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Precios, renta y cantidades demandadas

La elasticidad mide la sensibilidad de los demandantes ante los cambios que se puedan producir en los factores que más les influyen. La demanda de los factores productivos es realizada por las empresas, mientras que las economías domésticas pasan a ser oferentes en ese mercado.

La utilidad

Principio general, toda persona persigue su máximo bienestar. En la concepción que cada uno tenga de bienestar pueden integrarse valores tan diferentes como el altruismo, el amor, la felicidad de la familia o el consumo de los bienes más de moda. Algunos de los factores que influyen en el bienestar son inmateriales y no podemos medirlos ni cuantificarlos, pero un buen número de ellos están ligados al disfrute de bienes y servicios, por lo que podemos suponer que este aspecto, sin ser el único, es un componente muy importante del bienestar de las personas. Por otra parte, los bienes de carácter más inmaterial rara vez se comercializan, por lo que no invalidan el análisis que los excluye cuando intentamos comprender el funcionamiento del mercado.

El bienestar de un sujeto está muy relacionado con los bienes y servicios de los que puede disfrutar. A medida que se consumen más bienes y servicios podemos suponer que la utilidad total del individuo aumenta (su satisfacción o bienestar total).

Cuanto mayor sea la cantidad de bienes y servicios disfrutada por una persona, mayor será la utilidad total que le aporten y mayor será su bienestar.

Sin embargo, ese mayor bienestar ligado al consumo, no crece ilimitadamente ni siempre de la misma forma. Por ejemplo, el primer vaso de agua, cuando estamos sedientos, nos resulta extremadamente “útil” (nos produce una enorme satisfacción o bienestar), pero los sucesivos vasos nos aportarán un bienestar mucho menor y no seguiría aumentando por el hecho de que bebiéramos litros y litros. Esto nos lleva a la necesidad de introducir un nuevo y complementario concepto de utilidad (la utilidad marginal) que nos permitirá analizar las tomas de elecciones “en el margen”, o lo que es igual, unidad a unidad.

La utilidad marginal de un determinado bien es el aumento (o disminución) en la utilidad total que nos supone el hecho de consumir una unidad adicional del mismo.

Cuando tenemos que decidir si adquirimos un determinado bien, compararemos si el aumento de utilidad que nos va a significar compensa el precio que tenemos que pagar por el mismo. Por tanto, ese análisis de “compensación” se realiza unidad por unidad. En la decisión de comprar un bien o no hacerlo, el factor decisivo no es la utilidad total sino la utilidad marginal, la utilidad “nueva” que me va a aportar ese determinado bien.

Así, la utilidad que me aportaba el primer vaso de agua era mayor que la que pudiera añadir los sucesivos. Esta regla es válida para el consumo de cualquier bien porque en todos, al menos a partir de un cierto punto no muy elevado, se cumplirá la Ley de la utilidad marginal decreciente: cuanto mayor es la cantidad que consumimos de un bien, menor es la utilidad marginal que nos aporta cada nueva unidad consumida del mismo.

Tenemos también en la ley de la utilidad marginal decreciente una primera explicación que justifica el carácter descendente de la curva de demanda. Dado que las primeras unidades de un bien nos suponen una utilidad marginal muy alta, estamos dispuestos a pagar un alto precio por ellas. Pero si compramos nuevas unidades la utilidad marginal que vamos a obtener de éstas es menor por lo que sólo nos compensará su adquisición si el precio baja en la misma proporción. Si el precio es alto, sólo nos compensará consumir las primeras unidades que también tienen una utilidad marginal alta. La relación entre precio y cantidad demandada es inversa y la curva de demanda resulta decreciente.

Implícitamente, cada vez que tomamos una decisión de consumo, estamos eligiendo un destino para nuestro dinero de entre las muchas alternativas de que disponemos. Esa decisión supone renunciar a comprar otros bienes o a aumentar el nivel de consumo de los mismos. Consideraremos cuánto va aumentar nuestra utilidad por cada nuevo euro que vayamos a gastar, en un bien o en otro: si ese aumento (utilidad marginal) es menor en el bien A que en el B, elegiremos B.

Por lo tanto, estamos comparando la utilidad adicional que nos van a reportar las diferentes unidades de los distintos bienes en función de su precio: nos decidimos por consumir aquella unidad de aquel bien que pueda hacernos aumentar nuestra utilidad total con menor coste. En las decisiones de consumo atendemos a la utilidad marginal, ponderada por su precio, que nos reportarían las distintas alternativas y elegimos la más alta de todas ellas. Al ponderar (corregir) la utilidad por el precio, si sube el precio de un bien, el consumidor disminuye el consumo del bien que se ha encarecido (la curva de demanda descendente) y aumenta el consumo del bien que se abarata en términos relativos (su demanda se ha desplazado a la derecha al subir el precio de un bien que actúa como sustitutivo).

La restricción presupuestaria

Para cualquier decisión de compra el coste es un factor decisivo. Si un bien es más caro, la utilidad de cada unidad monetaria que el consumidor dedica al mismo es menor. Además, los recursos dedicados a un determinado bien o servicio ya no pueden dedicarse a otros (coste de oportunidad): la compra de algo implica renunciar a otro bien o servicio alternativo, tanto más, cuanto más reducido sea el presupuesto total, cuantos menos recursos existan para dedicar al consumo. Esta circunstancia se representa a través de la denominada restricción presupuestaria.

