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Demanda y oferta agregadas

El equilibrio en el modelo IS-LM y las políticas de demanda

El modelo

¿Cómo se consigue el equilibrio simultáneo en los mercados de bienes y de activos?¿Cuál es el tipo de interés y el nivel de renta que posibilita tal equilibrio?

Evidentemente, ese punto ha de ser el de intersección de las curvas IS y LM, pues solo ese punto garantiza tanto el equilibrio en el mercado de bienes, como el equilibrio en el mercado de activos.

Ese punto asegura que:

  • curva IS: el tipo es el adecuado para que dado ese nivel de renta, el ahorro iguale a la inversión, el gasto planeado sea igual a la producción planeada, la demanda agregada absorba íntegramente la producción planeada. Las empresas producen lo que desean venden lo previsto, sin que acumulen ni agoten las existencias más allá de ese nivel.

  • curva LM: el tipo es el adecuado para que, dado ese nivel de renta y una determinada oferta monetaria, la demanda de dinero sea igual a la oferta de dinero y la demanda de bonos y otros activos sea igual a la oferta de los mismos. Todos los sujetos tienen la composición que desean de sus carteras, el equilibrio deseado entre liquidez y rentabilidad.

Evidentemente, cualquier desplazamiento de las curvas IS o LM provocará también un cambio en el punto de equilibrio.

Puede admitirse que el mercado de activos se encontrará habitualmente en equilibrio y que los desplazamientos de la curva IS provocarán tendencias al ajuste hacia el nuevo punto de equilibrio, pero a través de un cierto periodo de adaptación.


El modelo IS-LM refleja cómo, en una economía cerrada, los excesos de oferta o de demanda en los mercados de bienes y en los de activos provocan automáticamente (aunque no inmediatamente) los ajustes necesarios, en el nivel de renta o/y en el de los tipos de interés, para que se restablezca el equilibrio.


La política monetaria

Según hemos visto, el Banco Central es la autoridad que ejecuta la política monetaria y puede regular, a través de los distintos mecanismos que conocemos, la cantidad de dinero que hay en la economía.

Un aumento de la oferta monetaria desplaza la curva LM a la derecha. La consiguiente reducción de los tipos de interés estimula la inversión, lo que provoca un efecto expansivo, aunque también que se recuperen en parte los tipos de interés como consecuencia de que la mayor demanda provoca un encarecimiento del precio del dinero.

¿De qué dependerá la mayor o menor eficacia de la política monetaria? Fundamentalmente de la elasticidad de la curva LM: una curva LM absolutamente elástica implicará una eficacia nula sobre el nivel de actividad, mientras que una curva LM vertical garantizaría una repercusión íntegra de cualquier medida de política monetaria sobre el nivel de renta.

Este supuesto, conocido como "la trampa de la liquidez" haría referencia al caso en el cual los tipos de interés se hubieran reducido, de tal forma que cualquier incremento de la cantidad de dinero carecería de repercusión sobre las carteras particulares y sobre los tipos de interés. Uno de los factores decisivos para demandar bonos o activos similares era la expectativa sobre los tipos de interés futuros: si estoy convencido de que los tipos de interés subirán, no tengo ningún deseo de comprar unos títulos condenados a depreciarse y, por lo tanto, a hacerme perder parte de mi riqueza. En ese supuesto será preferible mantener el dinero líquido antes que comprar.

En la medida en que el pronóstico sea unánime, cualquier inyección de liquidez en el sistema será absorbida por los particulares sin repercusión alguna sobre los tipos de interés. Dado que el efecto expansivo se conseguía a través de la inversión estimulada por la reducción de los tipos, si no se produce esa disminución, la política monetaria expansiva carece de eficacia.

El supuesto contrario sería una curva LM totalmente vertical. Esta hipótesis, que denominan "caso clásico", se correspondería con la teoría cuantitativa del dinero según la cual el nivel de renta nominal depende exclusivamente de la cantidad de dinero.

Bajo tales premisas, cualquier variación en la cantidad de dinero provoca un desplazamiento de la curva LM que se traduce íntegramente en una modificación del nivel de renta. Con efecto expansivo si aumentó la cantidad de dinero y con efecto contractivo en caso contrario. La política monetaria sería entonces decididamente eficaz como instrumento para regular la demanda agregada y el nivel de renta.

En el supuesto inverso de "la trampa de la liquidez", tipos de interés muy elevados pueden aumentar la insensibilidad de la demanda de dinero a las variaciones de aquellos. Porque los tipos altos pueden aconsejar a todos los sujetos desprenderse de la totalidad del dinero líquido: no sólo por el coste de oportunidad de su nula rentabilidad, sino también porque los títulos alternativos sufrirán revalorizaciones futuras cuando los tipos de interés recuperen unos niveles menos elevados.

Habitualmente:

  • Si el nivel de actividad es bajo, la curva LM tiende a ser plana y la política monetaria será poco eficaz como instrumento de estímulo de la actividad económica y el empleo.

  • Si el nivel de la actividad es elevado, la curva LM tiende a ser vertical y la política monetaria puede ser muy eficaz si se pretende frenar una demanda excesivamente caliente.

