rol del profesional

En la profesión sanitaria es imprescindible el trabajo en equipo. Los distintos roles que forman parte del equipo de trabajo están muy bien definidos. Cada uno de sus componentes, médicos, ATS/DUEs, TCAEs, celadores ...debe cumplir un papel y se tiene muy claro cuáles son las competencias de los distintos profesionales.

Antes de desempeñar nuestro trabajo, no sólo es indispensable tener buena formación sino que, además, es necesario poseer una información sobre él. De este modo podremos asumir adecuadamente el rol laboral, seremos eficientes y evitaremos cometer errores. No perdamos de vista que los errores afectan a los pacientes, pero también a nosotros porque nos producirán un estrés innecesario y una gran insatisfacción laboral.

Los derechos y deberes de la profesión se encuentran en tres lugares distintos:

  1. Estatuto del Personal Sanitario no Facultativo de las Instituciones Sanitarias de la Seguridad Social. Se encuentra en una Orden Ministerial de 26 de abril de 1973 (B.O.E. de 28 de abril) y las funciones del Auxiliar de Enfermería se detallan en los artículos 75 al 85. El Estatuto sufrió algunas modificaciones y actualizaciones en abril de 1989.

  2. El Real Decreto 137/1984 (11 de enero de 1.984) sobre las estructuras básicas de salud en Atención Primaria. En este caso se especifican las funciones del Auxiliar de Enfermería en Atención Primaria.

  3. El Real Decreto 546/1995 de 7 de abril (B.O.E. de 5 de junio de 1995) en el que se establece el título de Técnico en Cuidados Auxiliares de Enfermería. En él se especifica qué debe ser capaz de hacer un TCAE.

Cada institución debe tener recogidas las funciones del personal y ponerlas a disposición de éste. Así que, si no las has visto nunca, no estaría nada mal que las consultaras y las compararas con éstas.

Estatuto PSnFISSS

Ver el Estatuto del Personal Sanitario no Facultativo de las Instituciones Sanitarias de la Seguridad Social. Completo y actualizado.

Hoy en día sigue vigente pero hay que hacer algunas puntualizaciones:

En el artículo 75:

  • Se habla siempre de “las Auxiliares” y, evidentemente, hoy existen TCAEs varones. Hace algunos años al personal masculino se le requería para trabajos que necesitaban mayor esfuerzo físico, por eso eran las auxiliares mujeres y los celadores varones.

  • Cuando se cita al “Personal Auxiliar Sanitario” se está refiriendo a aquellos que habían sacado el título de enfermeras, practicantes o matronas en escuelas especiales que existían antes de que se ofrecieran por las universidades.

  • Como verás se habla del rasurado de las enfermas ya que el rasurado a los pacientes lo realizaba el personal masculino. Esta costumbre sigue practicándose en algunas ocasiones, sobre todo en pacientes altamente pudorosos.

En el artículo 77:

  • La palabra “pulmotor” no existe en nuestro idioma. Se refiere a una marca registrada a principios del siglo XX de ventilador artificial a presión positiva. Hoy está totalmente en desuso.

En el artículo 85:

  • Se prohíbe realizar escarificaciones y punturas, es decir, en la cura de una herida no podemos retirar tejido afectado dando pequeños cortes con el bisturí. Tampoco podemos dar puntos.

  • Se prohíbe auxiliar directamente al médico en las consultas externas. Se trata de una prohibición un tanto ambigua porque, ¿qué es auxiliar directamente? Es de suponer que el TCAE podrá entregarle instrumental al médico, ayudar al paciente a posicionarse, prestar apoyo psicológicos... Entonces, deberá entenderse por ayuda directa cosas como colocar un espéculo vaginal o hacer directamente nosotros parte de alguna exploración.