La restricción presupuestaria delimita las distintas combinaciones de bienes y servicios que, dados los precios de aquellos, puede alcanzar como máximo un consumidor para un nivel de recursos determinado (normalmente su renta).

Ejemplo; referido a la opción entre dos bienes. Supongamos que un joven dispone de 20 euros al mes para su tiempo de ocio. Las posibilidades que se plantea son dos: ir al cine o a la discoteca. Las entradas para el cine cuestan 5 euros y las de la discoteca 10. Con tales recursos las posibilidades asequibles para nuestro joven son las que se reflejan en la Tabla 4.1 El joven tiene dos opciones extremas, la A y la E. En la primera, optaría por ir sólo al cine, con lo que podría hacerlo hasta cuatro veces al mes. Si por el contrario prefiriera la opción E, al ser más caro el acceso a la discoteca, tan sólo podría permitírselo dos veces en el mismo período de tiempo. Puede también elegir una opción intermedia como la C, de forma que acude dos veces al cine y una a la discoteca o cualquiera de las dos restantes, como ir una vez al cine y otra a la discoteca, reservándose los 5 euros restantes.

Estas opciones nos están subrayando, de nuevo, el concepto de coste de oportunidad y nos permiten introducir la relación de intercambio (entre dos bienes nos indica a qué cantidad de uno de ellos tenemos que renunciar si queremos una unidad más del otro, en función de los precios de ambos).

Los puntos correspondientes a las cinco opciones de la Tabla 4.1 pueden reflejarse en un sencillo Gráfico 4.1. La recta que resulta marca la frontera máxima de lo que puede comprarse con esa cantidad de euros a los precios vigentes. Nuestro consumidor puede elegir cualquiera de las posibilidades que refleja esa recta, así como cualquiera de las situadas a la izquierda de la misma (E0A). Por ejemplo, podría optar por un punto como el F, en el que renuncia a gastar parte de su renta disponible para estos fines, pero lo que nunca podrá es elegir una opción como la que refleja el punto G mientras no disponga de más recursos o se reduzcan los precios de alguna de las dos diversiones.

Como siempre, todo lo dicho es válido caeteris paribus. La restricción descrita supone que disponemos de 20 euros, pero resulta evidente que las opciones serían distintas si dispusiéramos de más o de menos medios. Supongamos que se dispone ahora de 40 euros para emplear en estas salidas. El hecho es que las posibilidades se han duplicado y la nueva frontera permite muchas más combinaciones que antes.

Un aumento de la renta real permitiría incrementar el consumo de todos los bienes en la misma proporción, lo que se refleja gráficamente en un desplazamiento en paralelo de la restricción presupuestaria a la derecha (HJI). Inversamente, una disminución de la renta real implica la reducción proporcional de las opciones de consumo, desplazándose la restricción presupuestaria, siempre en paralelo, a la izquierda (KML).

La renta que nos interesa es la renta real, es decir, lo que realmente podemos adquirir con mi renta. Si los recursos de nuestros jóvenes se mantienen anclados en los 20 euros, pero se duplican simultáneamente los precios de cine y discotecas, las opciones efectivas se reducen a la mitad. El efecto es exactamente el mismo que si la renta se hubiera reducido a 10. El paso de la restricción ECA, del Gráfico 4.2, a la más restrictiva KML se produce tanto si disminuye la renta a la mitad, sin variar los precios de los bienes afectados, como si se duplican éstos y la renta no varía.

Ahora bien, supongamos que el precio del cine sube a 10 euros. Las posibilidades que reflejaba la Tabla 4.1. El consumidor que solo acudiera a la discoteca puede mantener su consumo sin variación. Al no variar el precio de la discoteca, sigue siendo posible, con el mismo presupuesto, asistir dos días a su entretenimiento favorito. No es ese el caso de quien solo fuera al cine, que ya sólo puede acudir dos veces al mes cuando antes, con los mismos 20 euros, iba un total de cuatro veces.

En el Gráfico 4.3 se observa cómo la inicial restricción presupuestaria ECA se ha desplazado hacia la izquierda (han disminuido las opciones posibles), pero ya no paralelamente: mientras la opción extrema a favor de la discoteca E no ha variado, la opción extrema a favor del cine A ahora es inalcanzable y el nuevo límite se sitúa en N. La opción C es también inalcanzable y hay que adaptarse a una menos favorable, como podría ser Ñ.

La elevación del precio de un bien deteriora su relación de intercambio con los restantes bienes y, por lo tanto, modifica la pendiente de la restricción presupuestaria, disminuyendo las posibilidades de consumo de ese bien. La reducción del precio de un bien provoca los efectos opuestos.

Los factores que afectan a la cantidad demandada de un bien

Variaciónes de la demanda. Variaciones a lo largo de la curva de demanda

Hemos visto que un bien se demanda porque proporciona utilidad y en la medida en que hace aumentar nuestro bienestar y que esa utilidad adicional de bienestar que nos proporciona se relaciona también con el precio que debemos pagar por cada unidad de bien. Por ello, a mayor precio menor cantidad demandada de un bien (ley de demanda y se refleja en una curva decreciente).