La experiencia parece confirmar que la política monetaria es más eficaz como freno que como estímulo de la actividad económica real, como instrumento para regular la demanda agregada y el nivel de renta.

La política fiscal

Además de la política monetaria sabemos que otro grupo de instrumentos susceptibles de ser utilizados para incidir sobre la demanda agregada es el que se encuadra en la denominación genérica de política fiscal. Según vimos, las variaciones en los niveles de ingresos (salidas) y gastos públicos (entradas) repercuten en el nivel de la demanda agregada con tanta mayor relevancia cuanto mayor sea el valor del multiplicado correspondiente. Por lo tanto, un aumento del gasto público o/y una reducción de los impuestos será instrumentos que los gobiernos pueden utilizar para expandir la demanda agregada y estimular el crecimiento económico.

Pero el juego conjunto de las curvas IS y LM implica que esa expansión de la demanda de bienes y servicios conlleve a su vez una mayor demanda de dinero para hacer frente a las correspondientes transacciones. Si suponemos que no varía la oferta monetaria, la mayor demanda provoca una elevación de los tipos de interés que, a su vez, implica un efecto reductor de la demanda agregada, especialmente de la inversión privada y de las compras a plazos.

Ese efecto sobre la inversión privada recibe el nombre de efecto expulsión.

Si la curva LM es totalmente horizontal, el supuesto de la trampa de la liquidez, los desplazamientos de la curva IS, la mayor demanda, se encuentra con una liquidez no utilizada por lo que no se provoca escasez ni incremento de los tipos de interés. La demanda de dinero adicional no compite realmente con la inversión privada porque simplemente absorbe recursos ociosos. El efecto expulsión es nulo y la eficacia expansiva de la política fiscal juega en su totalidad.

Por el contrario, si la curva LM es totalmente vertical, el desplazamiento de la curva IS, la expansión de la demanda, se traduce en una elevación de los tipos de interés sin consecuencia sobre el nivel de renta. La escasez de dinero implica que toda la necesidad adicional de dinero por causa de la expansión compite con la financiación de la inversión privada. El efecto expulsión es tan importante que compensa el impacto expansivo de la política fiscal.

Si la LM es vertical cualquier intento expansivo de política fiscal puede quedar limitado a sustituir inversión privada por inversión pública, con un efecto neto nulo sobre la demanda agregada y el nivel de renta.

Criterio general: el efecto expulsión será tanto más probable cuanto más cerca se halle la economía del pleno empleo o/y cuanto más restrictiva sea la política monetaria.

Si la LM es horizontal, la política fiscal será muy eficaz mientras que será inútil el recurso a la política monetaria. Si la LM es vertical, la política fiscal es inútil.

La demanda agregada y el nivel de precios

Los precios, la oferta de saldos reales y los tipos de interés

Nos interesa ahora la relación que existe entre la demanda agregada y el nivel de precios. La curva de demanda agregada, muestra las combinaciones del nivel de precios y el nivel de producción para los que los mercados real y monetario se encuentran en equilibrio.

¿Cómo afectan las variaciones de los precios al gasto agregado de la economía? La relación más evidente es que el nivel de precios afecta al poder adquisitivo del dinero. Aunque la oferta monetaria (M) se mantenga constante, una elevación del nivel de precios equivale a una reducción de la oferta en términos reales. Con la misma cantidad de dinero podrá adquirirse menos cantidad de bienes. Es decir, una elevación de los precios es equivalente a una contracción monetaria por lo que se producirán aumentos en los tipos de interés. Y viceversa: una reducción del nivel de precios equivale a una expansión monetaria que provocará reducciones en los tipos de interés.

Por lo tanto: la subida de precios reduce la oferta de saldos reales, lo que se traduce en un desplazamiento de la curva LM hacia arriba y hacia la izquierda que presiona al alza a los tipos de interés. Esta subida de tipos contrae la inversión privada que, a través del proceso multiplicador, provoca una reducción mayor de la demanda agregada y del nivel de actividad económica. Esta contracción de la actividad económica se refleja asimismo en el mercado de bienes. Por lo tanto, a un mayor nivel de precios el nivel de producción será menor. Y ello explica la forma de la curva de demanda agregada, con pendiente negativa.

Todas las alteraciones de la DA que no provengan de variaciones en los precios van a provocar desplazamientos de la curva de la demanda. Estos vendrían producidos por cualquiera de las causas que podemos recordar:

  1. Variaciones de los componentes autónomos de la demanda agregada.

    • Un aumento del consumo o de la inversión autónoma va a provocar, a través del efecto multiplicador, una expansión de la DA, ésta se desplazará hacia la derecha. Una reducción de esas variables tendrá el efecto contrario.

  2. Política fiscal o presupuestaria.

    • La variación del gasto público o de los impuestos afectará a la demanda agregada (DA). Un aumento del gasto público o una disminución de los impuestos provocará una expansión de la DA a través de proceso multiplicador correspondiente.

    • Gráficamente la curva de DA se desplazará a la derecha. Una reducción del gasto público o un aumento de impuestos tendrá el efecto contrario.

