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Distribución de la renta y desigualdad

Eficiencia y distribución

El problema de la distribución de la renta, la respuesta a la cuestión de “para quién” se destina el resultado de la actividad productiva en una colectividad, fue abordado en Economía ya desde principio del s. XIX. Las primeras aportaciones de los economistas en este campo se centraban en el reparto de la renta que resultaba del propio funcionamiento de los mercados. Así, en los mercados de factores los preceptores coincidían con las clases sociales en las que se solía dividir a la población: trabajadores, preceptores de los salarios; capitalistas y rentistas (tierras, recursos, etc.).

Con el paso del tiempo, el esquema de interpretación anterior fue quedando obsoleto al reflejar tan sólo algunos aspectos del problema redistributivo, olvidando otros cada vez más significativos. En nuestros días las cuestiones distributivas admiten enfoques diversos, los que ha implicado la extensión de su ámbito de estudio en Economía, así como en otras ciencias sociales.

Estudios sobre la distribución de la renta

  • Distribución funcional o factorial de la renta.

    • Cómo se reparte la renta entre los agentes de una sociedad, según la función que desempeñen en el engranaje económico. A partir de este concepto, lo que interesa conocer es la parte de la renta total que llega a los trabajadores en forma de salarios, la que perciben los empresarios en sus diversas modalidades o la que obtienen los propietarios de otros recursos. Sin embargo, en la en la actualidad las formas de participación en los procesos de producción son múltiples y diversas. Hoy, habría que tener en cuenta la existencia de un sector importante de autoempleados, pequeños empresarios, trabajadores por cuenta propia, arrendadores de inmuebles o de otros bienes de capital productivo. Por otra parte, la acumulación de capital humano, implica un elemento de aproximación a la noción de capital físico y de cierta distancia respecto a la noción tradicional de fuerza de trabajo. Otro rasgo distintivo respecto al pasado, según se desarrolla una sociedad es frecuente que los agentes dispongan de más de un factor productivo, por lo que pueden recibir retribuciones procedentes de diversas fuentes.

  • Distribución personal de la renta.

    • Lo que interesa es cómo se distribuye la renta entre las personas o las familias que integran un país o un territorio cualquiera. Los problemas relacionados con la equidad de la distribución alcanzan aquí todo su significado y también su mayor dificultad. Para conseguir la finalidad pretendida habremos de investigar todas las fuentes de ingresos de cada unidad familiar.

  • Distribución institucional de la renta.

    • Con este término se hace referencia a los agentes institucionales, en términos de Contabilidad Nacional, que reciben las rentas generadas por los factores de producción. En cierto sentido se trataría de un concepto que podría servir como puente entre los dos anteriores, al pretender suministrar información sobre las rentas que llegan a las familias, a las empresas, o a otras instituciones.

  • Distribución sectorial de la renta.

    • Alude al reparto de la renta entre los sectores productivos de un territorio determinado y que se ha empleado en ocasiones para calificar los procesos de crecimiento económico.

  • Distribución espacial o territorial de la renta.

    • El elemento delimitador es el espacio y el concepto se utiliza para medir grados de crecimiento relativo de unos territorios respecto a otros o respecto a la media de un conjunto superior (por ejemplo, las CCAA en relación a España o los países respecto a Europa). El indicador utilizado es la renta per cápita, que nos da una idea de la distancia que puede existir entre unos territorios y otros y nos permite justificar políticas de equilibrio o solidaridad interterritorial.