  • Se prohíbe la aplicación de tratamientos curativos de carácter no medicamentoso. Esta prohibición también es algo ambigua y entra en conflicto con algunas funciones del TCAE. Por ejemplo las aplicaciones de frío y calor o el clapping para el drenaje de secreciones respiratorias son tratamientos no medicamentosos. Evidentemente, los tiene que indicar el médico y si éste lo estima oportuno los puede aplicar el TCAE.

RD sobre Estructuras básicas en Atención Primaria

Hay una copia del RD 137/1984 más abajo.

Como puedes comprobar en las funciones del TCAE en Atención Primaria se amplía la competencia laboral con respecto al Estatuto:

  • Por primera vez se requiere la participación del TCAE en labores de rehabilitación, de prevención de enfermedades, de promoción de la salud y de educación sanitaria.

  • Por primera vez se contempla la participación del TCAE en proyec tos de investigación, formación y docencia.

RD sobre el Título de TCAE 

Hay una copia del RD 546/1995 más abajo.

Como el rol del auxiliar sanitario fue cambiando a lo largo de los años, surgió la necesidad de un nuevo título (TCAE: técnico en cuida dos auxiliares de enfermería) cuyo contenido se elaboró a partir de reuniones entre el personal técnico del Ministerio de Sanidad, personal del sector productivo sanitario y personal técnico del Ministerio de Educación. Queda patente que a este nuevo profesional, que tiene que entrar a formar parte de los equipos sanitarios, hay que prepararlo de una forma integral.

hay tres que sí que deben quedar muy claras desde este preciso momento:

  • El rol se aprende. No vale decir: “yo he nacido para esto”.

  • El rol es específico. Se trata de un guión preestablecido en el que se delimitan nuestras competencias.

  • El rol tiene por objetivo el bienestar del enfermo. Se antepone éste a nuestra ideología, religión e intereses profesionales y personales.

El rol profesional es el papel que representamos al ejecutar nuestro trabajo como personal sanitario. Es imprescindible tener información sobre cuáles son nuestras funciones, conocer y comprender el impacto que supone la enfermedad en la vida de los pacientes y tratar de ayudarles con una buena comunicación.

El rol del paciente

La enfermedad es un proceso que nos puede llevar a un deterioro físico, psíquico e incluso social. Esto hace que al enfermar nos tengamos que desviar durante un periodo de tiempo de la normalidad. El alejamiento de la normalidad nos obligará a adoptar unos comportamientos diferentes a los habituales. Surge así un nuevo papel a interpretar: el rol del paciente.

Te proponemos una serie de puntos generales sobre lo que debería ser el rol del enfermo para que se facilite una buena evolución de su enfermedad.

  1. Que se acepte como enfermo.

  2. Que acepte abandonar parcial o totalmente sus otros roles si fuera necesario (padre, madre, empresario...).

  3. Que desee su curación y luche por ella.

  4. Que acepte sus síntomas, sus signos y las limitaciones que la enfermedad conlleva.

  5. Que busque la ayuda competente.

  6. Que utilice los medios sanitarios.

  7. Que coopere y participe en su diagnóstico, tratamiento y rehabi litación.

  8. Que siga las prescripciones facultativas.

El rol del paciente se establece considerando qué es lo más adecuado para que pueda recuperar la salud. Es decir, no se ha tenido en cuenta si para nosotros es cómodo y fácil atenderlo porque el objetivo principal es el enfermo y no el TCAE. Nunca olvides que el modo que tiene una persona de afrontar y responder a la enfermedad influirá notablemente en su evolución.

Derechos y deberes de los pacientes

Para terminar de analizar el rol de enfermo es necesario “echar un vistazo” a la normativa legal. Los derechos y obligaciones de los usuarios del Sistema Sanitario Público los podemos encontrar en tres textos legales fundamentales:

  1. Ley General de Sanidad.

  2. Reglamento de régimen, gobierno y servicios de las instituciones sanitarias. Orden ministerial de 7 de julio de 1972 en la que se establecen los derechos y deberes de los enfermos asistidos en Instituciones Sanitarias.