  3. Política monetaria.

    • Las variaciones de la oferta monetaria afectarán a la DA. Un aumento de la oferta monetaria provocará una expansión de la DA y un desplazamiento de la curva a la derecha.

    • Por el contrario, una reducción de la oferta monetaria tendrá el efecto contrario.

La oferta agregada

La oferta agregada en el corto plazo

Cualquier expansión de la demanda provoca una reacción del sector empresarial de la economía para atenderla y que, a través del papel desempeñado por el consumo, se pone en marcha el efecto multiplicador. Nada se ha dicho sobre las características del proceso productivo desencadenado por aquel impacto de la demanda, si sobre la capacidad efectiva de reacción por parte de la oferta.

Las restricciones que afectan al proceso productivo son de tres tipos:

  • La FPP de la economía, es decir, a los factores disponibles y al nivel de tecnología existente, entendida como capacidad técnica para obtener el mejor rendimiento posible de los factores de producción.

  • A las características del mercado de trabajo, que se entiende en este contexto como la representación teórica de las relaciones de los trabajadores y los empresarios de una país, que pretenden acordar el volumen de contratación de mano de obra y los salarios que sirvan para retribuir a la misma.

  • Afecta a la oferta agregada, es el sistema de fijación de precios. En este ámbito, las alternativas pueden variar entre la determinación de precios en un marco de competencia perfecta y, por tanto, bajo el supuesto de que ningún agente tiene capacidad autónoma para condicionar los precios; y el sistema propio de los modelos de la competencia imperfecta.

El resultado combinado de los factores anteriores se refleja en la curva de la oferta agregada, que representa las diversas combinaciones de producción y niveles de precios que los agentes productivos plantean en la economía entendía en su conjuntos.

Si existiera flexibilidad absoluta de precios y salarios, ante un aumento del nivel de precios los salarios monetarios se ajustarían automáticamente al alza, y lo contrario ocurriría si aquél descendiera. El salario real se mantendrá inalterado y, por tanto, también el nivel de producción y empleo. Ello implicaría una curva de la oferta agregada totalmente vertical, al nivel de pleno empleo de los factores productivos.

Conviene precisar que la economía se encuentra en nivel de producción de pleno empleo aunque exista una tasa natural de desempleo, vinculada al desempleo friccional o de búsqueda es aquel volumen de trabajadores en paro asociado al cambio de empleo de algunos trabajadores y a la incorporación de otros al mercado de trabajo.

En todo momento hay algunas empresas que reducen empleos como consecuencia de ajustes en la producción mientras que otras demandan nuevos trabajadores. Por otro lado, constantemente se incorporan nuevos trabajadores al mercado en busca de su primer empleo.

Si la curva de oferta es vertical es evidente que las variaciones de la DA no pueden alterar el nivel de empleo y de producción de equilibrio.

Pero la realidad nos muestra un funcionamiento imperfecto de los mercados y con importantes rigideces. Por ello, mientras no se alcance el nivel de pleno empleo de la economía, la curva de oferta tiende a ser horizontal en el corto plazo porque los precios no se ajustan con flexibilidad y rapidez teóricas, sino que los desequilibrios suponen ajustes a través de las cantidades (es decir, el desempleo en vez de reducción de salario). Las políticas de demanda que pretenden corregir el desempleo pueden ser, por lo tanto, eficaces.

En la actualidad, al menos a corto plazo, una oferta con pendiente creciente que tienden a hacerse vertical cuando se alcanza la tasa natural de desempleo (Gráfico 10.5).

A largo plazo, los crecimientos de la demanda inducen mayores precios y éstos alzas salariales, lo que implicaría que la oferta a corto plazo se iría desplazando hacia arriba, resultando una oferta a largo plazo más vertical.

A largo plazo, la curva de oferta agregada es teóricamente vertical al nivel de pleno empleo. Pero éste va desplazándose por los factores que hace desplazarse a la oferta agregada, la FPP que conocemos. Por lo tanto, los sucesivos puntos en el tiempo nos mostrarán una curva de oferta a largo plazo también con una cierta pendiente, poniendo de manifiesto que crecen tanto el nivel de producción de pleno empleo como el nivel de precios.

Una de las implicaciones más importantes es que una contracción de la demanda agregada en el corto plazo puede provocar una recesión que persista en el largo plazo: puede darse situaciones de equilibrio a largo plazo con un nivel de producción bajo y una elevada tasa de desempleo.

Las políticas de oferta

Hasta el momento sólo hemos analizado políticas estabilizadoras de demanda. A continuación se examinan distintas políticas que pueden influir en el funcionamiento de la oferta agregada. Básicamente existen dos enfoques respecto a las políticas de oferta. El enfoque intervencionista defiende políticas públicas activas que corrijan o contrarresten las imperfecciones de los mercados. El enfoque liberal se basa en la confianza en el sistema de libre empresa y el funcionamiento competitivo de los mercados.

  • Políticas de ofertas intervencionistas.

