El proceso de integración europea

Antecedentes

Admitida la existencia de otros modelos históricos de organización de la sociedad europea, los orígenes del europeísmo pueden situarse en la Edad Moderna (Truyol y Serra, A., La integración europea, Madrid, 1999). Con la desintegración de la Cristiandad medieval surgen en Europa, a finales del Siglo XV y principios del Siglo XVI, los primeros Estados nacionales y, con ellos, la denominada sociedad inter­nacional tradicional. Es ya en el contexto de una sociedad internacional constituida por Estados soberanos e independientes, donde adquieren pleno sentido como antecedentes del posterior proceso de integración europea los conocidos proyectos europeístas del abate Saint-Pierre (1658-1743), Kant (1724-1804) o Saint-Simon (1760-1825). Estas aspiraciones se encuentran igualmente en la obra de otros pensadores y escritores, como Comte (1798-1857), Victor Hugo (1802-1885) o Lemmonier, fundador del periódico "Los Estados Unidos de Europa" en 1867.

Todos estos proyectos expresaban la idea de que los Estados de Europa compartían una comunidad de culturas, un pensamiento político homogéneo y unas mismas raíces jurídicas. Sin embargo, la historia moderna de nuestro continente estuvo caracterizada por los enfrentamientos entre las potencias euro­peas. Fueron  los fracasos en las tentativas de redefinir Europa por la fuerza y, muy especialmente, las experiencias de las dos guerras mundiales, los que condujeron definitivamente a la idea de una Europa integrada pero fundada en la expresión de la libre voluntad de sus Estados y sus pueblos.

Tras la I Guerra Mundial se produce un nuevo resurgir de los movimientos pacifistas y europeístas. Se crean así numerosas asociacio­nes de difusión de la idea federalista y reaparecen proyectos de gran repercusión como el de Richard Coundenhove-Kalergi, defendido en su manifiesto Paneuropa de 1923. Una mayor influencia tuvo aun el proyecto presentado ante la Sociedad de Naciones por el Ministro de Asuntos Exteriores francés A. Briand en 1929, quien propugnaba la creación de una federación denominada ya Unión Europea. Aunque el proyecto recibió el apoyo de algunos gobiernos, como el español, fracasó por la oposición de Estados como el Reino Unido, volcado en su política colonial, y la desconfianza de otros países como la Unión Soviética.

La depresión económica de los años 30 y el triunfo de los fascismos propiciaron el estallido de la II Guerra Mundial. Con ello, la vieja utopía de la unificación europea prenderá aun más en los pensadores y políticos de la época y en la propia sociedad civil, organizada nuevamen­te en asociaciones europeístas de carácter privado. No obstante, la emergencia de dos nuevas potencias no europeas y la posterior división del mundo en dos bloques antagónicos —la denominada fractura Este/Oeste o fractura ideológica de la sociedad internacional anterior al fin de la guerra fría— determinan el alcance de los posteriores procesos de organización europea. La organización e integración europea se realizará de forma parcial en la Europa occidental hasta el término de la guerra fría, mientras que la Europa Oriental se organizará durante ese período en torno al Consejo de Ayuda Económica Mutua (1949) y el Pacto de Varsovia (1955).

Los primeros logros en la organización de la sociedad europea occi­dental se desarrollaron inicialmente en el marco de organizaciones inter­nacionales regionales de cooperación. En una Europa que seguía vivien­do bajo la amenaza del resurgimiento del militarismo alemán y la invasión soviética, se crearon dos organizaciones regionales para la cooperación militar. Francia y Reino Unido impulsaron la creación en 1948, mediante el Tratado de Bruselas, de una alianza o pacto de legítima defensa colectiva que a partir de 1954 se denominará Unión Europea Occidental (UEO). Más tarde, en 1949 se crea la OTAN, en la que participan inicialmente diez Estados europeos del Oeste junto con Estados Unidos y Canadá. Esta nueva alianza militar expresaba la idea de que, para los propios Estados europeos, la UEO era un mecanismo insuficiente ante la magnitud que siguió tomando la política soviética con la invasión de Checoslovaquia y otros acontecimientos relevantes de la época.