Suponiendo siempre que se cumple la condición caeteris paribus. Un cambio en el precio de un bien hará variar la cantidad demandada del mismo, pero su demanda seguirá siendo la misma.

¿Cuáles son esas circunstancias cuyo cambio provoca el desplazamiento de la curva? Por el lado de la demanda las relevantes: los precios de los demás bienes, nivel de renta, y los factores sociológicos y psicológicos.

Los precios de los demás bienes

La primera condición que exigimos para que no varíe la demanda de un bien es que no varíen los precios de los restantes bienes, especialmente de aquellos que están más relacionados con el que estamos estudiando. Las variaciones de los precios de todos los bienes pueden afectar a la demanda de un bien en concreto. Cuanto más perfectamente sustitutivos sean dos bienes, mayor será la relación que exista entre sus respectivas demandas.

Los ejemplos de bienes sustitutivos son infinitos, porque, en el fondo, todos los bienes “compiten” entre sí por encontrar un hueco en el presupuesto familiar. El cine y teatro; el transporte público y coche particular, tren y avión… son diversos ejemplos de elección entre posibilidades sustitutivas entre sí.

Si sube el precio de un bien, es probable que se produzca un aumento en la demanda de los bienes sustitutivos del mismo, tanto más probable y tanto más acusado cuanto más perfectamente sustitutivos sean los bienes entre sí y más importante sea la elevación del precio. Si baja el precio, es probable que se produzca el efecto contrario.

Ejemplo; si acudo al mercado con la idea de comprar carne y compruebo que su precio ha experimentado una fuerte subida, probablemente cambie de idea y me decida a llevar pescado, si el precio de éste no ha variado o lo ha hecho en menor medida. La demanda entre bienes sustitutivos tenderá a ajustarse a favor de aquellos que ahora resulten más baratos. Estamos ante el reparto de la restricción presupuestaria.

Encontraremos el fenómeno opuesto en el caso de los bienes complementarios en su consumo: la demanda conjunta implica que cualquier factor que afecte negativamente al consumo de uno de ellos implicará efectos en la misma dirección para los restantes.

Si sube el precio de un bien es probable que se produzca una disminución en la demanda de los bienes complementarios del mismo, tanto más probable y tanto más acusada cuanto más indisoluble sea el consumo de los bienes entre sí y más importante sea la elevación del precio. Si baja el precio de un bien es probable que se produzca el efecto contrario.

Dado que un bien puede satisfacer necesidades diferentes, suele ocurrir que dos bienes son complementarios en un aspecto (en la satisfacción de una de las necesidades), pero no lo son en otros.

Por ejemplo, el azúcar sirve tanto para acompañar algunas preparaciones de las naranjas como para preparar otros postres. Un aumento en el precio del azúcar podría llevar a la gente a consumir menos naranjas (lo que muestra que ambos bienes son complementarios). Pero un aumento en el precio de las naranjas podría llevar a consumir más azúcar (efecto típico de los bienes sustitutivos). Supongamos que las naranjas son sustituidas por otros postres de repostería, se seguirá utilizando el azúcar, aunque en menor proporción, para endulzar las naranjas, pero crecerá el consumo del azúcar para la elaboración de otros postres.

El nivel de renta

Los deseos de consumir bienes y servicios resultan prácticamente ilimitados, porque ilimitadas son las necesidades. En diversidad, en cantidad o en calidad, cualquier deseo es susceptible de verse mejorado.

Sin embargo, esa tendencia al infinito encuentra un límite: los medios de que disponemos para satisfacerlas. En una economía de autosuficiencia, en la que cada cual satisface sus propias necesidades, los límites vendrían marcados por el tiempo disponible para trabajar y los recursos (tierra, ganado…) de que se disponga.

En una economía en la que predomina la división del trabajo, una persona aporta los factores productivos de que dispone, fundamentalmente su fuerza de trabajo y recibe a cambio una renta en dinero, que posteriormente utiliza para comprar los bienes y servicios que necesita. Por lo tanto, podemos representar en la renta (en la restricción presupuestaria) el límite general que encuentran los demandantes a la hora de decidir que bienes consumen y en qué cuantía. Como regla general, cuando aumenta la renta aumenta también la demanda de la mayoría de los bienes. Hay algunas excepciones: algunos bienes de escasa calidad o que satisfacen imperfectamente las necesidades van siendo sustituidos por otros mejores cuando el nivel de renta lo permite: su demanda va disminuyendo cuando la renta aumenta porque van dejando de consumirse paulatinamente. Ejemplo, todos los bienes que se han utilizado en épocas pasadas y que hemos visto desaparecer o reducir su presencia como: los zuecos, las planchas de hierro, la malta o la chicoria (como alternativa al café….). Estos son bienes inferiores.

Un bien normal es aquel cuya demanda aumenta cuando aumenta la renta.

Un bien inferior es aquel cuya demanda disminuye cuando aumenta la renta.

En algunos casos, un aumento de la renta implica un consumo mayor del bien, términos absolutos, sino también en proporción de la renta utilizada para el mismo; en tales casos estamos ante un bien superior. En sentido contrario: cuando baja la renta tenderá a disminuir la demanda de los bienes normales y a aumentar la de los bienes inferiores. Sin embargo, se ha constatado que existe una tendencia a intentar mantener las pautas de consumo ya conseguidas. No obstante, si la disminución de la renta es fuerte o prolongada, es posible que baje la demanda de casi todos los bienes, pero que aumente la de los inferiores. Por la misma razón, si se produce una subida general e importante del nivel de precios, aunque yo tenga nominalmente la misma renta, mi poder adquisitivo ha disminuido o, en otras palabras, ha disminuido mi renta real.