    • La justificación de la intervención pública en el sector productivo se basa en la idea de que es probable que la iniciativa privada destine recursos insuficientes a investigación y desarrollo, formación e inversión, que son factores esenciales del crecimiento económico. El gasto en tales casos, aunque es altamente beneficioso para la sociedad, puede resultar poco rentable o atractivo para el sector privado debido a diversos factores:

  1. La ausencia de competencia en muchos sectores.

  2. El elevado riesgo de la inversión.

  3. Imperfecciones del mercado de capital.

  4. Nacionalizar empresa que se encuentran en dificultades financieras, de importancia estratégica.

  5. Subvencionar programas de investigación y desarrollo en ciertas industrias, sectores o programas de inversión que se considere beneficiosos para la economía nacional.

  6. Racionalizar sectores a través de fusiones o reorganizaciones empresariales que conduzcan a una mayor eficiencia o niveles de inversión más elevados.

  7. Informar, asesorar y proporcionar asistencia técnica a empresas para que introduzcan innovaciones tecnológicas que incremente la eficiencia.

  8. Provisión directa de infraestructuras (carreteras…).

  9. Planificación económica, objetivos realistas de inversión y producción.

  • Políticas de ofertas orientadas hacia el mercado.
    • La idea principal que inspira este tipo de políticas es la confianza en los mercados, la iniciativa individual, la competencia y la inversión privada, como fuentes de estabilidad y crecimiento económico, y la creencia de que la regulación y la intervención del sector público en la economía es ineficaz, cuando no contraproducente. Los aspectos fundamentales de esta nueva economía de la oferta son los siguientes:
  1. Reducción del gasto público.

  2. Reducción del impuesto sobre la renta y las cotizaciones sociales.

  3. Reducción de los impuestos sobre beneficios y aumento de los incentivos a la inversión.

  4. Desregulación laboral. Se trata de limitar el alcance de los derechos laborares (condiciones de contratación, estabilidad en el empleo…) y debilitar el peso y presencia de los sindicatos (restringiendo los derechos de intervención y de huelga…), con el fin, se dice, de reducir rigideces del mercado de trabajo… [y yo me rio de los peces de colores….].

  5. Políticas de fomento de la competencia, siendo las más significativas:

  • a) La contratación de servicios públicos con el sector privado.

  • b) La desregulación de mercados para eliminar monopolios.

  • c) La introducción de mercados internos en el sector público (competencia entre distintas entidades públicas) para aumentar la eficiencia de los servicios públicos.

  • d) La liberación del mercado de capitales.

Las políticas pueden obtener resultados, tanto en términos de crecimiento y empleo, como de contención de la inflación, disminuyendo incluso la tasa natural de desempleo. Pero muchas de ellas, especialmente las del segundo grupo, suelen ir acompañadas de importantes costes sociales, con incrementos en los índices de desigualdad y pobreza.

La inflación

Causas explicativas

Sabemos que la inflación es un proceso en el que los precios de una economía crecen a lo largo del tiempo de forma continua y generalizada.

Dos explicaciones básicas de una elevación de precios:

  1. Estaríamos ante una inflación de demanda cuando al nivel de precios preexistente cuando los deseos de compra de todos los agentes de la economía (la demanda) son superiores a la capacidad de producción (oferta). También se destaca el componente cíclico de este tipo de inflación, puesto que se supone ligada a los períodos expansivos. Las fases de auge implicarían un crecimiento de la demanda y una mayor presión de la misma sobre los precios. Por el contrario, en las fases recesivas del ciclo económico, la consecuente caída de la demanda implicaría la desaparición de las presiones inflacionistas.

  2. Estaríamos ante una inflación de costes cuando el incremento de los precios viene motivado por un encarecimiento de los procesos productivos. Una elevación de los costes salariales, del coste del capital, de las materias primas, de los productos importados… supone un desplazamiento hacia arriba de la curva de oferta y, por tanto, una elevación de los precios, tanto más extendida cuanto más general sea la utilización del factor o factores afectados por aquella elevación.

También podría existir una relación entre este tipo de inflación y el ciclo económico. En épocas de crisis y desempleo agudo de los factores productivos, no existirán presiones al alza de los costes. Por el contrario, cuanto más cerca estemos del pleno empleo de los recursos, mayor será la escasez.

Cuál sea la causa desencadenante puede ser importante en algunos casos para saber qué tipo de política podría ser más eficaz. Pero no nos explica la razón por la cual ese impacto inicial se mantiene en el tiempo y los precios siguen subiendo incluso si aquél se agotó. La razón social es que la inflación es en realidad un proceso de lucha de rentas. Independientemente de cuál sea la razón por la que los precios sufren una variación al alza, el resultado es que las rentas reales de la mayoría de los sujetos han descendido.

Si todos aquellos que han visto disminuir su poder adquisitivo se conforman con la nueva situación no cabría hablar de inflación. El problema es que todos y cada uno de los sujetos afectados intentan recuperar el nivel de renta real anterior. Ello supone que todos los costes tienden a adaptarse al nuevo nivel de precios, provocando a su vez nuevas alzas que consolidan y alimentan el proceso inflacionario, en lo que se ha llamado la espiral precios-salarios, que sería más justo llamar espiral precios-costes: mayores precios provocan revisiones al alza de los costes que elevan los precios, y así sucesivamente.