  3. Carta de derechos y deberes de los usuarios del INSALUD. La ya conocida y comentada tecnificación de la asistencia sanitaria hizo que se perdiera la relación humana entre el paciente y el Sistema Sanitario. Consciente de ello, el INSALUD hizo una carta de derechos y deberes que pretende ser una declaración de principios y que persigue la humanización de la asistencia sanitaria.

Ley General de Sanidad

Ver texto completo y actualizado.

Reglamento de régimen, gobierno y servicios de las instituciones sanitarias 

Ver texto completo y actualizado.

Carta de derechos y deberes de los usuarios del INSALUD

Del rol del paciente y de sus derechos y deberes podemos deducir que actualmente no se concibe al enfermo como un sujeto pasivo, sino como un sujeto activo que participa y coopera en el restablecimiento de su salud.

No olvides que nuestra misión no es curar sino cuidar a los enfermos. Se cuida a los enfermos teniendo en cuenta todas sus dimensiones: física, psíquica y social.

Roles desviantes

Generalmente las personas respondemos a la enfermedad de forma inadecuada. La enfermedad no es deseada y cuando aparece o no sabemos como reaccionar, o lo hacemos mal. Hay dos tipos de rol del enfermo muy habituales y que se alejan bastante del rol deseable. Son los llamados rol del “buen” paciente y rol del “mal” paciente. No nos engañemos, ambos son indeseables.

Rol del “buen” paciente. Sus características son:

  • Callado, sumiso.

  • No pregunta por nada relacionado con su enfermedad y tratamiento.

  • No da problemas, todo le parece bien.

  • Muy obediente, asume todas las órdenes.

  • No se queja.

Este tipo de pacientes deja que realicemos nuestro trabajo sin poner ningún obstáculo. No nos va a estresar.

Si bien la conducta del buen enfermo es favorable y cómoda para nosotros, se ha demostrado que esa pasividad no es buena para él. Suelen ser personas muy poco luchadoras y que se abandonan con facilidad a la enfermedad. No será sorprendente entonces, que con cierta frecuencia entren en estados depresivos.

En el día a día, el paciente debe ser asistido y no sometido.

Rol del “mal” paciente. Características:

  • Muy “parlanchín y respondón”.

  • Demanda atención continuamente. Siempre tiene algo que pedir.

  • Todo lo pregunta y todo lo cuestiona.

  • Se queja continuamente de su enfermedad y del trato que recibe.

  • Hace “lo que le parece”. No respeta órdenes.

Nos impide trabajar a gusto y por supuesto, nos estresará durante todo el turno. Esta actitud tampoco es favorable para el paciente ya que, en la mayoría de los casos, suele ser una reacción ante el miedo y la pérdida de sus otros roles.

La ansiedad a la que ellos mismos se someten agravará su enfermedad.

El rol adecuado del paciente combina la aceptación de las circunstancias con una actitud participativa, activa y responsable.

Relación TCAE-paciente

Los roles de los que hemos hablado no están aislados, sino que mantienen una relación estrecha que se produce cuando el profesional sanitario aplica todos sus conocimientos para devolver al paciente su salud, aliviar su padecimiento o prevenir la enfermedad. Es decir, se establece una relación entre personas con distintos roles.

La relación TCAE-paciente va cambiando dependiendo del tipo de enfermedad, de su periodo evolutivo y del tipo de asistencia recibida. Por ejemplo:

  • En urgencias, intervenciones quirúrgicas y enfermedades muy graves y debilitantes el TCAE, junto con otros profesionales sanitarios, adquiere un rol muy activo y al enfermo, dadas sus circunstancias, no le queda más remedio que ser pasivo.

  • En enfermedades agudas y de corta evolución el profesional sigue siendo activo y el enfermo coopera en todo lo que sea necesario. Su rol no es tan pasivo como en el caso anterior.