Es inevitable referirse a la adecuación de la distribución de la renta respecto a un cierto objetivo de equidad y, este objetivo no puede definirse sin hacer referencia al objetivo de eficiencia. ¿Son realmente incompatibles equidad y eficiencia? Frente a esa presunta incompatibilidad, parece existir una cierta correlación entre el grado de desarrollo alcanzado por una sociedad contemporánea y la menor desigualdad relativa que se observa en la misma. Para unos, ese dato viene a avalar la tesis de que la mejor política distributiva es aquélla que garantiza el máximo crecimiento, la que propicia una asignación eficiente de los recursos disponibles. Para quienes se sitúan en esta perspectiva las políticas redistributivas suponen frecuentemente un fuerte desincentivo al esfuerzo: ante la amenaza de ser “expoliados” en beneficio de los que menos tienen, muchas personas optarán por no incrementar su esfuerzo. Para otros, aquellos datos pueden utilizarse para defender precisamente lo contrario: que es la limitación de la desigualdad lo que posibilidad un mayor crecimiento. Por ello, es necesario que los poderes públicos corrijan esa tendencia acercando la distribución de la renta hacia la igualdad.

Podríamos hablar de que una medida distributiva supone un efecto sustitución y un efecto renta. El efecto sustitución, una parte de la población pierde en beneficio de otra parte. Efecto renta, deberá evaluarse el efecto sobre la producción total. Si la producción total aumenta todos los ciudadanos podrán beneficiarse; si disminuye, el perjuicio se repartirá también entre todos. Para muchos economistas siempre que exista un efecto sustitución, no es posible comparar el beneficio que unos reciben frente al perjuicio causado a otros. No sabemos si el bienestar total ha aumento o disminuido. Desde esta perspectiva, sería preferible centrarse en el criterio de eficiencia, defender las medidas que implican un efecto renta positivo.

Un “exceso” de desigualdad tiene efectos negativos sobre la producción por deficiencias en la salud, la preparación y la capacidad (productiva y adquisitiva) de buena parte de la población. Sin contar aspectos adicionales como los posibles desórdenes sociales y la seguridad del propio sistema. Un “exceso” de igualdad provoca un importante desincentivo al esfuerzo: cualquier intento de producir por encima de lo normal se encontrará con una fuerte penalización redistribuidora. El empobrecimiento general puede llegar a ser tal que no sólo los ricos perdieran, sino también los pobres.

En los supuestos de máxima igualdad o desigualdad, los objetivos de equidad y eficiencia coinciden, pueden aumentar simultáneamente la producción total y el bienestar de la población con menores recursos. En la mayor parte de los casos, existe una cierta contradicción entre ambos objetivos y ello dará lugar a posicionamientos distintos de los agentes, condicionados por sus respectivos juicios de valor.

La justicia o injusticia en la distribución es el factor definitorio de los principales movimientos sociales que conocemos a lo largo de la historia de la humanidad. Al final, las decisiones económicas llevan implícita una elección sobre cuál es la respuesta adecuada a las cuestiones distributivas y las grandes disputas económicas esconden habitualmente un punto de vista valorativo respecto a lo que deba entenderse como distribución equitativa de la renta y de la riqueza.

De la distribución funcional a la distribución personal

Aunque la retribución de los factores productivos esté en el origen de la distribución, parece claro que sólo con ese aspecto no conseguimos explicar la distribución personal. Difieren los destinatarios de cada distribución. En el primer caso, son los factores productivos.

En el segundo, se intentan investigar las rentas que obtienen los sujetos que componen una sociedad a partir de cualquier fuente. Normalmente las familias no suelen disponer de una única fuente de obtención de renta. Como consecuencia, la correspondencia entre los grandes agregados funcionales y los diversos grupos sociales se diluye en gran medida. Además, hay individuos y familias que no perciben renta alguna procedente del mercado.

En el Gráfico 11.2 se recoge el proceso de formación de rentas y su distribución. El primer dato relevante es el mercado, en el cual se generan las distintas rentas. Las desigualdades que se producen en el mercado y entre los distintos mercados [1] (de trabajo y de capital, segmentación de factores, …) son la base fundamental para entender y explicar los resultados visibles. Por eso se denomina distribución primaria de la renta entre individuos [2]. Los fenómenos demográficos [3] implican variaciones importantes en la estructura de la población, el peso de los activos y de los inactivos o los movimientos migratorios (afectan a la oferta y demanda de factores productivos) y en composición y estructura de los hogares. Los individuos viven habitualmente agrupados en familias, dentro de las cuales se comparten todos o buena parte de los ingresos y de los gastos. Hay, por tanto, un proceso de redistribución interno de los hogares [4], tanto intergeneracional (entre padres e hijos) como intrageneracional (entre integrantes de una pareja) que afectan decisivamente al bienestar de los individuos que integran la unidad correspondiente.