Renta nominal y renta real. Así puede entenderse nuestra afirmación anterior de que todos los bienes son, en cierta medida, sustitutivos entre sí. Una fuerte subida en los precios de los productos alimenticios puede provocar un descenso en la demanda de bienes tan aparentemente independientes de aquéllos como el cine o los viajes. Como la alimentación tiene un carácter necesario, nos vemos obligados a dedicar más recursos para cubrir esa necesidad, somos más pobres en términos reales y disminuimos nuestro consumo de bienes no tan imprescindibles.

A través del endeudamiento (crédito) podemos adquirir hoy bienes más allá de cuál sea nuestra renta actual. Cuanto más cómodas y baratas sean las condiciones de los créditos, mayor será la tendencia a adelantar el consumo de bienes y servicios con cargo a los ingresos futuros.

Factores sociológicos y psicológicos

También afectan de forma decisiva a la demanda de unos determinados bienes o servicios. A veces, incluso de forma más determinante que los que hemos estudiado. La diferencia fundamental es que mientras los precios o la renta afectan a todos los bienes y servicios de forma bastante semejante, los aspectos sociológicos y psicológicos ejercen una influencia muy diferente según los casos y según cada bien o servicio. Alguno de los factores que analizamos a continuación será irrelevante para unos bienes, pero decisivo para otros.

Gustos de los consumidores. Es un determinante importante de la demanda, que afecta a la totalidad de los bienes y servicios. Los cuales se ven modelados, con más o menos relevancia según los casos, por factores tan diversos como la costumbre, la cultura, la publicidad, la religión o la posición social… Este factor es especialmente notorio en las prendas de vestir donde las “modas” desempeñan un papel decisivo y evidente. Por el simple uso las prendas podrían satisfacer la necesidad de los consumidores por varios años. La demanda sería más reducida de lo que sucede en la práctica, porque estrictamente no hay necesidad de comprar más. No obstante, si cada temporada varían sustancialmente las pautas dominantes, la prenda comprada el año anterior queda desfasada, vieja en términos de moda, aunque esté físicamente nueva. Con ello se consigue que la demanda sea mayor de lo que sería estrictamente necesario. Las conocidas “rebajas por fin de temporada” encontraron en esta circunstancia su inicial justificación.

Factores demográficos. El predominio de jóvenes o de personas jubiladas implica unas pautas de consumo muy diferentes. Son notorias las diferencias entre las comunidades urbanas y las rurales. La tasa de crecimiento de la población afecta a la demanda total del mercado, pues es evidente que mayor número de demandantes implica una cantidad mayor de productos que desean adquirirse.

Estado. Tiene una influencia muy importante en la orientación de la demanda. La prestación gratuita o a precios muy inferiores a los del mercado de bienes como la atención sanitaria o la educación; las campañas de concienciación respecto a determinados consumos; los impuestos especiales sobre bienes que pretenden penalizarse y las subvenciones a otros que pretenden favorecerse; la prohibición y sanción de determinados consumos… son ejemplos de actuaciones que inciden de forma muy importante en la elección de los consumidores, en la demanda de los bienes.

Expectativas. Los sujetos se comportan frecuentemente más en función de los datos que esperan, que de los que realmente se dan en la realidad. Si se espera que el precio de un determinado producto vaya a subir es probable que aumente sustancialmente la demanda del mismo, con el fin de aprovechar el bajo precio relativo actual. Si, por el contrario, se espera que baje, se aplazará en la medida de lo posible su consumo, y, por tanto, disminuirá transitoriamente su demanda. En ambos casos, pasado un tiempo, la demanda se ajustará a los nuevos precios y la situación será más próxima a la que regía antes del cambio de expectativas.

Las previsiones pueden afectar a factores distintos del propio precio. Si se espera un verano especialmente caluroso, aumentará la demanda de bienes o servicios susceptibles de aminorar sus efectos, como aparatos de aire acondicionado, ventiladores... Si se habla de la posibilidad de que el Gobierno vaya a prohibir un determinado producto, puede aumentar su demanda. Si se espera una renta futura, puede solicitarse un préstamo y anticipar consumos acordes con el nuevo nivel que se espera… Cuando la realidad no coincide con las previsiones, los resultados pueden aparecer como sorprendentes.

Se observarán cambios en la demanda que no responden aparentemente a ninguno de los factores señalados como decisivos y, que se explican porque los consumidores actuaron anticipando un fenómeno que luego no se produjo.

Innovación. La invención de nuevos productos como el automóvil, la televisión, el ordenador personal, han afectado no sólo a los gustos y a los hábitos, sino también a la demanda.

Todos estos factores pueden ser (y lo son largo plazo), más importantes que los precios o las rentas.

Unos varían muy lentamente, como la costumbre, las convenciones sociales, la estructura demográfica o buena parte de los gustos. Pero todos ellos implican variaciones en la demanda de los bienes y servicios.

Todos ellos suponemos que se mantienen invariados cuando invocamos la cláusula caeteris paribus.