En el ámbito de la cooperación económica se creó la Organización Europea de Cooperación Económica (OECE), en 1948, para gestionar en común la ayuda americana recibida en el marco del Plan Marshall. La economía europea, que había quedado arruinada por la guerra, era una economía de autarquía. Mientras tanto, la potente industria norteame­ricana quedó potenciada por el conflicto armado y se reconvirtió rápida­mente hacia la industria civil. La economía norteamericana necesitaba nuevos mercados exteriores en Europa y, como ésta no estaba en condiciones de producir ni de comprar, la alternativa fue la propuesta norteamericana de crear un plan de ayuda para la reconstrucción de los países europeos. En 1960 se produce la transformación de esta organización en la nueva Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), que reúne, más allá de los Estados Europeos, a los países industrializados con economía de mercado.

Tras todo lo dicho, el acontecimiento más decisivo en el devenir histórico del proceso de integración europea fue la celebración del Congreso Europeo, en La Haya, en 1948. Fue convocado por el Comité de Coordinación de los Movimientos para la Unidad Europea y partici­paron en él numerosas organizaciones federalistas que, posteriormente, se integraron en el Movimiento Europeo. Este Congreso estuvo marcado por las diferencias entre los partida­rios de la cooperación intergubernamental en el marco de organizaciones interna­cionales de cooperación, y los partidarios de una  integración de carácter federal a través de organizaciones internacionales de integra­ción, que conllevan la transferencia del ejercicio de competencias sobe­ranas a dichas organizaciones. En este último sentido, en el Congreso de La Haya se propugnaba ya la transferencia de competencias soberanas para la construcción de una unión política y económica entre los Estados europeos, mediante la desaparición completa de los aranceles y las restricciones al comercio y la creación de una unión aduanera, la libre circulación de capitales y la unificación mone­taria.

Las dos corrientes de pensamiento expresadas en el seno del Consejo de La Haya propiciaron la creación de diferentes organizaciones europeas. Por un lado, en virtud del Estatuto de Londres de 1949, se creó el Consejo de Europa como organización de cooperación con fines políticos generales, excluida la cooperación en materia de defensa. En materia política se imponía pues, tal y como propugnaban los británicos, el modelo de cooperación intergubernamental en el marco de organizaciones internacionales clásicas. Por su parte, las corrientes federalistas, insatisfechas con este resultado, promovieron la integra­ción económica y una primera transferencia parcial de soberanía a partir de la propuesta francesa de creación de la CECA, la primera comunidad europea. Nos situamos así en el inicio del proceso de integración europea propiamente dicho.

El proceso de construcción de la UE: profundización y ampliación

España se integró en las Comunidades Europeas el 01/01/1968, rompiendo con el aislacionismo internacional durante buena parte del s.XX. Dicho aislacionismo posterior a 1939 tiene su causa en el rechazo por la CI del régimen político instaurado por el general Franco.

La primera solicitud de ingreso de España en las Comunidades Europeas no sería atendida por razones fundamentalmente políticas, ya que ésta agrupaba a democracias y el régimen español no lo era. No obstante en 1970 la diplomacia franquista consiguió un acuerdo preferencial con las Comunidades Europeas.

Con el gobierno presidido por Adolfo Suárez, se legalizan los partidos políticos, se convocan las primeras elecciones generales y se promulgará la CE de 1978, lo cual permite, dado la senda democrática realizada, la plena integración en la Comunidad Internacional.

Cuando España se adhiere a las Comunidades Europeas, éstas tenían una larga historia de más de tres décadas (el Tratado de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero se firmó en 1951). Pero el retraso de la incorporación nos lleva a la errónea conclusión de que nos incorporábamos a un proyecto acabado y cerrado. Al contrario, el proyecto de construcción de Europa es un proyecto abierto e inacabado.

Winston Churchill, primer ministro del Reino Unido en 1946, pronunció un discurso, que es considerado como la señal de salida en la creación de las Comunidades. También es considerable el Congreso por Europa de 1948, donde se propuso crear una Unión Europea.

Pero será Robert Schuman, Ministro de AAEE de Francia, que propuso en 1950, en su Declaración Schuman, la creación de la que sería posteriormente la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). Su objetivo era poner fin a un problema entre Francia y Alemania y quedando dicha organización abierta a la incorporación de otros Estados. En efecto, en 1951 se firma el Tratado de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (TCECA) por seis Estados: Alemania, Francia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo e Italia.

Sin embargo, el proyecto de construcción europea debe mucho a los EEUU, y su plan Marshall y Tratado del Atlántico Norte.

