La competencia imperfecta: empresas precio-determinantes

La maximización de beneficios por la empresa precio-determinante

Las empresas precio-determinantes tienen un margen de actuación para subir o bajar los precios y ello se traduce en una reducción o en un alza de su cifra de ventas. El modelo más claro en este sentido es el monopolio. Para el monopolista, el ingreso marginal ya no será igual al precio. El ingreso marginal nos indica cuanto varía el ingreso total cuando las ventas aumentan en una unidad. Intuitivamente diríamos que si vendemos una unidad adicional de producto a un precio P, el ingreso total aumentará en esa cifra de P. Así ocurría en la competencia perfecta, donde todas las unidades se venden al mismo precio que es el que determina el mercado por el libre juego de la oferta y la demanda.

Pero en el caso de las empresas precio-determinantes no podemos olvidar que para vender esa unidad adicional hemos tenido que bajar el precio que antes aplicábamos. Por lo tanto, en el período de tiempo posterior al descenso del precio, el ingreso total aumentará en una cuantía igual al precio de las nuevas ventas… pero simultáneamente disminuirá en el “descuento” que aplicamos respecto a las ventas que hacíamos al precio antiguo.

Para una empresa precio-determinante el ingreso marginal es inferior al precio y al ingreso medio.

La Tabla 6.2 equivale a la descripción de una curva de demanda que relaciona precios y cantidades.

Para cada caso el ingreso total resulta de multiplicar las cantidades vendidas por el precio que se ha aplicado.

Dado que vender más exige bajar el precio, si reducimos éste de 60 a 50 euros las ventas pasan de 500 a 600 unidades. Nuestro ingreso total aumenta en lo que vendemos de más (unidades nuevas por el ingreso medio, 100 unidades por 50 euros), pero disminuye en lo que ingresamos de menos por la cantidad que antes vendíamos (10 euros por 500 unidades). En ese caso, una cantidad se compensa con la otra y el ingreso total no varía. El ingreso marginal es igual a cero, obviamente inferior al medio (50 euros).

Siempre tendremos que descontar del ingreso medio (aumento) la pérdida de ingreso por vender ahora más baratas las unidades que antes vendíamos a un precio superior. Por esa razón el ingreso marginal (lo que aumenta nuestro ingreso por lo que vendemos de más) es inferior al medio (el precio de esas nuevas unidades).

Para una empresa precio-determinante el ingreso total se hace máximo cuando la elasticidad de la demanda se iguala a la unidad, punto en el cual el ingreso marginal es igual a cero.

  • Ingreso total es máximo -> la elasticidad - demanda = 1; y, IMg = 0

También sabemos que ese punto de máximo ingreso no significa el máximo beneficio. Será necesario estudiar en cada caso cual es la estructura de costes para poder comparar las dos magnitudes, ingresos y costes, de las que resultan pérdidas o ganancias.

Costes e ingresos

El vendedor monopolista puede determinar la cantidad que quiere vender o el precio que considera conveniente, pero nunca libremente las dos variables, puesto que será la demanda la que determine la relación entre ambas.

El monopolista calculará el nivel de producción que hace máximos sus beneficios y ese será su nivel óptimo de producción ¿Cómo conseguir vender esa cantidad, que es la que permite el máximo beneficio, y no otra? Aplicando el precio para el cual los demandantes deseen comprar precisamente esa producción.

¿Implica el monopolio siempre beneficios extraordinarios? Evidentemente no. Si los costes fueran superiores a los ingresos para cualquier nivel de producción o, dicho de otra forma, el producto no tiene demanda suficiente como para cubrir los costes de producción, el monopolio tendría pérdidas o no produciría nada en absoluto.

Sólo interesará producir si los ingresos que obtiene el monopolista le permiten cubrir, a corto plazo los costes variables y; a largo plazo los costes totales, incluidos los costes de oportunidad.

Para el monopolista son aplicables los mismos criterios que describíamos para la empresa perfectamente competitiva. Como en la competencia perfecta, puede vaticinarse que un aumento de la demanda le seguirá un incremento de los precios y de las cantidades de equilibrio.

También puede esperarse que el precio será tanto menor (y las cantidades de equilibrio tanto mayores) cuanto mayor sea la elasticidad de la demanda. Porque ello refleja un peligro mayor de que nuestros clientes opten por otros productos sustitutivos si nuestro precio es excesivamente elevado. De hecho, el monopolista intentará separar sus mercados cuando le sea posible, para subir el precio a aquellos demandantes con demanda más rígida. Esa política recibe el nombre de discriminación de precios.

La discriminación de precios consiste en aplicar precios diferentes a los mismos productos en función de alguna característica de los consumidores.

Las posibilidades de discriminación son variadas. La diferenciación puede hacerse:

  • Entre consumidores o grupos de consumidores, aplicando un precio a unos y otro (u otros) a los restantes;

  • En función del consumo realidad, con precios inferiores según aumenta el consumo y disminuye por tanto la disponibilidad de los demandantes a pagar precios altos.

  • O, incluso, la combinación de las dos posibilidades anteriores.

La discriminación más frecuente consiste en aplicar precios diferentes a mercados distintos. Para tener éxito esta discriminación son necesarios algunos requisitos:

  • Que sean mercados perfectamente separables.

  • Que sea imposible, extremadamente difícil o muy costoso el almacenamiento o la reventa del producto, puesto que, en caso contrario, los clientes de precio más bajo podrían vender a los del mercado con precio más alto con provecho para ellos y perjuicio para el oferente discriminador.

  • Que las demandas en los mercados separados presenten elasticidades diferentes.

El beneficio se deriva de la posibilidad de aplicar precios superiores en el mercado con demanda más rígida.

Cuando tiene posibilidad de diferenciar mercados, el monopolista aplicará un precio superior en aquellos con demanda más rígida.

