Incertidumbre y marco jurídico

Riesgo e incertidumbre

Los distintos escenarios

Una toma de decisión correcta está muy relacionada con la cantidad de información que se pueda obtener: cuanto mayor sea la información más probabilidades existirán de que el resultado final coincida con lo pretendido y menor será el riesgo que se deba asumir. Sólo en el caso del oligopolio asumíamos que el empresario podía dudar respecto a las consecuencias de sus distintas opciones. Pero cualquier empresario, en la práctica se enfrenta a situaciones o escenarios que podemos calificar a partir de las siguientes coordenadas:

  1. Certeza: sería la situación (límite) en la que disponemos de una información perfecta; sabemos con un 100% de probabilidad que un determinado hecho va a acaecer. Se dice entonces que el decisor conoce con absoluta seguridad los escenarios que van a presentarse.

  2. Riesgo: situación en la cual el decisor conoce los escenarios y la probabilidad que tiene cada uno de ellos de ocurrir, pero ignora cuál será el que efectivamente suceda. Ejemplo, el caso de un cirujano cardiovascular, que sabe que una determinada operación tiene un 70% de probabilidades de éxito, un 20% de que el paciente quede con secuelas y un 10% de que se produzca su fallecimiento.

  3. Incertidumbre. Se conocen los escenarios posibles, pero no la probabilidad de cada uno de ellos.

Supongamos una empresa de confección textil que tiene que decidir entre producir pantalones de franela, acrílicos o de seda, la próxima temporada (alternativas). Por los estudios de mercado realizados sabe que la demanda de cada producto depende del tiempo que haga (escenarios): lluvioso, frío o normal, variables que no puede controlar. A través de las técnicas oportunas puede estimar la función de demanda de cada producto y el precio de venta en cada una de las situaciones, lo que le permite calcular el beneficio estimado (resultados) por la venta de cada clase de pantalón, según se presenta el tiempo.

Estos datos se reflejan en la matriz de decisión de la Tabla 7.1. Se observa que los pantalones de seda son los que ofrecen el mayor beneficio estimado (11) si el tiempo va a ser normal, los de franela (10) si hará frío y los acrílicos (12) si va a llover. En situación de certeza el problema de decisión se resuelve valorando económicamente el resultado de cada alternativa y eligiendo aquella que hace máximo el beneficio estimado de la empresa.

Cuando la situación es de riesgo, el empresario, en el momento de tomar la decisión, desconoce el tiempo que va hacer la próxima temporada, pero con determinadas técnicas (estadísticas históricas, estimación, muestreo…) puede hacer una distribución de probabilidades para cada escenario. Dado que la situación de riesgo se caracteriza por el conocimiento de la probabilidad de que ocurra cada uno de los posibles escenarios, los criterios de decisión, de una manera o de otra, giran en torno al concepto del valor esperado. El valor esperado de una alternativa se obtiene multiplicando el resultado previsto para un escenario determinado por la probabilidad de que efectivamente ocurra.

Supongamos que, en el ejemplo anterior, las probabilidades de cada uno de los tres estados de la naturaleza son del 50% para el tiempo normal; 20% para el lluvioso y 30% para el frío. Los valores esperados de cada una de las combinaciones posibles serían ahora los reflejados en la Tabla 7.2 (pág. 164) ¿Cuál sería la mejor alternativa en este caso? Quizás un empresario eligiera la seda porque presenta el valor esperado más alto si el tiempo es normal, mientras que otro desecharía esa opción porque en uno de sus posibles resultados aparece la posibilidad de pérdidas.

En una situación de riesgo no existe una solución única, sino que dependerá de las actitudes del empresario y del valor esperado de cada una de las alternativas.

En efecto, no todos los sujetos tienen iguales actitudes ante situaciones de riesgo o incertidumbre:

  • Sujetos amantes del riesgo. Ante probabilidades pequeñas de obtener ganancias están dispuestos a llevarlas a cabo, aun a expensas de posibles pérdidas.

  • Sujetos renuentes al riesgo. Evitan situaciones arriesgadas, prefiriendo ganancias leves, pero seguras, antes que otras más altas e inseguras.

  • Sujetos neutrales al riesgo. Se muestran indiferentes ante el mismo, no buscando tampoco situaciones arriesgadas.

Por lo tanto, según la actitud, las decisiones que tomarán con los mismos datos unas u otras personas serán muy diferentes:

  • Una persona con aversión al riesgo, probablemente tomaría el criterio denominado de maximin que supone escoger aquella estrategia que garantice el mejor resultado en el caso de que se dé para cada alternativa la peor situación posible. El objetivo es asegurar un mínimo razonable, por lo que el único resultado que se compara es el peor de cada alternativa. Entre todos esos mínimos se escogerá el mejor de los posibles, es decir, el máximo mínimo. En nuestro ejemplo, la opción elegida sería la franela, ya que garantiza un resultado mínimo de 6, incluso en el peor de los casos.

  • Una persona optimista, probablemente tomaría el criterio maximax, es decir, elegir aquella estrategia que, en el mejor de los escenarios posibles, lleva al mejor resultado. El acrílico, que ofrece un potencial resultado máximo de 12, sería el tejido que elegiría un empresario amante del riesgo.