Las fuerzas del mercado provocan desigualdades no siempre tolerables por la sociedad, aparece el Sector Público que intenta corregirlas, tanto influyendo en el propio proceso de formación de rentas primarias como “a posteriori” a través de los impuestos progresivos [5] y de las transferencias públicas (subsidios, desempleo, pensiones…) destinadas, en su mayoría y al menos como deseo, a la población con menores recursos. Ese juego de detracciones y entregas consigue normalmente que la distribución de la renta familiar disponible [6] (después de la actuación redistributiva) se distribuya menos desigualmente que la renta primaria.

Las políticas redistributivas no terminan ahí. El Sector Público provee a los ciudadanos de una serie de prestaciones públicas en especie [7] (educación y sanidad…) gratuitamente o a precios subvencionados. En la medida en que se consideran necesidades de carácter preferente, se favorece el acceso a todos los ciudadanos a lo que incide de forma especialmente positiva en los hogares e individuos con menos ingresos. Ya vimos, en los Sistemas de Cuentas Nacionales, el concepto de renta disponible ajustada [8] que tiene en consideración este tipo de prestaciones.

De juego del conjunto de todos esos factores resulta una determinada distribución personal o familiar de la renta.

Nos encontramos habitualmente con una distribución que presenta una larga cola a la derecha, es decir, una distribución casi normal para la mayor parte de la población pero con hogares (o personas) que obtienen rentas muy superiores a las modales. En una distribución normal moda, media y media coinciden. La presencia de esta cola para las rentas altas implica que la mediana (es el valor que divide exactamente en dos partes a la población observada: un 50% de la población tendría una renta superior al valor mediano, y un 50% tendría una renta inferior. La moda es el valar más frecuente. La media resulta de dividir el total de las rentas por la población) se sitúe a la derecha de la moda y que la media esté en un nivel de renta todavía más elevado. Es decir, que la mayor parte de la población tiene un nivel de renta inferior a la renta media.

Aun aceptando la estabilidad de la forma de la curva, ésta puede adoptar formas muy diversas. Las diferencias entre la cola superior y las rentas inferiores pueden ser muy elevadas o reducidas. Por tanto, aunque la distribución de la renta tenga unas características relativamente constantes, las diferencias pueden ser muy apreciables.

Igualdad y desigualdad

El concepto de igualdad

Cuando se critica un determinado estado de la distribución de la renta o se valoran, positiva o negativamente, las políticas redistributivas de la renta que se aplican o se proponen, hay siempre unos juicios de valor, una concepción, más o menos explícita sobre el significado y alcance de la igualdad.

Como primera provisión es oportuno recordar que el término igualdad no debe ser confundido con el de equidad. La igualdad es un concepto de economía positiva, objetivo y susceptible de medición. La equidad es un concepto normativo e implica una valoración previa.

El concepto igualdad tiene una dimensión objetiva y susceptible de contrastación. Por el contrario, el concepto de equidad se plantea desde postulados normativos, vinculado a alguna concepción sobre lo justo. La equidad, en este tema, implica que la distribución de la renta sea correcta y justa. Y, como es lógico, respecto a este punto las opiniones pueden ser muy diversas. Para unos, el reparto equitativo debería tender hacia la igualdad absoluta, de modo que todos los sujetos o todas las familias tengan la misma renta. Para otros, lo justo y correcto será que tenga más renta aquél que más trabajo o más esfuerzo ha aplicado. Otro grupo, son partidario de repartir las rentas en función de las necesidades de cada cual, de manera que, en términos de dinero, la distribución debe ser desigual porque las necesidades también son desiguales. Otros, pueden estimar que debe ganar más quien sea más eficiente en el desarrollo de sus actividades.