Los ejemplos son numerosos. El más general es intentar separar los clientes institucionales (empresas o asimiladas) de los consumidores particulares. Normalmente los precios aplicados a los primeros son más reducidos por diversas razones: al tener mayor capacidad de información y conocimiento de ofertas alternativas el riesgo de perder a tal tipo de clientes es mayor (suministros en general); si el precio es excesivo la empresa demandante puede encontrar atractivo organizarse ella misma el suministro; el mayor consumo que suponen hace rentable aplicar la discriminación, etc.

Pero también hay ejemplos en dirección opuesta. Así las compañías aéreas saben que la demanda de las familias es mucho más elástica que la de las empresas: mientras en las familias el comportamiento del demandante se justifica por motivos de placer y con muy diversas alternativas, en las empresas son escasas las posibles vías sustitutivas de conseguir desplazamientos necesarios en poco tiempo. Las tarifas de fin de semana, reservadas con antelación (planificación de vacaciones difícil de conseguir en la actividad empresarial), son notoriamente más bajas que las normales, reservadas de hecho casi en exclusiva para los viajes de negocios.

El poder monopolístico y las barreras de entrada

El coste social del monopolio

En la competencia perfecta a largo plazo los beneficios extraordinarios se reducen a cero y se produce al mínimo coste tecnológicamente posible. También vimos que la mayor eficiencia de algunas empresas podía suponerles unos beneficios extraordinarios y como a largo plazo las empresas marginales se verían obligadas a abandonar el mercado y sólo podrían sobrevivir aquellas que supieran adaptarse a la forma de producción más eficiente.

Por el contrario, toda empresa con poder monopolístico (precio-determinante) fija un precio superior al óptimo y, consecuentemente, reduce la cantidad de equilibrio.

Para buen número de consumidores la idea negativa respecto a los monopolios aparece ligada a los beneficios extraordinarios que se les supone y que reflejarían una “explotación” de los consumidores que se ven obligados a pagar precios más elevados al mismo tiempo que disfrutan de menores cantidades.

El monopolio supone un coste social al restringir la producción y elevar los precios respecto a la competencia perfecta, independientemente de que obtenga o no beneficios extraordinarios.

¿Puede suponer el monopolio un coste de producción ineficiente y, por tanto, precios también mayores por esa causa? La ausencia de competencia supone un menor incentivo al control de los costes de producción y una posible tendencia a que los mismos sean más elevados, lo que implicaría una pérdida adicional de bienestar. Suele observarse que los monopolios garantizan frecuentemente una menor calidad y variedad en los bienes y servicios ofrecidos ante la inexistencia de alternativas para los consumidores que, de esta forma, encontrarían un motivo adicional de pérdidas de bienestar.

Sin embargo, estas críticas serían sólo ciertas en el caso del monopolio puro y sin bienes o servicios sustitutivos satisfactorios. En los restantes casos de competencia imperfecta el poder monopolístico coexiste con la presencia de empresas competidoras que intentan buscar las formas de producir más eficientes y con la calidad suficiente para no perder clientela.

Por otra parte, los monopolios y los oligopolios son agentes económicos que más recursos dedican a I+D+i con lo que se fomenta la innovación y el desarrollo tecnológico. Desde esta perspectiva, a largo plazo la estructura monopolística (u oligopolística) conllevaría costes inferiores que podrían compensar los precios iniciales superiores.

Por otra parte, algunos autores señalan el hecho de que la teoría de la competencia perfecta y sus criterios de asignación óptima sólo son válidos si aquélla se da en todos los sectores simultáneamente. Si en unos sectores hay competencia perfecta, y el precio es igual al coste marginal, mientras en otros hay una situación de poder monopolístico, y el precio es superior al coste marginal, la consecuencia es que en los primeros se produce un exceso de producción respecto al que sería el óptimo. Al ser los precios del primer grupo más barato en términos relativos que los que rigen en el segundo grupo de sectores, la mayor cantidad demandada en aquellos atrae recursos excesivos a su producción.

Si existe competencia imperfecta, la mejor asignación de recursos se conseguiría teóricamente cuando la imperfección sea parecida en todos los mercados, para evitar que se produzca un exceso relativos de producción en los sectores competitivos respectos a los que no lo son.

El poder monopolístico

Los efectos anteriores serán tanto mayor cuanto mayor sea el poder monopolístico de la empresa.

Pero no es siempre fácil precisar si existe ese poder y en qué medida.

En la medida en que la idea del monopolio parece asociada a la existencia de beneficios extraordinarios, una tasa muy elevada de los mismos podría ser un índice adecuado. Sin embargo, ni siempre un monopolio obtiene beneficios superiores a los normales, ni puede excluirse que empresas en competencia perfecta puedan obtenerlos a corto plazo.

En el mercado de competencia perfecta las empresas se enfrentan a una demanda completamente horizontal, por lo que una subida del precio supondría la pérdida de todos sus clientes. La elasticidad de la demanda de su producto tiende a ser infinita y ello denota que carecen totalmente de poder de mercado.

Sin embargo, en la competencia imperfecta la demanda tiene una cierta pendiente negativa: cuanto menos elástica, más capacidad tiene la empresa para elevar el precio sin pérdida de ingreso.

El poder monopolístico de una empresa será tanto mayor cuanto más inelástica sea la demanda de sus productos.

Las causas explicativas de la menor elasticidad de una curva de demanda nos servirían para explicar por qué existe el poder monopolístico. Causas que podemos resumir en una: la reducida presencia de bienes sustitutivos:

  • Porque existen barreras de entrada y, por lo tanto, un reducido número de empresas en el mercado correspondiente.

  • O/y porque existe diferenciación del producto ofrecido por los distintos competidores, lo que conlleva que los bienes o servicios sean sustitutivos imperfectos.

Dado que el bajo número de competidores conlleva un poder monopolístico y que medir la elasticidad de la demanda de cada empresa es bastante problemático, en la práctica el poder monopolístico tiende a medirse a través del análisis del grado de concentración de la oferta de cada sector en pocas empresas. Así, puede fijarse un porcentaje del mercado como barrera a partir de la cual se considera que una empresa tiene un excesivo poder monopolístico. O analizarse cuántas empresas controlan la mayor parte de un mercado o sector. O comprobar qué parte del mismo absorben las tres o cuatro mayores empresas. Todo ello como formas de aproximación cuál es el poder monopolístico en la realidad de una empresa o mercados concretos.