  • En enfermedades crónicas no invalidantes se establece una cooperación conjunta entre ambos roles. En este tipo de enfermedad es fundamental que el enfermo sea bastante activo porque el padecimiento puede durar toda su vida.

Como podemos comprobar, en algunas ocasiones determinadas características de los roles se transforman. Estos cambios son lógicos y siempre persiguen el restablecimiento de la salud. Vamos a dar algunas directrices que si las tenemos siempre presentes evitarán que la relación se deteriore:

  • Ocúpate de conocer a tus pacientes. No caigas en el error de pensar en el enfermo como un número: “el 304b” o el 38/6028738. Dentro de tus competencias, se trata de interesarte por su estado físico, psíquico y social, su situación concreta, sus necesidades ... Para conocer a tus pacientes no es necesario someterlos a un interrogatorio, basta con ser buenos observadores “de todo”.

  • Siempre que sea posible, potencia su autonomía e independencia. Hazle participar en todas las actividades que pueda realizar, mantén una adecuada relación de ayuda porque no siempre el paciente es un desvalido. Ten en cuenta que la potenciación de la autonomía e independencia propiciarán un aumento de su autoestima.

  • Ten claro y déjale claro al paciente que formas parte de un equipo de trabajo y que las decisiones las toma el equipo y las transmiten determinados miembros. Sólo podemos decidir e informar sobre aquello para lo que nos han autorizado. Si cometes errores en este aspecto, no sólo se podrá deteriorar la relación con el enfermo sino con el equipo.

  • Mantén una adecuada comunicación con el paciente. Trátale como lo que es, niño, adolescente, adulto o anciano. Para algo hemos aprendido psicología evolutiva en la primera unidad de trabajo. Por supuesto, siempre deberás tener en cuenta las normas básicas para una adecuada comunicación.

Es relativamente frecuente que el TCAE se vea en el sistema sanitario como uno de los últimos escalones de la jerarquía y, como lo de ser el último es bastante triste, pues tiende a poner “debajo de él” al paciente. ¡Gran error! Con esta idea será prácticamente imposible establecer una adecuada relación con el enfermo.

Para que exista una buena relación entre personas hay dos reglas de oro: el respeto y la comprensión. Sin ellas no llegaremos a ningún lado y menos aún en el ámbito sanitario.

Todo sanitario debe pretender lo mejor para el enfermo, pero será éste el que al final decida qué es lo mejor para él.

Estrés, ansiedad y angustia

Está demostrado que la enfermedad siempre genera ansiedad porque es una situación amenazante que, en muchas ocasiones, nos obliga a abandonar nuestro modo de vida cotidiano.

También está demostrado que la profesión sanitaria es una de las que más ansiedad genera en sus trabajadores porque todos los días tenemos “entre manos” la salud y la vida de las personas.

En conclusión: ambos roles son estresantes.

Las palabras estrés, ansiedad y angustia son enormemente habituales e incluso parecen estar de moda. Entendemos por estrés la respuesta fisiológica, psicológica y de conducta de una persona que ante un acontecimiento inusual para ésta, intenta adaptarse a la nueva situación para poder afrontarla o salir de ella.

Es necesario analizar qué ocurre entre el detonante (la situación estresante) y la respuesta (estrés).

El estrés es algo subjetivo y personal porque no todos percibimos una misma situación como amenazante.

En general podemos decir que ocurren varias cosas:

  1. Cambios fisiológicos. Son debidos a la activación del sistema neuroendocrino, principalmente el sistema nervioso autónomo.

    • Aumento de la frecuencia cardiaca.

    • Aumento de la frecuencia respiratoria.

    • Aumento de la temperatura corporal.

    • Aumento de la tensión arterial.

    • Aumento de la tensión muscular.

    • Aumento de la secreción sudorípara.

    • Aumento de la secreción endocrina.

    • Dilatación de la pupila.

    • Ganas de orinar.