Desplazamientos de la curva de demanda

Podemos trasladar todo lo anterior a la representación gráfica y comprobar qué pasa con la curva de demanda cuando varía alguno de los factores que hemos visto.

Examinaremos de nuevo el mercado de naranjas y recordemos qué pasaba cuando aumentaba el precio de las mandarinas. Dado que ambos bienes pueden considerarse sustitutivos, los consumidores estarán dispuestos a comprar menos mandarinas y más naranjas. Para los mismos precios iniciales, la cantidad demandada de naranjas será mayor.

Nuestro interés se centra por ahora en saber cómo cambia y no cuanto cambia.

El Gráfico 4.5 se recogen las curvas de demanda de 2005 (DD) y 2006 (D´D´). Como se puede ver, hay un aumento de la cantidad demandada de naranjas para cada precio y ello se refleja en que toda la curva de demanda se ha desplazado a la derecha. Lógicamente, esta variación de la demanda implica que varíen también el precio y la cantidad de equilibrio. En la Tabla 4.4 puede verse que, al enfrentar la oferta con la nueva demanda (mayor), el equilibrio se encuentra ahora al precio de 5 euros, cuando oferentes y demandantes coinciden en 40 millones de kilos mensuales de naranjas. El cambio se refleja en el Gráfico 4.6.

La subida del precio de mandarinas ha desplazado la curva de demanda a la derecha. Al precio anterior de 4 euros la cantidad demandada es ahora 50 millones de kilos (Punto G, gráfico 4.6). Como la oferta no ha variado, se produce un exceso de demanda de 20 millones de kilos al mes que los vendedores no pueden atender. Por ello, éstos suben los precios de las naranjas y, al mismo tiempo, tratan de vender mayor cantidad. El precio y la cantidad se van desplazando a lo largo de la curva de oferta, hasta llegar al nuevo equilibrio, E´.

El efecto final de una subida del precio de las mandarinas es que también sube el precio de las naranjas. Los consumidores han disminuido la cantidad consumida de mandarinas, más caras (recuérdese la ley de la demanda) y han aumentado su consumo de naranjas: sustituyen parcialmente el consumo de aquéllas por el de éstas, pero esta reacción provoca que se encarezcan también las naranjas.

Existirá desplazamiento de la curva de la demanda, a la derecha (aumenta):

  • Si sube el precio de sus bienes sustitutivos.

  • Si baja el precio de sus bienes complementarios.

  • Si sube la renta y se trata de un bien normal (o baja la renta y se trata de un bien inferior).

En general, si varían a favor de su consumo los factores sociológicos y psicológicos que son relevantes para el mismo.

El desplazamiento a la derecha de la curva de demanda de un bien provocará, caeteris paribus, una elevación de su precio y de la cantidad de equilibrio.

Existirá desplazamiento de la curva de la demanda, a la izquierda (disminuye):

  • Si baja el precio de sus bienes sustitutivos.

  • Si sube el precio de sus bienes complementarios.

  • Si baja la renta y se trata de un bien normal.

En general, si varían a favor de su consumo los factores sociológicos y psicológicos que son relevantes para el mismo.

Efecto renta y efecto sustitución

Volvamos al esquema de la restricción presupuestaria. En el análisis anterior comparábamos solamente dos bienes (cine y discoteca). Compararemos ahora cada bien, no con otro bien, sino con todos los demás bienes susceptibles de consumir.

La pendiente de la restricción presupuestaria vendrá determinada por el precio del bien: cuanto más caro sea éste, mayor será la renuncia de otros bienes que implica su consumo. Ejemplo, si disponemos de una renta de 10.000 euros, la restricción presupuestaria será distinta:

  • Si el precio del bien X (cesta de alimentos) es de 200 euros,

  • Si el precio sube a 500 euros,

  • O si se reduce a 100 euros.

Puede verse fácilmente que si dedicamos la mitad de los ingresos (5.000 euros) al bien X,

  • Si el bien vale 200 euros (5.000/200) podemos adquirir 25 unidades.

  • Si el bien vale 500 euros (5000/500) podemos adquirir 10 unidades.

  • Si el bien vale 100 euros (5.000/100) podemos adquirir 50 unidades.

Adquirir 25 unidades del bien X, suponía la mitad de nuestra renta, cuando baja el precio a 100 euros, significa tan sólo el 25 por 100 (nos quedan 7.500 euros para el resto de los bienes). Si el precio sube a 500 euros ni siquiera tenemos la posibilidad de alcanzar ese nivel de consumo.

Veamos qué ocurre si el precio del bien X no varía y es la renta la que lo hace. En la situación inicial la renta era 10.000 euros, el precio de X es de 200 euros y consumir 20 unidades de X (y reservar 6.000 para los restantes bienes).

Si la renta aumenta hasta 14.000 euros, la nueva restricción presupuestaria es desplazada en paralelo hacia la derecha. Podemos mantener nuestro consumo del resto de los bienes y duplicar (de 20 a 40) el consumo de X, o mantener en 20 el consumo de X incrementando el de los restantes bienes hasta 10.000, o podremos aumentar tanto el consumo de X como el de los restantes bienes.

Podemos destacar ahora dos consecuencias diferenciadas de una variación en el precio de un bien que permiten enriquecer la comprensión de porque la demanda es decreciente. Tales consecuencias son denominadas efecto renta y efectos sustitución.