Las barreras de entrada

Las barreras de entrada son los obstáculos que impiden o dificultan el acceso a un mercado de nuevos competidores. Podemos agruparlas en tres grandes grupos:

Barreras naturales

Las propias características de la producción del bien o las posibilidades físicas restringidas de acceso al mismo implican a veces una tendencia difícilmente evitable hacia el monopolio o la concentración de la oferta en pocas manos. El control de las fuentes naturales es el primer y más claro ejemplo. Sólo en algunas zonas del planeta se encuentran reservas de petróleo, oro o diamantes. Los que tienen acceso a estas producciones son muy pocos y la estructura correspondiente del mercado tiende a ser oligopolista. Este fenómeno se produce también al talento y creatividad. Una empresa editorial que consigue la exclusiva respecto a la producción de un escritor o un músico afamado tiene una posición monopolista respecto a otros. Evidentemente existe la competencia con otros creadores, lo que implica una cierta limitación para este monopolista, que no podrá disparar el precio como quisiera.

La localización puede generar situaciones muy parecidas: sólo en Panamá existe un paso marítimo entre el Atlántico y el Pacífico; una farmacia situada a la salida de un centro de salud tiene una posición de privilegio respecto a otra ubicada en otro lugar.

Así, se puede señalar que existe un monopolio natural si, para los niveles de demanda existentes en el mercado correspondiente, la tecnología de producción o de distribución de un bien o servicio implica costes decrecientes según aumenta la producción. La competencia no es viable y la entrada de nuevas empresas no implica una mejora de la eficiencia. La escasa dimensión del mercado o de fuertes economías de escala imposibilita que un elevado número de empresas alcance el punto de mínimo coste de la curva de costes a largo plazo.

Dado que las economías de escala aparecen en un buen número de producciones modernas (aviones, automóviles, electrodomésticos…) la tendencia en tales mercados es a que la producción, incluso a nivel mundial, se concentre en pocas empresas porque las pequeñas se enfrentarían a costes muy elevados.

El tamaño de un mercado depende en buena medida de la facilidad de transporte: el abaratamiento del mismo (y la eliminación de buena parte de las barreras geográficas) permiten el crecimiento de fenómenos como la “televenta” y la aproximación al mercado mundial que hacen disminuir la probabilidad de los monopolios naturales.

Barreras legales

Frecuentemente la razón de que exista un monopolio proviene de una expresa decisión estatal. El primer caso estaría ligado al sistema de patentes por el cual el Estado reconoce un derecho de explotación monopolística para producir o distribuir un descubrimiento o innovación. La empresa que registra un determinado producto, que es resultado de sus propias investigaciones, dispondrá de un tiempo en el que podrá explotarlo con carácter exclusivo; el autor de una melodía o de un texto tendrá también derechos monopolísticos sobre su comercialización, antes de que pase a ser libre uso. Con estos privilegios se trata de estimular la investigación, la innovación tecnológica y la capacidad creativa ante el incentivo a obtener beneficios extraordinarios si los resultados son realmente atractivos para el público.

En otros casos es el propio Estado el que crea situaciones de monopolio al reservarse el derecho a la explotación o distribución de un determinado bien o servicio. Las razones pueden ser, estratégicas, ideológicas o de prestigio o de control de sectores importantes (defensa nacional, banca, transporte ferroviario, televisión, comercio exterior, energía…) o a la distribución de productos con fuerte carga tributaria (tabaco, bebidas alcohólicas, petróleo…). También es frecuente que el Estado sólo permita realizar determinadas actividades si previamente las empresas correspondientes disponen de las oportunas licencias que el Estado otorga. Las autorizaciones pueden ser de carácter amplio (para el ejercicio de algunas profesiones) o de carácter restrictivas (abrir un banco, una televisión…). En todos estos casos el Estado suele justificar su actuación en defensa de los intereses colectivos y de los consumidores.

Barreras de mercado

Las propias empresas intentarán establecer artificiales barreras para desalentar la entrada de nuevos competidores. Como sabemos, las empresas precio-determinantes tienen un margen discrecional para fijar sus precios. Fijarán los que hagan máximos sus beneficios y éstos serán extraordinarios (sino no fuera así no habría empresas interesadas en entrar). El potencial competidor pensará no sólo en esos atractivos beneficios a corto plazo, sino sobre todo, en cuales podrían ser a largo plazo, una vez que haya entrado en el mercado correspondiente. Las empresas ya instaladas tendrán un gran interés en que quienes puedan pensar en la entrada sean conscientes de que los beneficios actuales no serán tales si se arriesga a ello. Una primera táctica en esa dirección sería practicar la que se denomina política depredadora de precios: aprovechando el margen de beneficio que tienen, las empresas instaladas responden con una fuerte reducción de precios a los posibles competidores. Aquéllas pueden incluso aceptar pérdidas a corto plazo de forma que la competencia le resulte imposible al nuevo competidor y acabe siendo expulsado. Los precios volverán a subir posteriormente, pero la experiencia habrá desanimado futuros proyectos de entrada. Otra posibilidad es fijar directamente un precio inferior al que maximizaría el beneficio, de forma que, de antemano, la expectativa de beneficios aparezca más reducida y el incentivo a la entrada sea menor.

Una barrera frecuente, en parte tecnológica y en parte derivada de una estrategia de mercado, se refiere al elevado coste y las imperfecciones de la información, que convierten a la publicidad en un elemento esencial para poder entrar en algunos mercados. Cuando existe una cierta diversidad en la posible oferta, los consumidores pueden estar acostumbrados a los productos ofrecidos por las empresas instaladas y no resulta fácil convencerles de que merece la pena cambiar al nuevo. Incluso un precio inferior puede hacer pensar en que la calidad es también más reducida. Sólo un elevado gasto en promoción publicitaria puede romper esa barrera, que funciona como un impedimento a la entrada de nuevas empresas en muchos sectores.