  2. Cambios psicológicos y conductuales. Pueden ser muy variados, los más habituales son: irritabilidad, mal humor, alteración de la memoria, alteración de la concentración, confusión, preocupación.

Todos estos cambios los podemos resumir en dos palabras: ansiedad y angustia. En la práctica diaria los términos estrés, ansiedad y angustia se usan indistintamente. Quizá, la única diferencia entre ellos esté en el grado de afectación del individuo, de tal modo que la ansiedad es el estado inicial de intranquilidad. Cuando la ansiedad se perpetúa y se intensifica hablamos de angustia.

El estrés es una respuesta fisiológica, psicológica y de conducta ante una situación amenazante o desafiante en nuestra vida cotidiana.

Hasta este momento hemos tratado el principio (situación estresante) y su consecuencias finales (estrés) pero ¿qué ocurre en medio? Está demostrado que todo individuo ante una situación estresante puede realizar las siguientes valoraciones o evaluaciones intermedias:

Situación estresante ⇒ Evaluación 1: ¿Cómo me afecta? ⇒ Evaluación 2: ¿Puedo afrontarla? ⇒ Respuesta: Estrés

¿Es el estrés siempre malo? Un cierto grado de excitación o estrés es esencial para la vida. Sin el impulso que proporciona el estrés no seríamos capaces de conseguir nada, no abordaríamos ningún reto laboral, social, académico ....

Está demostrado que hay un nivel óptimo de estrés que aumenta nuestro rendimiento y eleva nuestra salud. Es el llamado estrés positivo. Ahora bien, cuando se rebasa el nivel óptimo de cada cual, o cuando se tiene un grado mínimo de estrés, nuestro rendimiento disminuye y también lo hace nuestro estado de salud. Por tanto, podemos llegar a hablar de estrés positivo y negativo y de sus características.

El objetivo no es eliminar el estrés sino buscar nuestro nivel óptimo de estrés para permanecer en la fase positiva.

Un estrés excesivo que se perpetúa en el tiempo es una situación absolutamente agotadora y además de afectar directamente a la calidad de vida, está demostrado que es capaz de originar alteraciones. Las más relacionadas con el estrés son: cardiovasculares (infarto de miocardio), psicológicas (depresión), infecciones frecuentes (disminuyen las defensas), infertilidad, aumento de la predisposición a padecer un tumor maligno, etc.

El estrés es una reacción necesaria para afrontar aquellas situaciones que nos resulten amenazantes. Si el estrés se intensifica y perpetúa en el tiempo puede llevarnos a enfermar.

Estrategias defensivas contra el estrés negativo

Las estrategias que se proponen serán útiles para los pacientes, sus familiares, los TCAEs y, en general, para cualquier persona.

Tengamos en cuenta que las situaciones que pueden generar estrés negativo van ligadas a nuestra vida cotidiana. Proponemos estas medidas básicas:

  1. El primer paso para controlar el estrés de forma eficaz es reconocerlo y comprenderlo. Generalmente cuando una persona está estresada “se deja ir” en esa marea, y le cuesta darse cuenta de hasta qué punto lo está. Es relativamente habitual que lo perciba cuando “algo gordo” se lo hace cuestionar: amago de infarto, seria queja de su pareja, informe negativo de la supervisora, protestas de los pacientes... Para evitar que la marea nos arrastre lo mejor es que cada cierto tiempo reflexionemos sobre nuestro nivel de estrés. No estaría nada mal hacerlo una vez al día y probablemente, la mejor ocasión sea cuando nos dispongamos a descansar. En ese momento se tiene una buena perspectiva “de qué tal ha ido la jornada”.