Sin embargo, hay que tener en cuenta, las condiciones de partida en términos de disponibilidad de los recursos no son iguales y los resultados tampoco pueden serlo. Lo cual no significa que se defienda habitualmente, la igualdad como un óptimo deseable. Ya hemos visto qué significaría con mucha probabilidad una pérdida de bienestar para todos. Incluso, si se defendiera la igualdad como gran objetivo, se plantearían algunos problemas importantes ¿nos referimos sólo a la igualdad de rentas monetarias o, también del valor del ocio, del tiempo libre y de las rentas no monetarias? Si nos centramos en las rentas de trabajo, aceptamos el principio de que deben retribuirse de igual manera los esfuerzos iguales. Pero, ¿qué pasa cuando los esfuerzos son diferentes…? Las soluciones de compromiso suelen poner el acento en las condiciones de partida más que en los resultados. Los poderes públicos deberían eliminar (reducir al menos) las desventajas iniciales y garantizar la igualdad de oportunidades. El Estado intervine en primer lugar, a través del Derecho, otorgando al débil de forma que la negociación en el mercado resulte razonablemente equilibrada. Al regular las condiciones de los contratos y los derechos de propiedad, marcar mínimos y máximos a determinados precios o intervenir en los mercados ya se incide sobre la propia distribución inicial de la renta. Probablemente, sin esas limitaciones las desigualdades serían aun mayores.

La medición de la desigualdad

Para estudiar la distribución de la renta es habitual utilizar la curva de Lorenz. Para construirla es preciso contar con la información de las rentas recibidas por las familias que componen la población. Con esa información, podemos ordenar a todas las familias según su nivel de renta y analizar la parte de la renta total que tienen los diferentes grupos de familias. La curva de Lorenz nos dice el porcentaje de renta que acumulan diferentes porcentajes de población, desde los más pobres a los más favorecidos.

Para representar la curva, podemos partir de cada dato individual o dividir a la población en grupos del mismo tamaño; por ejemplo, si los grupos integran al 10% de la población hablamos de decilas. A partir de dicha división ordenamos a toda la población en los grupos que hayamos definido de menor a mayor nivel de renta. A continuación, obtenemos el porcentaje de la renta total que tiene cada uno de estos grupos de población y calculamos la distribución acumulada de frecuencias.

La Tabla 11.1 muestra este tipo de información para dos países (EEUU y Finlandia). Esta tabla nos señala que el 10% de la población del país A con menores ingresos tiene, en su conjunto, tan sólo un 1,9% de la renta total. La decila siguiente ya disfruta de un 3,8%. Como media, la población de la segunda decila tiene el doble de renta que la de la primera.

La tabla nos dice también que el 20% de la población del país A con menores ingresos tiene un 5,7% de la renta total (% acumulado, ésta es la que utilizaremos para dibujar la curva de Lorenz). Columna (% acumulado), quinta decilia, el país A su mitad de la población (26,2%) dispone de una cuarta parte de la renta total del país.

Mientras que el país B su mitad de la población tiene 35,6% de la renta total. Observamos también, décima decila, que el país A un 10% de la población recibiría casi (23,7%) una cuarta parte de la renta total del país. El país B no llega a una quinta parte.

La curva de Lorenz. En el eje de abscisas se recoge la población acumulada y ordenada por niveles de ingresos: comenzamos por la decila más pobre y terminamos incorporando la decila superior. En el eje vertical se sitúan los datos de la renta acumulada. El último punto de la curva de Lorenz es el correspondiente al 100% de población y de renta, en el cual los dos ejes se cierran para formar una “caja”.