Esas revisiones de rentas permiten, al menos inicialmente, un incremento de la demanda. El proceso, por tanto, supone un desplazamiento continuo hacia arriba de las curvas de oferta y de demanda. Las expectativas jugarán un papel muy importante en esa evolución, porque todos los sujetos intentarán adelantarse al propio fenómeno inflacionista.

Hay otra serie de factores que lo agravan. En toda economía son frecuentes las rigideces en determinados sectores, a menudo claves para su crecimiento. Ello implica que cualquier aumento en la demanda provoca elevaciones de precios en el sector financiero, o en los transportes, o en los alimentos, o en los bienes de capital… incluso aunque la economía en su conjunto se encuentre lejos de su nivel de pleno empleo. Estos desequilibrios provocan la inflación estructural.

Naturalmente, no todo aumento de las retribuciones de los factores productivos tiene un carácter inflacionista. Sólo en el caso de que el crecimiento de los salarios o de cualquier otra renta de factores sea superior al aumento experimentado por su productividad, podemos hablar de que aquella elevación provoca un alza en los precios.

Buen número de autores otorga al dinero un papel protagonista, hasta el punto de que se describe frecuentemente la inflación como un fenómeno estrictamente monetario. Es evidente que el dinero, en cuanto medio general de pago, es el instrumento necesario para que la demanda pueda materializarse.

Ello ha llevado a la conclusión de que la tasa de crecimiento de la cantidad de dinero es la condición necesaria para que la inflación pueda darse, sean cuales sean las restantes circunstancias.

Podríamos decir que las transacciones que se realizan en una economía, valoradas a precios de mercado (producción [Y] x nivel de precios [P]), tendrán que ser equivalentes a los medios de pago utilizados para su pago (dinero [M] x velocidad de circulación [v])

  • Y x P = M x v.

Definimos v como la velocidad de circulación de dinero o número de veces que teóricamente se utiliza el dinero y se calcula como el cociente.

Que no es sino otra forma de expresar la identidad anterior.

Si suponemos que la velocidad de circulación del dinero v no varía a largo plazo, cualquier crecimiento de la cantidad de dinero M por encima de la tasa de crecimiento de la producción Y se traducirá, necesariamente, en una elevación de los precios P; y, sólo si se da esa condición, P puede crecer.

Desde esta perspectiva, los factores reales que venimos analizando pueden provocar presiones inflacionistas, quizá con efectos aparentes a corto plazo, pero quedarán esterilizados si la cantidad de dinero no crece para permitir que se materialicen esos deseos de mayor demanda.

Aunque no de forma tan radical, la mayoría de los economistas coinciden hoy en que el control de la liquidez del sistema es una condición importante para conseguir la estabilidad de los precios. Ahora bien, la experiencia muestra que la velocidad de circulación del dinero (v) no es tan estable como pretenden los monetaristas.

Las consecuencias de la inflación

Los efectos derivados de la inflación dependen en buena medida de la intensidad de la misma. No puede ser lo mismo una inflación moderada, cuando el nivel medio de precios crece levemente (1% ó 2% equivale a la estabilidad de precios), que una inflación galopante, con tasas superiores al 100% y que fácilmente degenera en la hiperinflación con tasas superiores al mil o al millón por cien. Los efectos serán tanto más importantes cuando más elevado sea el ritmo de crecimiento de los precios.

Una distinción habitual cuando se comentan los efectos de la inflación es la que se refiere a que esté prevista o no por los agentes económicos. Diríamos que una inflación perfectamente prevista tenderá a estar indiciada, es decir, a que todos los precios se adapten automáticamente al ritmo de la inflación. En tal caso, la economía se limita aparentemente a retocar su unidad de cuenta pero no varía el poder adquisitivo de los sujetos. Al ser la misma la renta real y subir los precios de forma uniforme, las opciones de consumo alcancen niveles de hiperinflación o próximos a ella.

La inflación:

  • Altera todo el sistema de precios relativos.

  • Provoca una desconfianza creciente hacia el dinero y una elevación de la propensión a consumir.

  • Eleva la inseguridad sobre los valores futuros, lo que hace descender el valor esperado de cualquier proyecto. El menor atractivo provocará una reducción de la inversión, especialmente en los proyectos a más largo plazo, afectados por la incertidumbre.

  • Deteriora la competitividad nacional, en la medida en que los precios nacionales estén creciendo a ritmos superiores a los de los países del entorno.

Resulta fácil por tanto que, ya en el corto plazo, la inflación provoque un freno a la actividad económica al crecimiento. Pero el efecto es todavía más claro en el largo plazo: la inflación afecta negativamente al ahorro y a la inversión, incremente la incertidumbre respecto al futuro y deteriora la confianza internacional en la economía nacional, estimula producciones ineficientes y envía informaciones distorsionadas a los agentes económicos. Todos ellos son factores que afectan muy negativamente a las posibilidades de crecimiento.

Cuando existe inflación en una economía, la asignación de los recursos disponibles no será la mejor posible y que esa economía está funcionando a un nivel ineficiente.