Conviene destacar que algunos de los factores señalados para explicar las barreras de entrada funcionan también como barreras de salida. Unos elevados costes fijos o una fuerte inversión publicitaria conllevan una atadura a mantenerse en la producción ante la necesidad de amortizar la inversión realizada, en la esperanza de recuperar los gastos realizados en el futuro. En estos casos, es posible que la empresa mantenga las pérdidas por más tiempo del esperado, desde una perspectiva estricta de eficiencia o de maximización de beneficios.

La competencia monopolística

La característica fundamental que separa la competencia monopolística respecto a la competencia perfecta es que en la monopolística existe diferenciación de producto. Existe diferenciación de producto cuando en un mismo mercado los demandantes consideran que los bienes o servicios ofrecidos por los distintos vendedores son sustitutivos imperfectos entre sí.

Podemos considerar a cualquier oferente como un monopolista. Una marca es diferente de otra, un establecimiento está más próximo que otros, unas personas son más simpáticas o eficientes que otras… Todas las peluquerías ofrecen similares servicios, pero muchos consumidores acudirán siempre a su peluquero habitual, incluso aunque sea algo más caro; todos los bares tienen idénticos productos y entre los de parecidas características no tienen por qué ser los más baratos los más frecuentados; dos prendas pueden parecer idénticas pero la marca de una de ellas supone que un buen número de consumidores estén dispuestos a pagar por ella un precio considerablemente más alto… La competencia monopolística es un mercado en el que existe un elevado número de oferentes, con tanta mayor capacidad de influencia sobre el precio de sus productos cuanta mayor sea la diferenciación que consigan de los mismos.

La diferenciación de producto implica que las empresas ya no son necesariamente precio-aceptantes, sino que tienen un margen de actuación tanto más amplio cuanto más consigan diferenciarse de las restantes. Al existir diferenciación de producto, la demanda de cada uno de los que intervienen en este tipo de mercado no es plana, sino levemente inclinada. La elasticidad será elevada porque existen muchos sustitutivos próximos. La demanda inclinada implica un pequeño poder monopolístico. El punto de equilibrio a corto plazo se fijará con idéntico razonamiento al que hemos visto para el monopolio: la cantidad óptima será aquélla para la que ingreso marginal y coste marginal coincidan y el precio aplicado será el que determine la demanda correspondiente.

Es probable que las empresas estén consiguiendo unos beneficios extraordinarios. Dado que no existen barreras de entrada, rápidamente surgirán nuevos competidores atraídos por esa posibilidad de rendimientos superiores a los normales. La entrada de nuevas empresas desplaza la demanda individual de cada empresa hacia la izquierda y, probablemente, aunque no con total seguridad, la hace un poco más elástica. El proceso se detendrá cuando desaparezca el incentivo, es decir, cuando el beneficio extraordinario se anule.

En el punto de equilibrio a largo plazo, las empresas de competencia monopolística no obtienen beneficios extraordinarios, pero no se produce al mínimo coste posible, el precio es superior al de competencia perfecta y las cantidades intercambiadas son menores.

La lucha por conseguir maximizar beneficios se convierte frecuentemente en el empeño por conseguir el máximo poder monopolístico en el mercado. De ahí que el Estado se plantee entre sus objetivos la defensa de la competencia.

El oligopolio y la interdependencia

El oligopolio, tipo intermedio entre el monopolio y la competencia monopolística, si bien más cerca del monopolio. El oligopolio es un pequeño grupo de competidores que se reparten el mercado. En alguna medida, los monopolios podrían entenderse como oligopolistas de mercados más ampliamente definidos (el ferrocarril en el mercado de transporte de viajeros) y los competidores monopolísticos presentan más de un rasgo común con el oligopolio cuando existe algún conjunto de competidores especialmente próximo (las tiendas del barrio o pueblo).

Si bien suele existir en el oligopolio algún tipo de diferenciación entre los bienes o servicios de cada una de las empresas, la situación más frecuente es que para los demandantes prime la idea de la igualdad en el producto más que la de las diferencias accesorias. El consumidor busca un viaje en avión de un origen a un destino en el menor tiempo posible y al menor coste; sólo si las condiciones son similares quizás preste atención a las compañías concretas entre las que se tiene que elegir. Algo parecido le ocurrirá si pretende comprar un electrodoméstico. La igualdad es aún mayor si hablamos de mercados como los de materias primas, a menudo controlado por muy pocos oferentes, pero con productos totalmente intercambiables.

Sólo en algunos casos la diferenciación de producto será importante y la marca se convertirá en elemento decisivo a la hora de elegir. En tal caso, deberemos aplicar al mercado oligopolístico algunas de las reflexiones planteadas en relación con la competencia monopolística.

El rasgo más característico del oligopolio es la interdependencia entre los consumidores. Al ser tan pocos los oferentes que se disputan el mercado y tan próximos los productos que ofrecen, las actuaciones de todos y cada uno de ellos repercuten decisivamente sobre los restantes. El oligopolista tiene en teoría una libertad parecida a la del monopolista a la hora de fijar los precios, pero tal libertad se verá enormemente condicionada, no sólo por la respuesta de la demanda, sino además por el temor a cuál pueda ser la reacción de los competidores.

También este mercado sólo puede mantenerse si existe alguna barrera de entrada a nuevas empresas, porque en otro caso la presumible presencia de beneficios extraordinarios atraería a inversores de otros mercados y los pocos competidores pasarían a ser muchos. Esas barreras serán menos impermeables que en el caso del monopolio, ya que si hay pocas empresas es porque han podido entrar en ese mercado.