La línea de 45º que divide la caja en dos partes iguales recibe el nombre de línea de equidistribución: es la forma que tendría la curva si no hubiera desigualdad alguna, es decir, si todas las familias dispusieran de la misma renta.

La curva de Lorenz resulta de unir los diversos puntos de población y renta acumulada y tiene la forma abombada del Gráfico. Siempre está debajo de la diagonal porque el 10% más pobre sólo puede aspirar como máximo al 10% de la renta. Cuanto más alejada se encuentre la curva de la diagonal, más desigual es la distribución de la renta.

Existen diversos índices de desigualdades que resumen en un número el grado de desigualdad que presenta una distribución. El más utilizado es el coeficiente de Gini que mide el cociente (dividir) entre el área existente entre la curva y la recta de equidistribución (área de desigualdad) y la del triángulo formado por dichas rectas y los dos ejes (área de desigualdad máxima).

  • Si la curva de Lorenz coincide con la diagonal, el índice de Gini sería igual a 0 (máxima igualdad).

  • Si coincide con los lados inferior y derecho de la caja (toda la renta en manos de un único individuo), el índice de Gini sería igual a 1 (máxima desigualdad).

Con la curva de Lorenz y los índices podemos comparar la desigualdad entre territorios o en dos momentos de tiempo. La misma operación puede hacerse para analizar el impacto de la acción del Gobierno sobre la distribución. Si dicha acción es eficazmente redistributiva, la curva posterior a la acción gubernamental estará más próxima a la diagonal.

Frecuentemente los análisis se complementan con otros detalles. Por ejemplo, es habitual estudiar la diferencia entre las decilas externas. Así, diríamos que en el país A la decila superior tiene una renta 12,5 veces superior a la decila de menores ingresos, mientras que en el país B es sólo 4 veces más elevada.

Lo que parece ratificar que las diferencias en la distribución son en el primer país mayores que en el segundo.

Las causas de la desigualdad

Algunos factores que explican las diferencias en la renta son:

  • Diferencias en las habilidades.

    • Las personas que componen la sociedad difieren considerablemente en sus rasgos y habilidades físicas y mentales. Hay individuos que poseen especial destreza para realizar algunas actividades y carecen, en cambio, de aptitudes para desempeñar con éxito otras distintas. Sin embargo, esta diversidad en los “talentos” iniciales juega un papel limitado en la explicación de las desigualdades de renta en las complejas economías contemporáneas

  • Diferencias en riqueza.

    • La desigual distribución de la riqueza explica una parte de las desigualdades de renta y, en especial, los elevados ingresos que reciben las personas situadas en el extremo superior de la escala de rentas. Cuando se investiga quienes son los individuos y familias más ricos, es frecuente hallar que se trata de personas que obtienen la mayor parte de sus ingresos no del trabajo, sino de la propiedad de un extenso patrimonio que, en muchos casos, se ha recibido en herencia de la generación anterior.

  • Diferencias en la intensidad del trabajo.

    • Una parte de las diferencias en los ingresos del trabajo puede deberse a la intensidad del esfuerzo laboral realizado. Mientras que una persona que valora intensamente el ocio puede preferir trabajar menos, aunque ello le lleve a ocupar una posición inferior en la escala de renta, un adicto al trabajo puede soportar jornadas laborales interminables y reducir al mínimo su tiempo de ocio.

  • Diferencias en el capital humano.

    • Las diferencias en los niveles de educación y cualificación laboral constituyen el factor explicativo individual más poderoso de las diferencias de renta. Las personas con escasas cualificaciones tienen mayor probabilidad de estar desempleadas, así como de estar ocupadas en empleos precarios y mal remunerados.

  • Discriminación.

    • La discriminación puede provocar que personas con las mismas capacidades y el mismo esfuerzo laboral perciban, sin embargo, rentas muy diferentes.