Si son importantes las distorsiones asignativas que provoca la inflación, no son menores las consecuencias sobre la distribución de la renta y la riqueza. Hemos definido el proceso inflacionario como una lucha de rentas: genéricamente, puesto que de una lucha se trata, el pronóstico parece sencillo: ganarán los más fuertes y perderán los débiles. Serán fuertes, desde una perspectiva social, aquellos sujetos o colectivos con posibilidad de defender sus intereses con eficacia en las negociaciones políticas o empresariales: así, por ejemplo, los trabajadores serán fuertes si lo son los sindicatos del sector correspondiente que es capaz de imponer revisiones de los salarios nominales por encima incluso de las tasas de inflación: serán débiles si carecen de fuerza o posibilidad de negociación.

Económicamente, un dato fundamental es la relación entre las elasticidades de los oferentes y de los demandantes. Calificaremos a los agentes que intervienen en el mercado como fuertes o como débiles en función de cuál será la relación existente entre las respectivas elasticidades: cuanto más rígida sea la propia curva, de demanda o de oferta, más débil será la posición; y viceversa. Sólo cuando la demanda es rígida, es posible y atractivo trasladar a los precios el impacto perdido por causa de la inflación.

Un segundo factor es la rapidez de respuesta. Cuanto mayor sea el retraso, mayor será la pérdida sufrida. Una perfecta anticipación supondrá que el ajuste se produce con antelación y que, por lo tanto, tendríamos que hablar de ganancias y no de pérdidas.

En general podemos afirmar que de un proceso inflacionario resulta un perjuicio para los acreedores y un beneficio para los deudores. A estos efectos, consideramos acreedor a quien sea titular de un derecho frente a terceros que haya de materializarse en el futuro en dinero o en un activo asimilable. El perjuicio será igual a la diferencia existente entre la previsión de inflación en el momento del compromiso y el cambio de valor real de la contraprestación pactada. Dado que todos los agentes son simultáneamente acreedores y deudores, que todos intentan defenderse de la inflación y anticiparla en la medida de lo posible, que cada cual es probablemente fuerte en unos casos y débil en otras relaciones, que la rapidez de reacción varía según los supuestos… el resultado neto es difícilmente predecible. Suele señalarse que el Estado es un habitual beneficiario de los procesos inflacionistas. Por una parte, porque sus ingresos tienden a crecer en tales períodos; y por otra parte, porque el Estado es deudor en un buen número de gastos (deuda pública, pensiones, salarios de los funcionarios…).

Los efectos redistributivos pueden resultar todavía más notorios si nos referimos a la riqueza. También unos activos se defenderán mejor que otros frente a la pérdida de valor del dinero. Es tan evidente que quien atesora dinero verá descender progresivamente el valor del mismo que tradicionalmente se hablaba de la inflación como un impuesto sobre las tenencias de dinero. Pero no sólo el dinero se ve afectado, sino también todo activo cuyo precio no siga una evolución paralela a la experimentada por el nivel general de precios. Por ello, controlar la inflación se ha convertido en una prioridad indiscutida en toda economía. Y esa tarea corresponde fundamentalmente a los Bancos Centrales.

El desempleo

El término desempleo hace referencia a que existen recursos productivos que no están siendo utilizados por la sociedad. Por tanto, en teoría, debería entenderse que afecta a todos los factores productivos, si bien se aplica casi con exclusividad al factor trabajo.

Se considera que una persona puede calificarse como parado cuando, siendo capaz de trabajar, no tiene empleo, lo busca y no lo encuentra. Por tanto, no consideramos parados a quienes no forman parte de la población activa como los niños o los ancianos, o las personas que estando en posibilidad teórica de trabajar, sin embargo, no desean hacerlo por cualquier causa. Tampoco consideramos desempleados a quienes buscan empleo pero están trabajando, porque desean mejorar o cambiar.

No es fácil la medición del desempleo. Existen dos mecanismos: la más habitual es la realización de una encuesta en la que se pregunta respecto a la situación laboral en los últimos días y los esfuerzos realizados por buscar trabajo. Este tipo de medición tiende a elevar el de desempleados. Otra vía de medición es la utilización de registros administrativos y considerar parados a aquellos que se inscriben como tales en las oficinas públicas de empleo. Esta vía infravalora el número de personas en situación de desempleo. La tasa de desempleo es la proporción de parados en relación con la población activa.

En la medida en que los flujos de desempleo son frecuentes y tienden a serlo cada vez más, es también más probable que un trabajador integre en algún momento de su vida el colectivo de parados, pero existe bastante consenso en que si el período de desempleo es breve, la situación no es realmente problemática.

Como ocurría en el caso de la inflación, estos pasos rápidos por el desempleo antes de encontrar un nuevo empleo, que conocemos como paro friccional, pueden considerarse incluso positivos. Esta flexibilidad de los mercados laborales permite que la economía se vaya adaptando, reduciendo la dedicación de los factores en empresas y sectores en declive e incorporándolos a las empresas y sectores en auge. Recordemos que existe una tasa natural de desempleo en cada economía que incorpora ese paro friccional de forma que no se genere tensiones inflacionistas.