  2. El segundo paso es la actividad física y la dieta. Ya sabemos que una situación estresante produce una estimulación neuro endocrina. Cuando las hormonas son metabolizadas generan productos que pueden llegar a ser nocivos. La actividad física es capaz de “quemar” esos productos. Se recomienda realizar ejercicio físico de forma regular. Sólo 30 minutos tres veces a la semana o 1520 minutos de marcha al día son suficientes. Si te encuentras con pacientes que nunca realizan actividad física diles que comiencen poco a poco: 5 minutos al día, luego 10, y así hasta que consigan llegar a lo deseado. Si el paciente está hospitalizado es suficiente el paseo diario por la planta durante unos minutos. La dieta equilibrada, al igual que la actividad física, debería formar parte de la vida cotidiana. En el caso particular del estrés es indispensable eliminar de la dieta alimentos estimulantes como el café, el té y el chocolate. También sería recomendable eliminar el alcohol y el tabaco.

  3. El tercer paso es la relajación física y mental. Se ha demostrado que la relajación física y mental combinada con una adecuada respiración reduce la tensión y nos hace menos vulnerables al estrés. No es necesario que te acuestes pero adopta una posición cómoda. Cierra los ojos y respira lenta y profundamente. Comienza relajando los grupos musculares de tus pies. Para ello debes fijar toda tu atención en esa parte del cuerpo. Cuando estén relajados asciende lentamente hacia los de las piernas, luego los muslos .... y así hasta llegar a los músculos de la cara. Tómate el tiempo que sea necesario. Cuando te encuentres totalmente relajado concentra tu atención en una frase o en una palabra. Aprovecha y elige una que refuerce tu autoestima (“Soy buen profesional”, “la operación va a salir bien”, “muy pronto me darán el alta”). Para alejar de tu mente todos los pensamientos negativos repite tu frase una y otra vez durante 10-20 minutos. Adquirida la práctica, bastarán unos pocos minutos al día para recuperar el equilibrio físico y mental. Las técnicas de relajación son muy variadas. También se puede empezar a relajar la musculatura de la cara y cabeza y luego, la del tronco y las extremidades. Otra variante es repetir una palabra que no tenga ningún significado, por ejemplo “arakibú” porque quizá de este modo se consigue dispersar más la mente sin ningún pensamiento concreto.

  4. Y el cuarto y último paso, cambiar de actitud. Consejos:

    • Reflexiona. Saber distinguir entre aquellas situaciones estresantes que podremos controlar de las que no, es imprescindible para poder seguir adelante. Por eso es importante que nos conozcamos para saber cuáles son nuestros “puntos fuertes y débiles” y, lo que es más importante, nuestras limitaciones. Será este conocimiento el que impedirá que nos derrumbemos y permitirá que tomemos una actitud positiva ante la vida.

    • Sé tolerante, flexible y adaptable. Aceptar los cambios que se producen en nuestra vida, ser consciente de que habrá varias formas de solucionar los problemas, tener una mente abierta para adaptarse a las circunstancias influirá directamente en nuestra salud y rendimiento.

    • Gestiona tu tiempo. Realiza un listado de todas tus actividades y establece prioridades porque si las cosas más importantes quedan sin hacer te producirá mucho estrés. Deja un tiempo para los imprevistos... y no te olvides de dejar unos minutos para ti (relajación, ejercicio, ocio ...).

    • Aprende a delegar. Cuando las actividades diarias te estén sobrepasando juzga en cuáles de ellas no eres imprescindible y permite que otros las realicen. Cuando nos estén exigiendo o nos exijamos más de la cuenta, acuérdate de decir “NO”, porque lo primero es tu salud.

    • Sé dialogante. Hablar de nuestros problemas suele ser bastante terapéutico. Está comprobado que los enfermos que cuentan sus temores se recuperan con más facilidad que los que no los manifiestan. No hay que avergonzarse de los miedos y problemas de cada cual.

El síndrome Burn-out o de agotamiento

Es muy probable que alguna vez, hablando con tus amigos o compañeros de trabajo oigas: “Estoy quemado”. Estamos hablando del “Síndrome del quemado en el trabajo”, “Síndrome del agotamiento” o “Síndrome de estar al límite de las propias energías”.