Las tendencias históricas

En todas las épocas, aparecen grandes diferencias en el nivel de desigualdad de ingresos entre los distintos países. Los niveles de desigualdad se han ido reduciendo de forma paulatina a lo largo del s. XX en la mayor parte del mundo occidental, tras los aumentos inicialmente producidos en la etapa posterior a la Revolución Industrial. Ello hizo pensar que la desigualdad tienden a crecer en los primeros momentos del proceso de desarrollo económico, cuando se inicia el proceso de industrialización, para descender luego de forma continua, conforme aumenta la renta per cápita de los países.

¿Pueden extraerse cuales han sido y pueden ser las tendencias en la distribución de la renta? Con limitaciones obvias, pueden apuntarse algunas líneas aparentemente dominantes en los países desarrollados:

  1. El sistema democrático propicia una tendencia general hacia la reducción de la desigualdad, tanto más fuerte cuanto mayor es la desigualdad existente en relación a la de los países del entorno: la mayor desigualdad implica que la mayoría de la población apoyará las políticas distributivas.

  2. Existen fuerzas que tienden a provocar oscilaciones de aumento y disminución de los niveles de desigualdad entre unos límites máximos y mínimos. El proceso redistributivo tiene un límite.

    • Mientras la desigualdad es importante y las políticas reducidas, la mayor parte de la población confía en recibir del Estado redistribuidor. Pero según crecen las prestaciones y el gasto, aumentan también la presión fiscal y ello minará el apoyo social a las políticas redistributivas.

  3. Periódicamente se produce alguna revolución técnica que provoca un aumento inicial de la desigualdad que, a largo plazo, tiende a corregirse.

  4. Como regla general, los períodos recesivos de carácter cíclico tienden a incrementar la desigualdad mientras que los expansivos facilitan su reducción.

  5. Cuanto más débiles son las condiciones institucionales del mercado de trabajo (normas laborales…) mayor tiende a ser la desigualdad salarial.

  6. La educación y la formación son, tanto un elemento decisivo para explicar las diferencias redistributivas, como un instrumento fundamental para la reducción a largo plazo de las desigualdades. No obstante, según se extiende más el derecho a la educación, tiende a disminuir las diferencias entre los distintos niveles educativos y pueden aumentar las diferencias dentro de cada uno de ellos.

  7. Según se eleva el nivel de renta y se desarrolla el sistema financiero, las rentas de capital dejan de ser monopolio de una exigua minoría y se extienden a amplias capas de la población. Sin embargo, el peso relativo de tales rentas en los hogares sigue siendo generalmente muy reducido salvo para la misma exigua minoría.

  8. Entre los aspectos demográficos, cabe destacar que la familia ha jugado y sigue jugando un papel reducto de desigualdades individuales muy importante, aunque hay una tendencia a la autonomía de las personas mayores. Éstas han sido sustituidas en el protagonismo de los niveles de pobreza por otras situaciones como las familias monoparentales o sectores y grupos de jóvenes. Las migraciones contribuyen, a corto plazo, a la disminución espacial de las desigualdades pero al aumento de las desigualdades en el mercado receptor.

  9. Las políticas públicas resultan extremadamente significativas para explicar periodos concretos de reducción o de aumento de las desigualdades. La distribución de la renta es apreciablemente menos desigual tras incorporar los efectos de impuestos y gastos públicos.

  10. La actuación redistributiva del Presupuesto Público se ha desplazado del lado impositivo a las políticas de Gasto Público, tanto a través del sistema de Seguridad Social como de las prestaciones en especie, que han crecido en todos los países desarrollados. El Presupuesto en gastos sociales ha jugado un papel fundamental en la corrección de desigualdades.

La pobreza

El cuarto mundo

Junto a la mayor o menor desigualdad en una sociedad, la persistencia de la pobreza en los países ricos constituye un problema social para las economías contemporáneas.

La pobreza constituye un problema económico y social no resuelto en el mundo actual, no ya en los países subdesarrollados que recibieron el apelativo del “tercer mundo”, sino especialmente en los países occidentales desarrollados: hasta el punto de que se ha dado el nombre de cuarto mundo a las bolsas de pobreza y marginación existentes en los países desarrollados, especialmente en el entorno de sus grandes ciudades.