Que los competidores sean pocos implica que todos ellos tienen influencia en el mercado, por lo que pueden ser considerados precio-determinantes. Pero implica, sobre todo, que la actuación de cada uno de ellos afecta también de forma notoria a todos los demás. El equilibrio de cada competidor oligopolístico depende de cómo se comporten las restantes empresas. En el juego de la competencia oligopolística las múltiples estrategias posibles se enfrentan a las aún más numerosas respuestas potenciales por parte de los restantes jugadores y a los diversos escenarios externos, que no dependen de quienes participan en el juego. Por ello el cuadro de posibles situaciones es tan amplio que hace difícil hablar de un equilibrio predeterminado.

Si los oligopolistas compiten en precios, el resultado final llevaría a la inexistencia de beneficios extraordinarios. Por ello, es poco probable ese tipo de competencia en un mercado oligopolístico.

Colusión y la estabilidad de precios

Los oligopolistas comprueban rápidamente que la competencia en precios resulta perjudicial para sus intereses puesto que, normalmente, hace disminuir sus beneficios e introduce un factor de inestabilidad en el mercado. Consecuentemente, las empresas se plantearán como encontrar una salida al problema que les permita hacer máximos sus beneficios. Dado que el máximo beneficio del mercado se conseguiría con un monopolio, la primera solución evidente sería conseguir actuar como si se tratara de un monopolio.

Descartaremos la fusión entre las empresas en una sola, porque en tal caso estaríamos realmente ante un monopolio. Sin llegar a la unión absoluta, las empresas intentarán algún tipo de acuerdo entre ellas, que llamamos colusión, que permita limitar la competencia y acercar su situación lo más posible a la del monopolio. Colusión es el acuerdo entre empresas encaminado a limitar la competencia entre ellas en beneficio propio.

Clases de colusión:

  • Explícita. Cuando existe un pacto con cláusulas inequívocas. La forma “dura” de fijar el pacto es la constitución de un cártel que viene a ser como una federación de los oligopolistas en la que unos pocos temas han de resolverse necesariamente por acuerdo entre ellos. El ejemplo más habitual es el de la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo).

  • Tácita. Cuando sin que exista realmente un pacto entre los oferentes, éstos tienden de hecho a aceptar unas reglas de juego marcadas por la costumbre. La obligación de respetar tales reglas carece de cualquier respaldo coercitivo, salvo el reproche moral del colectivo.

El pacto, explícito o no, puede estar referido a muchos aspectos: precios, cifras de producción, criterios de calidad, cláusulas de contratos, etc. Conviene subrayar que tan pronto como un mercado alcanza un mínimo de desarrollo, las autoridades públicas tienden a prohibir cualquier tipo de pacto que limite la libre competencia entre las empresas, ya sea tácito, ya sea explícito. Dado que cuanto menor es el número de competidores, mayor es la probabilidad del pacto, el oligopolio es siempre objeto de especial atención por parte de los organismos encargados de la defensa de la competencia.

Factores que facilitan la existencia de pactos. Así la colusión será tanto más probable:

  1. Cuanto más permisivo con los pactos sea el sistema legal.

  2. Cuanto menor sea el número de los competidores.

  3. Cuanto menores sean las diferencias entre las empresas.

  4. Cuanto más estable sea el mercado.

  5. Cuanto más regulado esté un sector.

  6. Cuanto más difícil sea conocer la vulneración secreta de los pactos.

  7. Cuanto más difícil sea que aparezcan competidores ajenos al pacto que lo hagan fracasar.

  8. Cuanto mayor sea la diferencia entre el beneficio de mantener el pacto y el que podría obtenerse rompiéndolo.

La maximización conjunta

Un pacto fuerte intentará conseguir una situación similar a la del monopolio. La fijación del nivel de producción conjunto que haga máximo el beneficio total es pues una decisión que debería tomar el cártel con idénticos criterios a los de un monopolio, con el posible problema diferencial de la dificultad de conseguir la información adecuada sobre los costes de cada una de las empresas.

Supongamos que nuestro cártel (revista o no esta forma) ha fijado el nivel óptimo de producción. El paso siguiente es su distribución entre los distintos oferentes.

Una primera opción consiste en fijar el precio que deben aplicar todos los oferentes. Cabe suponer que ese precio se correspondería con el que, en función de la demanda estimada, permitiría unas ventajas conjuntas iguales a las que maximizan el beneficio conjunto. Fijado ese precio, cumple un papel semejante al del precio de competencia perfecta y las empresas pasan a ser precio-aceptantes puesto que son libres de vender cuanto puedan mientras respeten aquél. La competencia realiza así a través de cualquier camino distintos precios. Esta forma de reparto de mercado es la más sencilla y frecuente, puesto que no necesitan ningún tipo de especial acuerdo ni organización. De hecho, raro es el mercado oligopolístico en el que no encontramos esas dos características: la estabilidad de precios y la competencia por otras vías.

Si el cártel desea efectivamente repartir cuotas de producción caben distintos criterios. Desde una perspectiva teórica, el máximo beneficio conjunto supondría repartir la producción entre las distintas empresas en función de los costes respectivos, de forma que el coste total de producción para el conjunto del cártel fuere el mínimo. Exactamente igual que si repartiéramos la producción total de una sola empresa entre sus distintas plantas de producción. Tal criterio de reparto supone que las empresas con menores costes se llevarían la mayor parte de la producción y de los beneficios, mientras que las menos eficientes sufrirían un claro perjuicio relativo. Sería difícil que éstas aceptaran el reparto o tendrían un claro incentivo a romperlo más o menos ocultamente. También es cierto que la competencia pura llevaría a largo plazo a la desaparición de esas empresas con una estructura de costes más elevada, por lo que más les vale aceptar una pequeña porción del pastel que verse expulsadas del mercado.

En la práctica no suele ser el criterio del mínimo coste el adoptado. En la práctica uno de los criterios más habituales, según el tipo de actividad y la estructura previa, es el geográfico. Las distintas empresas se reparten unas determinadas zonas y así cada compañía actúa monopolísticamente en las que le corresponde. Puede ocurrir, por ejemplo, en el sector de la electricidad. En tal caso puede ser innecesario incluso fijar un precio común.