Cuando sube el precio de un bien. En términos de utilidad, obtener la misma satisfacción o bienestar que antes a través de este bien, ahora resulta más caro o, visto de otra forma, cada euro que se dedica a X reporta menos utilidad de la que suponía antes. Consecuentemente, una primera reacción será sustituir, en la medida de lo posible, algo del consumo del bien encarecido por bienes que son ahora más baratos en términos relativos.

El efecto sustitución derivado de las variaciones de precios de algunos bienes, supone que se tienda a desviar el consumo a favor de los bienes que han visto descender sus precios en términos relativos, y en contra de aquellos que se han encarecido relativamente.

Sin embargo, no todo el cambio es debido al hecho de que el bien X es ahora más caro relativamente.

La recta presupuestaria no sólo ha variado su pendiente, sino que también se encuentra más a la izquierda que antes para todas las combinaciones posibles (en las que intervenga el bien X).

Una variación del precio supone también una alteración de nuestra renta real. Si todos los precios se duplican, el efecto es idéntico al de una reducción de nuestra renta real a la mitad. Por lo tanto, si suben los precios, somos más pobres que antes y podemos consumir, en principio, menos de todos los bienes.

El efecto renta derivado de las variaciones de precios de algunos bienes supone que se tienda a acomodar el consumo de todos los bienes al nuevo nivel de renta real. Salvo en el caso de los bienes inferiores, las elevaciones de precios implicarán una tendencia al descenso de las cantidades consumidas de todos los bienes y las reducciones de precios a un incremento.

Por lo tanto, al incremento de precio de un bien normal o superior le sigue un doble efecto reductor de la cantidad consumida del mismo:

  • La disminución del poder adquisitivo provoca un efecto renta: al ser más pobres tendemos a consumir menos.

  • El encarecimiento relativo del bien provoca un efecto sustitución: al ser más caro relativamente el bien, tendemos a consumir menos.

En los bienes inferiores un incremento del precio provoca simultáneamente:

  • Un efecto sustitución, al ser el producto más caro, tenderá a consumirse menos del mismo.

  • Un efecto renta, al ser el consumidor más pobre, tenderá a consumir más cantidad de ese bien.

Puede pronosticarse que el efecto sustitución (descenso de la cantidad) será más importante que el efecto renta (aumento de la cantidad) y también en este caso se cumplirá la ley de la demanda: si sube el precio de un bien inferior, normalmente, disminuirá la cantidad demandada del mismo.

Tras una elevación del precio de un bien inferior podría suceder que el efecto renta fuera superior al efecto sustitución y la cantidad demandada del mismo aumentara en vez de disminuir. Sin embargo, lo normal es que también en estos casos disminuya la cantidad demandada.

La elasticidad-precio de la demanda

La sensibilidad de la demanda ante los cambios de precios

La regla general es que si aumenta el precio de un bien disminuirá la cantidad demandada del mismo y, si baja el precio aumentará la cantidad demandada. Sin embargo, la reacción de los consumidores ante las variaciones en el precio no va a ser las mismas para todos los bienes y servicios.

En unos casos el efecto va a ser prácticamente imperceptible; en otros, puede suponer incluso dejar de consumirlo, si su precio se considera excesivamente alto. Por ello, nos interesará saber cuánto varía la cantidad demandada.

Denominamos elasticidad-precio (o elasticidad de la demanda), a la sensibilidad de la cantidad demandada de un bien ante las variaciones en su precio, todo ello expresado en términos porcentuales.

Por ejemplo; Si sube el precio en un pequeño porcentaje y se reduce a la mitad la cantidad demandada, los consumidores son muy sensibles a ese precio (la demanda es muy elástica).

Si sube el precio en un porcentaje importante y, la cantidad demandada apenas varía, los consumidores son poco sensibles al precio (demanda es poco elástica o bastante rígida).

La elasticidad se medirá comparando el porcentaje en que varía la cantidad demandada con el porcentaje en que ha variado el precio (cuantificar la intensidad de la relación entre dos variables).

La elasticidad-precio de la demanda tendrá siempre un valor negativo. Sin embargo, utilizamos el valor absoluto (sin signo negativo).

Valor de la elasticidad, posibilidades:

  • Que el porcentaje en que varía la cantidad sea superior al porcentaje en que varió el precio. La demanda es muy sensible a las variaciones del precio, si el cociente es > 1 la demanda es elástica.

  • Que el porcentaje en que varía la cantidad sea inferior al porcentaje en que varió el precio. La demanda es muy poco sensible a las variaciones del precio, si el cociente < 1 la demanda es inelástica (rígida cuando la elasticidad es igual a 0).

  • Que el porcentaje en que varían la cantidad demandada y el precio sean iguales. Si el cociente = 1 la demanda tiene una elasticidad unitaria.

Ejemplo, supongamos que la cantidad demandada de un bien es de 1.000 unidades al mes para un precio de 100 euros. El precio sube a 110 y observamos que la cantidad demandada pasa a ser de 800, luego Epx= (-20% / +10%) = -2; o bien IEpxI = 2

Por tanto, si decimos que la elasticidad de la demanda de este bien es igual a 2 debemos entender habitualmente:

  • Que nos estamos refiriendo a la elasticidad-precio.