¿Qué es la pobreza?

Para responder podemos dividir el término pobreza en absoluta y relativa.

  • Pobreza absoluta sería aquellas personas cuyos recursos resultan insuficientes para satisfacer una serie de necesidades como la alimentación, el vestido, la vivienda y otros aspectos fundamentales de la vida cotidiana. Supone quedar por debajo de un “mínimo vital” que se puede determinar de forma objetiva, analizando el coste de una cesta mínima de bienes y servicios que se considera necesaria para poder cubrir esas necesidades básicas. Es una situación especialmente relevante en países poco desarrollados y su erradicación va ligada más a problemas de crecimiento que de redistribución.

  • Pobreza relativa sería aquellas personas cuyos recursos son tan limitados que les hacen quedar excluidos de las pautas de consumo y las actividades sociales que configuran el modo de vida considerado aceptable en la sociedad en la que viven. Es decir, al margen de las continuas mejoras en las condiciones disfrutadas por la mayoría de la población.

El enfoque relativo de la pobreza ha llevado a determinar la línea de pobreza como una proporción de la renta media o mediana, es decir, del nivel de renta que se considera representativo del que tiene una familia típica. Son considerados pobres aquellos cuyas rentas se sitúan por debajo de la mitad de ese valor.

En los países desarrollados la pobreza relativa ha mostrado ser más persistente y difícil de eliminar que la pobreza absoluta. Si esta última ha ido reduciéndose de forma continua conforme se eleva la renta per cápita, la pobreza relativa lo ha hecho sólo en la medida en que se han logrado acortar las diferencias de renta entre las clases medias y los grupos menos favorecidos de la sociedad.

La renta monetaria disponible constituye un indicador muy valioso para determinar si las personas son pobres o no.

En lugar de la renta pueden utilizarse indicadores del nivel de vida como los gastos de consumo realizados durante el período o un conjunto más sofisticado de indicadores de las condiciones de vida disfrutada en un momento dado.

Las características de la pobreza de larga duración son diferentes a las de la pobreza transitoria y su solución exige medidas de muy distinto carácter y más difícil éxito.

Un último aspecto relacionado con la medición de la pobreza es el tipo de índices que se puede utilizar para determinar el “nivel” de pobreza de un país o región en un momento dado. El índice más comúnmente utilizado es el porcentaje de población que se sitúa por debajo del umbral de pobreza. Sin embargo, la tasa de pobreza así construida no tiene en cuenta algunos aspectos importantes, como desigualdad entre la población pobre o la intensidad de la pobreza. Si la mayoría de los pobres tiene rentas cercanas a la línea de pobreza podemos considerar que la situación es menos grave que si por el contrario, han de vivir con ingresos muy inferiores al umbral. Por ello, los economistas que trabajan en el campo de la medición de la pobreza han desarrollado índices complementarios al porcentaje de población pobre, que incorporan de diversas formas las dimensiones de desigualdad e intensidad de la pobreza.

Incidencia y causas de la pobreza

El riesgo de pobreza no se distribuye por igual entre los diversos grupos que componen la población, sino que afecta de forma desproporcionada a determinados colectivos. Los grupos en los cuales se concentra la pobreza varían de un país a otro y a lo largo del tiempo. Sin embargo, hay una serie de colectivos que con gran frecuencia resultan ser los de mayor incidencia de la pobreza:

  • Las personas mayores y, en especial, las mujeres mayores que viven solas.

  • Las familias monoparentales encabezadas por mujeres.

  • Las minorías étnicas, como los negros y los hispanos en EEUU, o los gitanos y los inmigrantes procedentes de los países pobres en España y otros países europeos.

  • Las personas con bajos niveles de educación.

  • Los desempleados, en especial los de larga duración.

  • Los trabajadores con bajos salarios y empleos precarios o sumergidos.