El liderazgo

Es muy frecuente que dentro de este tipo de mercados alguna de las empresas ostente claramente una condición de líder que le permite asumir un poder de decisión superior al resto. Ese liderazgo puede ejercerse de forma explícita, pero es más frecuente su funcionamiento tácito, sin necesidad de pacto alguno. Normalmente, el papel de líder corresponde a la mayor de las empresas del sector o a la más eficiente. A la empresa líder corresponde la iniciativa en las variaciones de los precios y las demás reaccionan a partir de esa decisión.

Por un lado, tendríamos a la empresa líder con un comportamiento idéntico al de un monopolista. La demanda será normalmente algo más elástica, porque los bienes ofertados por el resto de los oligopolistas serían sustitutivos muy próximos a los suyos. El supuesto de la empresa líder viene a ser una variante del supuesto de competencia monopolística. Las restantes empresas tendrían un comportamiento prácticamente idéntico al previsto para la competencia perfecta, al actuar como precio-aceptantes del que fije la empresa líder.

La estabilidad de precios

La experiencia muestra que en muchos mercados de estructura oligopolista los precios tienden a ser rígidos y no parecen adaptarse inmediatamente a las variaciones que puedan producirse en los costes o en la demanda. Las razones por las cuales se justifica esta circunstancia, son:

  • La competencia en precios es poco atractiva para los empresarios, porque puede llevar a la pérdida de beneficios

  • y si existe un acuerdo será mejor no renegociarlo mientras no resulte imprescindible, manteniendo los precios pactados el máximo tiempo posible.

La estructura de costes

Normalmente, buena parte de los costes son fijos en el corto plazo, por lo que el coste variable medio mínimo se alcanza cuando el nivel de producción permite utilizar adecuadamente la estructura existente. A partir de ese punto, el aumento de producción puede absorberse sin dificultad con los costes fijos comprometidos: cualquier aumento de la producción tan solo requiere los inputs que vayan a incorporarse directamente al producto final.

En la medida en que los costes variables medios no varían para muchas empresas en un amplio intervalo de producción, las variaciones en la demanda que no tengan un carácter extraordinario son absorbidas, sin repercusión sobre los precios.

Naturalmente existirá un nivel de plena capacidad en el que los factores fijos disponibles no serán suficientes y será preciso ampliarlos, contratar más personal, etc. A partir de ese punto los costes pasan a ser crecientes. La diferencia es que el mínimo coste se consigue en un margen de producción bastante amplio. De hecho, una parte significativa de las empresas se mueven dentro de ese margen a lo largo del ejercicio económico, con períodos de menor actividad, próximos al principio del intervalo y otros en los que se funciona a plena capacidad.

El coste de alterar los precios

Si el coste de alterar los precios es importante, la maximización de beneficios exige fijar el precio en función de un nivel medio esperado de ventas y mantenerlo constante mientras la demanda varíe alrededor de ese nivel medio. Para muchas empresas la modificación de los precios vigentes supone un coste no despreciable.

Algunos economistas han denominado esta circunstancia con el nombre del “coste menú”. Si un restaurante tuviera el menú impreso y cambiara los precios de la carta en función de las oscilaciones diarias en la plaza, el coste cotidiano de imprimir el menú sería significativo. Sólo por esa razón le compensaría mantener estables los precios mientras no se desviaran en demasía de los precios habituales. Muchas empresas venden una elevada variedad de productos y a un considerable número de clientes, ello implica que editan catálogos con indicación de precios.

Esos cambios afectan también a los clientes que son vendedores y que se verán obligados a adaptarse a la nueva situación. Es probable que esos empresarios prefirieran desplazar sus compras a aquellos proveedores que les obligaran a menos cambios en detrimento de los excesivamente “flexibles”.

La demanda quebrada

Una explicación de la estabilidad de precios muy ilustrativa es la que proporciona el modelo llamado de la demanda quebrada. Y es ilustrativo porque, además, resume muy bien el problema básico al que se enfrenta un oligopolista.

El oligopolista se enfrenta de hecho a dos demandas simultáneas. Una demanda “de mercado”: si sube el precio de los automóviles, de los cigarrillos o de los restaurantes; cabe suponer que bajará la cantidad demanda de todos los fabricantes de automóviles, de todas las marcas de cigarrillos y de todos los restaurantes, en mayor o menor medida según sea mayor o menor la elasticidad de la demanda del producto correspondiente. Pero si lo que sube es el precio tan sólo de una casa de automóviles, de una marca de cigarrillos o de uno de los pocos restaurantes de la localidad, la cantidad demandada disminuirá en mucha mayor medida, porque el motivo de la reducción no será que el producto es más caro, sino que buena parte de la demanda se desplaza hacia la competencia cuyos precios no han subido. La demanda individual, es mucha más elástica que la “de mercado” porque representaría la respuesta de la cantidad vendida por una empresa cuando ella y sólo ella decide variar el precio. De igual forma esta situación equivale a un cambio en el precio de los bienes sustitutivos: si sube el ofrecido por una empresa, los bienes ofertados por los competidores ven disminuir su precio. Cada empresario individual se enfrenta a una doble demanda, diferente según cuál sea la reacción de los competidores. Esta doble demanda a la que se enfrenta cada empresa, refleja perfectamente la característica de la interdependencia. Cualquier decisión que tome un empresario tendrá efectos muy diferentes según cuál sea la respuesta de los competidores.

El oligopolista se enfrenta normalmente a una demanda quebrada porque teme que sea rígida con precios más bajos que el vigente y elástica con precios más elevados. Ese hecho favorece la estabilidad de precios.

Partiendo de la situación existente, si sube el precio puede temerse que los competidores no le sigan:

quizás no hayan sufrido los aumentos de costes en igual medida, quizás se asusten ante la posibilidad de perder clientes, quizás esperen ganarlos a costa de quien primero subió sus precios. La individualidad de la subida implica una fuerte reducción de las ventas porque nos movemos a través de la demanda más elástica. Y sabemos que si la demanda es elástica un aumento de los precios hace disminuir nuestros ingresos.