El conjunto de signos y síntomas propios del síndrome fueron descritos en los años sesenta y lo presentaban aquellos profesionales que trabajaban directamente con personas (profesionales de la salud, docentes, encargados de la seguridad pública, vendedores, empleados de ventanilla...).

El síndrome Burn-out aparece cuando la tensión a la que estamos sometidos en nuestro trabajo se prolonga durante mucho tiempo.

Podemos reconocer que estamos entrando en un Burn-out porque poco a poco irán apareciendo una serie de signos y síntomas que denotarán agotamiento físico y mental. En 1980 varios investigadores llegaron a la conclusión de que no aparece repentinamente, sino que los signos y síntomas van apareciendo poco a poco. En general, podemos distinguir tres etapas laborales:

  1. Etapa del idealismo y entusiasmo. Cuando se comienza a trabajar se tienen grandes expectativas de lo que se puede conseguir y hacer. Nos creemos capaces de transformar el mundo y sus estructuras. En la mayoría de los casos las ganas de poner en práctica todo lo aprendido no nos deja ver la cruda realidad.

  2. Etapa de estancamiento. Pasada una temporada (meses, años), se constata que todo era una utopía y por tanto, se pierden el idealismo y el entusiasmo. El trabajo resulta monótono.

  3. Etapa de frustración, apatía o burn-out. La frustración surge cuando no tenemos lo que esperábamos. Es el resultado del choque continuo entre nuestros ideales y la realidad. Entramos en la indiferencia, la falta de interés laboral y el vacío total.

¿Por qué entramos en el burn-out? Los factores estresantes más determinantes pueden ser:

  • Sobrecarga laboral.

  • Falta de medio materiales y humanos.

  • Desconocimiento de las funciones que llevará a una ambigüedad en los roles.

  • Cambios frecuentes en los métodos de trabajo por continuos cambios de servicios y turnos.

  • Inestabilidad laboral.

  • Enfrentamiento con sentimientos de gran carga emocional (enfermedades graves, muertes, desgracias ...).

  • Conflictos entre los profesionales de la institución.

  • Falta de participación real en el equipo de trabajo o poca consideración del trabajo que desempeña el TCAE.

  • Escasas posibilidades de promoción en el trabajo.

  • Escaso reconocimiento profesional por parte de los superiores inmediatos.

¿Cómo evitar el burn-out?

Ideas básicas:

  • “Saber”. Es poseer conocimientos teóricos. Es decir, tener una formación profesional adecuada y permanente en varias disciplinas: cuidados básicos de enfermería, psicología del enfermo, relación de ayuda con el paciente, etc.

  • “Saber hacer”. Con la teoría no basta porque hay que tener formación práctica en técnicas de enfermería, en relación de ayuda con el paciente, etc.

  • “Saber ser”. Se trata de que “sabiendo” y “sabiendo hacer” tengamos la actitud de “poner en práctica la teoría aprendida y la práctica practicada”. Puede parecernos sorprendente pero hay personas que conociendo la teoría y teniendo práctica no tienen la actitud de ejecutarla como saben.

Comportamiento anti-burn-out:

  • Detecta tu estrés y practica todo lo que ya hemos comentado.

  • No seas tan idealista y plantéate el trabajo con objetivos más realistas.

  • No hagas de tu trabajo una rutina, ponle algo de creatividad.

  • Implícate con los pacientes pero no “pierdas el norte”, no te lleves sus problemas a casa.

  • Cuando detectes que algo falla en los roles del equipo de trabajo procura hablarlo y buscar la solución entre todos. Si no se hace así se perpetúan malos hábitos y se enquistan los problemas.

  • Si en tu institución existe un comité de ayuda para el burn-out, no te hagas el fuerte y acude cuando lo necesites. Si no es así, ponte en contacto con algún especialista que pueda ayudarte.