Pero el número de desempleados no depende sólo de la frecuencia con la que los trabajadores pierden su empleo o el ritmo al que nuevos colectivos integran las cifras de la población activa, sino también de la duración del desempleo. La realidad parece mostrar que la mayoría de quienes pierden su empleo encuentra rápidamente uno nuevo, pero muchas de las personas que estaban paradas al comenzar el mes, no volverá a trabajar nunca. Personas de edad madura, trabajadores escasamente cualificados o con problemas de integración, muchas veces las mujeres… son colectivos sobre los que el paro de larga duración incide con más frecuencia.

El coste fundamental del desempleo es que existen recursos disponibles que la sociedad no está utilizando. La economía crece, si es que lo hace, a ritmos inferiores a los potenciales. Esa menor producción genera efectos negativos en cadena. Además de negativo desde la perspectiva de la eficiencia y el crecimiento, el desempleo implica un efecto redistributivo regresivo.

Pero los costes más importantes del desempleo, fundamentalmente el de larga duración, se inserten en otra dimensión diferente. En la medida en que el trabajo es el camino habitual de inserción social, de obtención de ingresos y de empleo del tiempo en el período activo de la vida, el desempleo puede dañar gravemente valores muy diversos como la cohesión social, la integración de los jóvenes en la sociedad, la autoestima personal del parado e incluso su salud física, las relaciones familiares, la seguridad ciudadana o la estabilidad democrática. Son todos ellos aspectos que pueden parecer ajenos a los razonamientos económicos tradicionales pero que explican más que los primeros el que la lucha contra el desempleo sea un objetivo inexcusable de las políticas económicas.

El seguro de desempleo, existe en la casi totalidad de los países desarrollados, implica que los trabajadores paguen una pequeña porción de su sueldo o salario, asegurando así el cobro de un subsidio en el caso de que pierdan involuntariamente su puesto de trabajo, temporal o indefinidamente. Este subsidio atenúa algunos de los efectos antedichos y supone un estabilizador automático del ciclo económico: cuando la economía ralentiza su crecimiento y se eleva el desempleo.

A veces se encuadra el subsidio de desempleo entre la “políticas pasivas”, frente a las denominadas políticas activas que serían aquellas que buscan estimular la creación de empleo.

El paro aumenta en los períodos recesivos y disminuye en épocas de auge. Para impedir que aumente la tasa de desempleo es necesario que el PIB real crezca por encima de un determinado porcentaje: dado que la población activa está creciendo normalmente y que también crece la productividad de los trabajadores, un nivel de producción estabilizado generaría un paro creciente porque no observaría los nuevos activos e incluso prescindiría de una parte creciente de los empleados. Tendríamos así un paro cíclico ligado a las depresiones económicas, pero corregido teóricamente cuando reaparece la fase de auge correspondiente.

Ahora podemos hablar del paro provocado:

  • Por factores de demanda, cuando no hay deseos o poder de compra suficiente para adquirir la producción potencial de la economía.

  • Por factores de oferta del mercado de trabajo. La explicación del desempleo se encontraría en la resistencia a la baja de los salarios reales cuando éstos son demasiado elevados como para que puedan ser absorbidos por la demanda del factor trabajo. Algunos economistas hablan del paro voluntario: si los parados aceptaran salarios más bajos, no habría desempleo.

Desde la perspectiva del pensamiento marxista, el paro obrero no sería sino una consecuencia, incluso una exigencia, del propio modo de producción capitalista. Para mantener su tasa de ganancia, los capitalistas sustituyen el pacto fuerza de trabajo por el factor capital. Ese proceso provoca un incremento del número de parados, del llamado ejército industrial de reserva. Los desempleados estarán dispuestos a aceptar menores salarios con tal de encontrar trabajo, posibilitándose así una disminución general de los mismos y un factor adicional para la recuperación de los beneficios. Desde un enfoque liberal, el acento se pone precisamente en el lado opuesto. El desempleo tiene a crecer porque el excesivo proteccionismo de los trabajadores no permite que el mercado actúe libremente y eficazmente.

Fenómeno en el mercado laboral de gran importancia: la denomina dualización del mercado. La dualización hace referencia al hecho de que junto a unos trabajadores con empleos estables y razonablemente retribuidos, existe un colectivo importante de asalariados sujetos a una precarización creciente, que entran y salen de la situación de empleado con gran frecuencia y con retribuciones medias inferiores a las del primer colectivo.

Otra explicación de situaciones de desempleo es la teoría sobre la búsqueda de empleo. En la medida en que no todos los puestos de trabajo son iguales, es lógico que un parado tome unas mínimas precauciones ante de aceptar la primera oferta que se le presente. Es evidente que cuanto mayor sean esas precauciones, mayor será el tiempo que se prolongue su situación y, por tanto, la cifra global de desempleo. Esto dependerá de las alternativas de ingresos que tenga el desempleado (subsidio, riqueza, familia…) y de la cantidad y calidad de los posibles puestos de trabajo accesibles. El desempleado, en función de esas dos circunstancias, se fijará un cierto salario de reserva, un salario por debajo del cual no le interesará aceptar un empleo, a la espera de ofertas mejores.