Por el contrario, si reduce el precio puede suponer que los competidores hagan lo mismo: más o menos a regañadientes, ante la certeza de que el competidor más barato les arrebataría buena parte de sus clientes, el mercado reaccionaría a la baja de forma unánime. Ello implica que el aumento en las ventas para cada empresa sea muy reducido, porque nos movemos a través de la demanda más rígida. Y si la demanda es rígida, una bajada de los precios hace disminuir nuestros ingresos.

Por tanto, salvo que los cambios en los costes fueran muy significativos y generalizados para todo el sector, las empresas optarán por mantener los precios vigentes, haya o no haya pacto en tal sentido.

El dilema del oligopolista

Sin embargo, no puede garantizarse ni siquiera esa forma de actuar aparentemente indiscutible.

Precisamente hemos calificado el oligopolio como inestable porque todo oligopolista se enfrenta al dilema de mantener la colusión (explícita o tácita), lo que le permite un nivel de beneficios no muy elevado, pero razonable, o romper la colusión unilateralmente y por sorpresa en la confianza de que ello le suponga obtener una posición más ventajosa en el mercado.

La situación describe satisfactoriamente a través del muy similar dilema del prisionero. Imaginemos que dos cómplices de un grave delito han sido detenidos e incomunicados. La policía no tiene pruebas concluyentes que demuestren su culpabilidad por lo que hace a cada uno de ellos la siguiente oferta:

  • Si confiesa el grave delito, el cómplice será condenado a 10 años de prisión, y el delator sólo a 1 año.

  • Si ambos confiesan la condena será de 5 años para cada uno.

  • En caso de que ninguno confiese la pena será de 3 años para cada uno.

¿Cuál será la reacción de los detenidos? El paralelismo con los oligopolistas es claro. Se encuentran en una situación de partida (no hay prueba ni delación) que si no puede considerarse la óptima es al menos aceptable. Pero todo competidor sabe que si se adelanta en su ruptura del pacto de silencio puede mejorar notoriamente la situación propia y deteriorar la de los demás hasta el punto de que quizás incluso expulse a alguno del mercado. Obsérvese que existe un incentivo adicional para la confesión: porque nuestro protagonista también sabe que si es el otro el que se adelanta será él el que sufra un grave daño y quizás incluso el que sea expulsado del mercado. Por lo tanto, el menor indicio o temor de que algún otro competidor pueda estar pensando en la ruptura es razón suficiente para que quizás se lance a ello quien no pensaba por sí mismo en hacerlo.

Puede parecer que esta afirmación se contradice con el modelo de la demanda quebrada porque el temor a que todos reaccionaran de la misma forma supone pérdidas generalizadas. El desincentivo de este resultado parecería suficiente para compensar el incentivo de la ruptura. No es así necesariamente.

Ejemplo, mercado de créditos hipotecarios, que se conceden por las entidades financieras (los bancos) con la garantía de un inmueble, normalmente para facilitar la compra del mismo. Los bancos se mueven normalmente en un entorno claramente oligopolístico. Los tipos de interés que aplican a esta clase de créditos serán probablemente muy similares entre unos bancos y otros. Repentinamente un banco lanza, con un fuerte apoyo publicitario, un nuevo crédito hipotecario más barato que los que habitualmente se ofrecen. Aquellos que tenían sus créditos en otras entidades se apresuran a trasladarlos al banco más agresivo. Los restantes bancos responden rápidamente y, en pocas semanas, todos ellos ofrecen productos en condiciones muy similares e incluso algo más favorables a las del crédito inicialmente novedoso. De no hacerlo así, la pérdida de clientes podría ser muy grave. Pero en la nueva situación se observa que la entidad que inició la batalla ha visto aumentar probablemente su cuota en el mercado de forma notoria: gana algo menos en cada crédito, pero tiene ahora mucho más volumen de negocio, por lo que sus beneficios aumentan. Naturalmente, las restantes entidades han visto como disminuían tanto sus márgenes como sus clientes. El factor sorpresa, en este caso, ha sido favorable para quien optó por la ruptura. Sin embargo, no siempre existe la seguridad del éxito. La hipótesis de la inestabilidad parece confirmada porque siempre existe el incentivo para que cualquier oligopolista busque una nueva vía de competencia con la que sorprender a sus rivales.

El campo de la competencia

La estabilidad de precios y la frecuente existencia de pactos más o menos implícitos, obliga a buscar otras formas de competencia. Cada una de las empresas deberá buscar instrumentos distintos al precio, con los que mejorar sus resultados. Cada empresa procurará buscar la forma de aumentar su cuota de mercado y conseguir una clientela cada vez más fiel, de forma que la demanda individual sea lo más rígida posible.

Sabemos que la lucha por maximizar el beneficio se convierte frecuentemente en la lucha por obtener el máximo poder monopolístico; que en muchos casos los costes medios no varían en un amplio intervalo, por lo que, a un precio dado, cuanto mayores sean las ventas mayor será el beneficio; que la empresa líder de un sector tiene un margen de maniobra superior para fijar las condiciones de juego… Todo ello puede resumirse en la regla: En el juego de la competencia oligopolística el objetivo de conseguir el máximo beneficio se confunde frecuentemente con el de conseguir la máximo cuota del mercado.

Por ello, siempre que sea posible se comenzará por diferenciar el producto propio, de forma que los potenciales clientes aprecien que no es estrictamente igual a los ofrecidos por los competidores que, por tanto, dejan de ser sustitutivos perfectos. A partir de ahí, el paso siguiente más utilizado es el de la publicidad. La publicidad es un ejemplo más de la interdependencia de los oligopolistas, porque el gasto necesario en publicidad va a venir también marcado en buena medida por lo que hagan los competidores.