  • Que la elasticidad es, en realidad, igual a -2, pero se expresa en términos absolutos.

  • Que si el precio de ese bien sube un 10%, la cantidad demandada disminuirá dos veces ese porcentaje, es decir, un 20%.

  • Que estamos ante una demanda elástica.

Una de las utilidades más importantes de conocer la elasticidad de una demanda es poder evaluar las consecuencias de la variación en el precio de un bien sobre el gasto total en el mismo. En el ejemplo anterior, antes de producirse la modificación del precio, el gasto total en el bien era igual a 100.000 euros mensuales (1.000 unidades x 100 € que costaba cada una). Tras la variación en el precio, el gasto mensual pasa a ser de 88.000 euros (800 unidades x 110 €). Por lo tanto, el precio más alto se ha encontrado con una demanda muy sensible (elástica): la cantidad demandada se reduce en mayor proporción y, consecuentemente, el gasto total disminuye. Si, por el contrario, el precio bajara, la reacción de la cantidad demandada sería muy fuerte, incrementándose el gasto total.

En el caso de un bien con demanda inelástica nos encontraríamos con resultados opuestos. La subida del precio provocaría una reducción de la cantidad proporcionalmente menor y, por lo tanto, predominaría el efecto alcista del precio sobre el bajista de la cantidad: la cantidad total gastada aumentaría. Lo opuesto sucedería ante un descenso del precio.

La elasticidad de los distintos bienes

¿De qué depende la elasticidad de la demanda de un bien o servicio sea mayor o menor? De infinitos factores, siendo los más importantes:

  • Existencia o no de buenos bienes sustitutivos. Cuanto mejores sustitutivos existan de un determinado bien, más elástica será la demanda del mismo. Cuanto más difícil resulte encontrar buenos sustitutivos, más rígida será la demanda.

    • Se entiende que un bien tiene buenos sustitutivos cuando la misma necesidad puede ser satisfecha por otros bienes con un coste similar. Parece evidente que si sube el precio de un bien y existe otro que, por el mismo precio anterior puede proporcionar exactamente la misma utilidad que reportaba aquel, los demandantes abandonarán el producto más caro y optarán por el más barato. Por el contrario, si no existe más que una posibilidad de satisfacer una necesidad, porque cualquier otra alternativa la cubre imperfectamente o lo hace a un precio muy superior, los demandantes soportarán estoicamente las subidas de precio… mientras éste no alcance niveles similares a los precios de los potenciales sustitutivos.

    • Una estrategia empresarial será conseguir para sus productos o servicios una demanda poco elástica (que los clientes tiendan a no considerar buenos sustitutivos a los competidores), con el consiguiente margen para hacer variar los precios sin merma de los ingresos totales.

  • Efecto renta, potencia el efecto sustitución, tanto más, cuanto más lujo o menos necesario sea el bien de que se trate. Por lo tanto, cuanto más innecesario sea un bien, más fácil es que su demanda sea elástica y cuanto más necesario sea tenderá su demanda a ser inelástica.

  • El peso que suponga ese determinado bien o servicio en el presupuesto total del consumidor. Un incremento en el precio de un bien que pasa prácticamente desapercibido en el conjunto de los gastos familiares tiene más probabilidades de no afectar a la cantidad consumida del mismo, que si ese precio mayor obliga a replantearse todos los gastos, dado que mantener el consumo invariado resulta ya notoriamente imposible.

  • Las cantidades que tomemos en consideración. No es lo mismo hablar de un bien o servicio del que disponemos en gran cantidad que de otro que tiene un carácter único o excepcional. En unos casos resulta sencillo regular la cantidad que vamos a comprar, mientras que en otros se trata de una opción de todo o nada.

Por ello, podemos afirmar que una curva de demanda será tanto más elástica cuanto más se acerque a la horizontal y tanto más rígida (inelástica) cuanto más vertical (Gráfico 4.7).

Pero no siempre resultará fácil a simple vista afirmar cuál es la elasticidad en un punto concreto de la demanda.

Algunos bienes o servicios pueden tener un cierto aspecto de adicción para el consumidor. Cuanto más presente esté ese factor, más rígida será la correspondiente demanda. Son ejemplos de la adicción la droga, el café, el periódico favorito, el fútbol, etc.

Por último, la elasticidad de la demanda será mayor cuanto mayor sea el plazo de tiempo que consideremos. A corto plazo, la información puede ser deficiente y romper con la inercia de los comportamientos habituales requiere un cierto tiempo. Pero según pasa el tiempo, más fácil es que el consumidor reaccione ante el encarecimiento o abaratamiento relativo de unos productos frente a otros o, incluso, que resulte rentable poner en el mercado productos alternativos que, a precios más elevados, resulten ya competitivos.

Otras elasticidades de la demanda

La medida de la elasticidad es extremadamente útil a la hora de evaluar el impacto posible de cualquier medida por parte de un empresario o de un gobierno, dado que de esa forma puede estimarse como se alterarán los comportamientos de los consumidores tras la variación de alguno de los factores que en ellos influyen. Por ejemplo, podríamos estimar cómo varía la cantidad demandada de un bien ante una campaña publicitaria o según la cantidad de lluvias, si éstos son factores que pueden ser relevantes para los mismos.

De todas estas posibles elasticidades hay dos que destacan sobre las demás: la elasticidad-cruzada y la elasticidad-renta.