Las dificultades para relacionar correctamente vacantes y desempleados resaltan otros factores que también revelan la falta de flexibilidad de los mercados de trabajo. Porque un componente importante del paro estructural de una economía proviene de la dificultad que tienen los sectores en alza para absorber los excedentes que se van produciendo en los sectores en baja. La baja movilidad funcional y geográfica, juega como obstáculo importante para conseguir una mejor adecuación de ofertas y demandas de trabajo.

En determinados casos son las rigideces de los procesos productivos las que provocan situaciones de paro estacional, como producen frecuentemente en el sector agrario o en el turístico.

Por tanto, las políticas para reducir el desempleo no deberán limitarse al componente cíclico, sino que deberán apreciar igualmente la existencia de factores estructurales. En la medida en que éstos puedan corregirse, podrá reducirse la tasa natural de paro de la economía. Con ello, no sólo las cifras de desempleo serán establemente menores, sino que también podrán aprovecharse mejor los períodos de recuperación económica. Cuanto más eficiente funcione el mercado de trabajo y más facilidades existan para la creación de empresas y para el autoempleo, menor será el ritmo de crecimiento del PIB necesario para generar empleo.

¿Inflación o desempleo?

En el análisis de Oferta y Demanda Agregadas parece evidente que si nos acercamos a los niveles de pleno empleo nos encontramos con tensiones inflacionistas, y que la estabilidad de precios parece exigir una cierta atonía (falta, vigor, fuerza…) de la demanda que implica probables cifras de desempleo elevadas. ¿Es preciso, entonces, elegir entre pleno empleo o estabilidad de precios? ¿Estamos ante dos objetivos incompatibles entre sí?

Una manifestación de tal contradicción entre los objetivos macroeconómicos se expresó a través de la denominada curva de Phillips. Este autor en su trabajo ponía de manifiesto la relación estadística entre inflación de salarios y desempleo en el Reino Unido entre 1861-1957. A lo largo del tiempo podía observarse una relación inversa entre inflación de salarios y desempleo (Gráfico 10.7).

Cerca del pleno empleo los precios tienden a subir, tanto porque la oferta es casi vertical, como por el hecho de que las demandas retributivas de los factores productivos son más fuertes al no existir riesgo de desempleo. Por el contrario, en época de crisis, no existe escasez por el lado de la oferta y el temor al paro permite una mayor estabilidad de los precios.

No obstante, el panorama empezó a cambiar cuando en la gran mayoría de los países comenzaron a darse simultáneamente problemas de elevada inflación y altas tasas de desempleo. El fenómeno conocido como estanflación, podría explicarse como un desplazamiento hacia arriba y hacia la derecha de la curva de Phillips, para poner de manifiesto que las tensiones entre paro e inflación se producirían en niveles más elevados de ambas variables.

En todo caso, ya hemos visto que las políticas expansivas de demanda que intentan combatir el desempleo generan presiones alcistas sobre los precios cuando nos movemos en tramos de la curva de oferta con pendiente creciente. La ventaja teórica de las políticas de oferta es que permiten combatir simultáneamente la inflación y el desempleo.

El problema de la deflación (bajan los precios, fenómeno inverso a la inflación): un declive generalizado y continuado de los precios.

Teóricamente, los incrementos en la productividad permitirían una reducción de precios y ello sería beneficioso. En este caso, la oferta agregada se está desplazando hacia abajo y hacia la derecha, permitiendo ese proceso. La experiencia muestra que esos procesos se dan con carácter sectorial, pero rara vez de forma simultánea en el conjunto de la economía. Al compensarse unos procesos al alza y otros a la baja, el resultado general puede resultar equilibrado.

Más frecuente y peligrosa la deflación que procede de reducciones de la demanda agregada. En el deseo de controlar la inflación, con medidas monetarias restrictivas o/y reducciones del gasto público, puede caerse en un exceso que frene fuertemente la demanda, quizás deprimida autónomamente por un empobrecimiento generalizado (tras una burbuja financiera especulativa, por ejemplo) o/y una caída del comercio internacional. Si la demanda cae, puede generarse un proceso deflacionista recesivo.

La caída de los precios tiene un efecto negativo acumulativo sobre la demanda y sobre la oferta. La espiral deflacionista agrava más y más los problemas. Las expectativas de bajadas de precios aconsejan retrasar el consumo, la menor demanda incrementa las existencias y ennegrece las expectativas de las empresas que reducen la producción y el empleo. Ante la amenaza del desempleo se incrementa el ahorro agravando la crisis de la demanda, los precios siguen cayendo y son muchos los productores que no logran cubrir sus costes, generándose cierres en cadena que alimentan la espiral.

El fenómeno de la deflación parecía una reliquia histórica, pero ha vuelto a pensarse en él tras la experiencia japonesa de fin del s. XX y algunos datos preocupantes de las economías desarrolladas en los primeros años del s. XXI. Ante esta situación, la política monetaria tiene escasa virtualidad, especialmente si los tipos de interés son bajos, porque las malas expectativas provocan la trampa de la liquidez.