De todas formas las actividades de venta que realizan las empresas no se reducen estrictamente a la publicidad. Hay otros muchos mecanismos que buscan parecidos efectos: la oferta de regalos, los vales descuento si se acumulan compras cuantiosas, las tarjetas clientes, las ventajas especiales y tantas otras cuentas encuentran el ingenio de los publicistas y vendedores. Un aspecto relevante en estas actividades es la distribución. De nada sirve un buen producto a un buen precio si no hay canales adecuados para su venta. En muchos casos, la compra de un producto depende más de su accesibilidad que de sus calidades diferenciales. Las ventas de un buen vino nacional en el extranjero dependerá más de los esfuerzos dedicados a distribuirlo en los mercados internacionales, que la bondad del caldo. En muchos casos puede ser más eficaz la promoción entre los vendedores. Conseguirá mejores ventas quien disponga en la gran superficie comercial de un espacio privilegiado que aquel otro competidor cuyos productos están casi escondidos en la parte baja de un estante al fondo del establecimiento. Un instrumento habitual en este campo es el de las exclusivas, de forma que se intenta conseguir que en un determinado local, en una determinada zona, no exista más oferta que la propia. Así un fabricante con una bebida de cola negociará con cuantos establecimientos pueda para que no exista más bebida de cola que la suya, quizás regalando sombrillas o mesas, quizás ofreciendo ventajas en precios o servicio, quizás mediante el pago de una cantidad. El coste de la exclusiva se verá compensado por el importante volumen de ventas que le garantiza.

El margen para la competencia es muy amplio. No obstante, siempre queda abierta la incógnita de cuál será la reacción de nuestros competidores ante nuestras actividades de ventas.

El largo plazo

¿Qué podemos esperar en el largo plazo? La experiencia acumulada por los oligopolistas es probable que les aconseje evitar la competencia. Consecuentemente, cabe esperar que el precio medio vigente en un mercado oligopolista sea superior al que regiría en un mercado con competencia perfecta y que los oferentes disfruten de beneficios extraordinarios.

Dado que se pronostica la inexistencia de competencia en precios, serán importantes las restantes vías de competencia. Habitualmente, los precios y los gastos de publicidad y en promoción de ventas serán superiores a los de los mercados con gran número de competidores.

¿Estarán los oligopolistas produciendo al mínimo coste posible? Aunque no existe garantía absoluta, el análisis que hasta ahora se ha venido haciendo permite aventurar que muy probablemente, sí.

Los beneficios dependen de dos datos: el volumen de productos vendidos y el margen unitario que se obtiene por cada uno de éstos.

  • Si la competencia en precios aparece como una vía poco recomendable, el precio es casi un dato inamovible. Por tanto, el margen sólo podrá ampliarse si se reducen costes. Un objetivo prioritario de la empresa oligopolística será reducir al máximo sus costes a través de las tecnologías más eficaces, presionando a sus proveedores.

  • Un elemento decisivo para incrementar la cifra de ventas son las actividades encaminadas a su promoción y a la publicidad. Los recursos que la empresa pueda dedicar a este objetivo dependen de la amplitud de su margen entre ingresos y costes, es decir, de su capacidad para reducir éstos.

Por otra parte, todo oligopolista tiene sobre su futuro la permanente amenaza de que se desencadene una ruptura de hostilidades. Tanto defensiva como ofensivamente la condición necesaria para el éxito es disponer de margen suficiente para poder reducir los precios no menos que cualquier otro.

Una empresa oligopolística destinará probablemente más recursos a la investigación de nuevas técnicas y nuevos productos que ninguna otra.

Pero el reto del oligopolio en el largo plazo es mantener el número reducido de competidores. La ampliación de los oferentes supone perder paulatinamente su naturaleza para acercarse a la competencia monopolística, lo cual implica, una pérdida progresiva de los beneficios extraordinarios que posibilita el status oligopolista. Además hemos visto, que la existencia de pactos colusorios (explícitos o tácitos) proviene en buena medida de la experiencia acumulada en intentos anteriores de engañar al vecino que finalmente no dieron resultados tan apetecidos como se prometían. La entrada de un novato generará más que probablemente una ruptura de esa situación y una vuelta a empezar, con los costes consiguientes.

Esta perspectiva añade un dato estratégico muy importante para entender las batallas de precios.

Habíamos visto que la ruptura de los pactos colusorios podría implicar beneficios a corto plazo, pero probablemente conllevaba perjuicios en el largo plazo. Con una excepción: en el caso de que alguno de los competidores atraviese por problemas o se haya quedado atrás en la carrera por reducir los costes de producción, los restantes pueden estar interesados en desencadenar la batalla, no tanto por las posibles ganancias a corto plazo, cuanto por aprovechar la posibilidad de expulsar a un jugador de la mesa. La reducción del número incrementa probablemente la participación de todos. Lo cual implica determinadas estrategias encaminadas a reforzar la situación oligopolista.

El oligopolista reforzará las barreras de entrada y creará otras artificiales, incluso renunciará a beneficios a corto plazo, con el fin de asegurarse el mantenimiento a largo plazo de su poder monopolístico.

La política de venta por debajo del coste (que puede dar lugar a situaciones “dumping”) está prohibida en muchas legislaciones. Ya conocemos que existen unos costes indirectos cuya imputación a cada línea de producto es bastante aleatoria. En el oligopolio, con costes fijos elevados, con gastos de ventas y de investigación cuantiosos ¿qué parte corresponde a cada producto concreto? Resulta sencillo vender a precios que harían quebrar a cualquier competidor, pero respetando la exigencia de situarlo por encima de los costes directos.

Podemos concluir que la valoración del oligopolio, desde la perspectiva del bienestar general, se sitúa en un lugar intermedio entre el monopolio y la competencia monopolística con los que comparte buen número de luces y de sombras. La mayoría de los economistas coinciden en que el bienestar general sería probablemente mayor si en el oligopolio existiera una competencia en precios más activa y menor competencia en otros aspectos.