En 1958 hasta el Acta Única Europea de 1986, transcurrirán cerca de tres décadas de construcción laboriosa de las Comunidades. En lo que se refiere a las adhesiones de nuevos Estados, la primera dio entrada al Reino Unido, Irlanda y Dinamarca en 1973. En segundo lugar, se incorporó Grecia en 1981 y en 1986 España y Portugal. En 1995 se incorporaron Suecia, Finlandia y Austria y en 2004, otros diez nuevos Estados. Finalmente en 2007, con la incorporación de Bulgaria y Rumania, se formó la Europa de los 27. Pero este proceso de incorporaciones no se ha detenido y sigue abierto.

Dentro de las crisis más importantes de la Comunidad destaca la denominada crisis de la silla vacía, (1965) donde puso fin el compromiso de Luxemburgo.

En 1985 se aprobó el Acta Única Europea y en 1992 Europa renacerá con el Tratado de la Unión Europea, (Tratado de Maastricht), con la clara intención de incrementar el protagonismo de la Unión en política exterior; con la creación de la ciudadanía europea, con la decisión de crear una Unión Económica y Monetaria, etc.

El Tratado de la Unión Europea, que concretará todas estas aspiraciones, dará el primer paso para la integración de las Comunidades creando la Unión Europea, organización política superior a las Comunidades. El Tratado de Ámsterdam posterior al anterior, ha dado unos pasos significativos en la construcción europea, dando un mayor relieve al Parlamento Europeo. Y finalmente el Tratado de Niza, sirvió al objetivo fundamental de posibilitar la última de las ampliaciones de la Unión.

El Tratado de Lisboa

En la Declaración sobre el futuro de la Unión, aneja al Acta Final del Tratado de Niza, se solicitaba un debate más amplio y profundo sobre el desarrollo futuro de la UE. En 2001, con la Declaración de Laeken, se debían abordar las siguientes cuestiones:
  • La forma de establecer y supervisar una delimitación más precisa de competencias entre la UE y los Estados miembros, que respete el principio de subsidiariedad.

  • El Estatuto de la Carta de Derechos Fundamentales de la UE, proclamada en Niza, conforme a las conclusiones del Consejo Europeo de Colonia.

  • La simplificación de los Tratados con el fin de clarificarlos y facilitar su comprensión.

  • La función de los Parlamentos nacionales en la arquitectura europea.

En dicha Declaración se acordó que se constituiría una Convención con el fin de preparar el proyecto de reforma de los Tratados. Esta Convención iniciaba una nueva etapa en el proceso de integración europea, al constituir un nuevo método de reforma de los Tratados.

Pues bien, esta Convención concluyó sus trabajos adoptando por consenso un “Proyecto de Tratado por el que se instituye una Constitución para Europa”. Así en 2004, los Jefes de Estado y de Gobierno de los 25 Estados miembros aprobaron el Proyecto de Tratado constitucional, llamado a ser la “ley de leyes”. Finalmente, el 29 de octubre, se firmó el proyecto de Constitución Europea en el Palacio del Capitolio de Roma.

Dicho proyecto, tenía que ser ratificado en el plazo de dos años por los Parlamentos nacionales de los Estados miembros, pero el resultado negativo de los referendos celebrados en Francia y Holanda en 2005, provocó la paralización de las diferentes ratificaciones.

Pero, dicho lo anterior, la UE no ha detenido el proceso de ampliación, dado que la adhesión de Rumania y Bulgaria se hizo efectiva en 2007. Finalmente, en 2007 se convocó una Conferencia intergubernamental con el fin de reformar el Tratado de la UE y el Tratado de la Comunidad Europea, dando lugar al Tratado de Lisboa, donde desaparecen la forma y los símbolos de la Constitución, manteniéndose el esquema tradicional de los Tratados y aunque se incorpora el 90% del contenido de la antigua Constitución, es prácticamente ilegible para los ciudadanos. En definitiva, el Tratado de Lisboa supone una vuelta a la forma tradicional de reformar los Tratados “a puerta cerrada” y la construcción de una Europa “a la medida de los gobiernos” ya que se ha hecho “desde los gobiernos y para los gobiernos”. Se trataba de conseguir una ratificación sin sobresaltos pero ello no fue posible por el no irlandés.

En definitiva, la construcción europea no ha culminado todavía, pero seguirá adelante por encima de las diferentes formas de entender Europa.