La elasticidad cruzada

Uno de los factores más relevantes para explicar el desplazamiento de una curva de demanda es el de la variación en el precio de los restantes bienes. En la comparación que tenemos en cuenta para calcular la elasticidad podemos utilizar ahora como agente desencadenante no la variación en el precio del propio bien, sino en el precio de alguno de los restantes bienes. Por ejemplo, si queremos medir la elasticidad de la demanda del bien X en relación con las variaciones en el precio del bien Y, la ecuación sería:

La elasticidad cruzada de la demanda de un bien X respecto a otro bien Y es el resultado de comparar la variación porcentual de la cantidad demandada del bien X respecto a la variación porcentual del precio de Y, y nos permite medir la reacción de los demandantes de un bien ante las variaciones en el precio de otro bien, así como la relación existente entre ambos bienes.

En la elasticidad-cruzada puede ser tanto un valor positivo como negativo.

De acuerdo con lo que hemos visto, la subida del precio de un bien provoca:

  • Una disminución en la demanda de los bienes complementarios. El numerador y el denominador de nuestra ecuación tendrían signos opuestos y el valor de la elasticidad cruzada resultaría negativo.

  • Un aumento en la demanda de los bienes sustitutivos. El numerador y el denominador de la ecuación tendrían el mismo signo y el valor de la elasticidad resultaría positivo.

  • Ningún efecto (o imperceptible) en los bienes independientes. El valor del numerador y de la elasticidad cruzada, sería igual a cero.

Por lo tanto, el valor de la elasticidad- cruzada de dos bienes nos permite saber qué relación existe entre ambos, así como la importancia de la reacción que se deriva de la misma. Vid. Tabla 4.6.

Elasticidad-renta

También podemos relacionar los cambios en la cantidad demandada con las variaciones en la renta.

La ecuación será:

La elasticidad-renta de la demanda de un bien es el resultado de comparar la variación porcentual de la cantidad demandada del bien X respecto a la variación porcentual de la renta, y nos permite medir la reacción de los demandantes de un bien ante las variaciones en su renta, así como determinar el tipo de bien de que se trata.

El valor puede ser positivo o negativo. La elevación de la renta provoca:

  • Una disminución en la demanda de los bienes inferiores. El numerador y el denominador de nuestra ecuación tendrían signos opuestos y el valor de la elasticidad cruzada resultaría negativo.

  • Un aumento en la demanda de los bienes normales, si bien menos que proporcional. La coincidencia de signos entre numerador y denominador nos daría una elasticidad positiva, pero al ser el numerador (la reacción en la cantidad) inferior al denominador (la variación porcentual de la renta), el valor del cociente sería < 1.

  • Un aumento más que proporcional en el caso de los bienes superiores. El numerador y el denominador de la ecuación tendrían el mismo signo y un valor mayor. La elasticidad sería positiva y > 1.

El valor de la elasticidad-renta de un bien nos permite definirlo como normal, superior o inferior de forma objetiva, así como valorar la importancia de la reacción de la demanda ante las variaciones en la renta.

Se resumen los distintos valores en la Tabla 4.7.

Anexo: las curvas de indiferencia

Supongamos que el consumidor X tiene presupuesto y tiempo para 20 días de vacaciones y debe decidir entre unos días de playa y otros de montaña. Con precios similares y parecidas preferencias entre una posibilidad y otra, el consumidor elige 10 días en cada lugar porque prefiere cambiar y no agotar sus vacaciones en un solo lugar.

Probablemente aceptaría sin demasiados problemas renunciar a uno de los días de playa aumentando en uno sus días de montaña. Las dos combinaciones le resultarían prácticamente indiferentes. Pero a medida que se le pidiera que renunciara a días adicionales de playa es más que probable que la sustitución por días de montaña ya no resultara indiferente. Para mantener el mismo nivel de bienestar el consumidor exigiría que como compensación se le aseguraran más días de montaña: la pérdida de utilidad derivada de la reducción de playa en un día se compensaría con otro día de montaña, pero quizás la pérdida de cinco días de playa exigiría una compensación de diez de montaña.

La presunción de que la utilidad marginal es decreciente exige que la renuncia de unidades sucesivas de un bien a cambio de nuevas unidades de otro deba compensarse con cuantías crecientes de este último para mantener igual el nivel de satisfacción.

Si uniéramos todas las combinaciones que le resultarían indiferentes entre sí nos saldrían unas curvas de indiferencia.

Las curvas de indiferencia representan las combinaciones de bienes que proporcionan idéntica utilidad a un consumidor. Se supone que el bienestar será tanto mayor cuanto más alejada esté la curva del origen.

El consumidor elegirá aquella que le proporcione mayor bienestar -curva más alejada del origen- dentro de sus posibilidades de compra -restricción presupuestaria-.

Si los dos bienes no resultan indiferentes entre sí, las curvas de indiferencia se inclinarán en mayor medida hacia aquellos que proporcionen más utilidad.

La combinación óptima estará más cerca de los bienes preferidos que de los menos atractivos.

Si los precios no son similares, la elección se corregirá en favor de los bienes relativamente más baratos.

La combinación óptima es el punto de tangencia de la recta presupuestaria con la mejor de las curvas de indiferencia posibles -la más alejada del origen-.