Cuando coincide la estrategia que resulta de la aplicación de estos dos criterios aparentemente contrapuestos, es probable que estemos ante un supuesto de estrategia dominante (la más favorable independientemente del escenario).

  • Una actitud neutral ante el riesgo probablemente se situaría entre las dos anteriores. Podría elegir la alternativa que ofreciera un mayor valor esperado medio, que ya hemos señalado que es el acrílico (7,9 frente a 7,7 de la franela y 7,5 de la seda), o centrarse en el escenario más probable (tiempo normal) y elegir la seda que es la alternativa que en tal caso ofrece mejores resultados.

Pero, al final, será siempre el “olfato” empresarial el que primará sobre los fríos números.

La reducción del riesgo

La mayor parte de las personas se acercan más al perfil del sujeto con aversión al riesgo. La seguridad es considerada un valor, y pocas circunstancias paralizan más la actividad económica y la inversión que la incertidumbre. Por ello, la regla general de comportamiento es la búsqueda de mecanismos para reducir el riesgo. Evidentemente, el riesgo tiende a ser menor cuanto más nos acerquemos a la certeza y, ésta supone tener toda la información sobre el futuro. Por ello, cuanto mayor y mejor sea la cantidad de información de que disponga un agente, menor será el riesgo que tendrá que asumir al tomar sus decisiones. Denominamos información perfecta aquella cuya probabilidad de ser correcta es igual al cien por cien.

Sin embargo, a menudo existe incertidumbre en cuanto a los posibles resultados. Cuantos más recursos financieros destinemos a la obtención de información, más seguridad tendremos en lo que al posible resultado se refiere, pero a la vez más costoso será para la empresa. ¿Cuánto se está dispuesto a pagar por una información?, como siempre, compararemos costes y beneficios. En muchas ocasiones, la posibilidad de obtener determinada información se hace prácticamente inviable, bien porque nadie dispone de ella en el mercado o porque el coste marginal de la misma es superior al beneficio marginal que podría derivarse de su obtención.

Uno de los instrumentos fundamentales para reducir el riesgo es el seguro. Evidentemente, la adquisición de un seguro está estrechamente relacionada con la actitud ante el riesgo. Si un fabricante de pan corre el riesgo de sufrir un incendio en alguno de sus hornos de producción, y tiene aversión al riesgo, intentará cubrir la pérdida causada por la posible destrucción del mismo. ¿Qué es lo que hace que una compañía de seguros esté dispuesta a la cobertura del riesgo? La razón fundamental reside en que el número total de siniestros a los que debe hacer frente no variará de forma significativa de un año a otro.

Esto es debido a que a medida que se incrementa el número de individuos la probabilidad de siniestro se acercará a su probabilidad teórica. Si se lanza una moneda al aire tenemos un 50% de probabilidades de que salga cara y un 50% de que sea cruz. Si dicha moneda es lanzada 5 veces, pueden salir cuatro caras y una cruz, lo que no coincidiría con la probabilidad apriorística. Pero a medida que lancemos más veces la moneda al aire la realidad se acercará más a la probabilidad teórica. Esta ley de probabilidad hace posible la existencia de compañías de seguro. En el caso de seguros donde el riesgo es cierto, como ocurre con el de vida, la probabilidad de fallecimiento de una persona determinada quedará compensada por el pago de las primas de las personas que no han fallecido, personas que son mucho más numerosas, lo que permite a la compañía el aunamiento del riesgo. Denominamos aunamiento del riesgo a la distribución del mismo entre muchos otros compradores del seguro, que hace que la realidad se aproxime a la probabilidad teórica existente para un determinado siniestro.

Este mismo hecho se da en otro tipo de seguros, como los de incendio o robo. La compañía acepta hacerse cargo del riesgo de que se produzca un incendio o un robo en una determinada vivienda porque sabe que dicha probabilidad (caso de producirse) quedará diluida con el pago que recibe de otras muchas familias. El riesgo para la compañía de seguros queda notablemente reducido y diluido. ¿En qué condiciones funciona esa distribución del riesgo? La condición más importante reside en que la probabilidad no se pueda ver afectada por circunstancias excepcionales. Si en un país determinado estalla una guerra, o se produce una catástrofe humana, las probabilidades de fallecimiento se verán incrementadas prácticamente en todos los colectivos. Evidentemente, en estas circunstancias las compañías de seguro son mucho más renuentes a la toma de riesgos.

En ocasiones, debido a las grandes pérdidas económicas que supondría para la entidad la producción del siniestro, las compañías aseguradoras tienden a repartirse el riesgo. Denominamos reparto del riesgo a la distribución de la prima pagada por el asegurado entre varias compañías aseguradoras a cambio de una cobertura conjunta del siniestro por parte de dichas compañías.

No obstante, uno de los mayores problemas que tienen las compañías de seguros radica en el hecho de que una posible cobertura total de un siniestro puede alterar la conducta del asegurado, hasta el punto, por ejemplo, de no importarle que le quemen la casa, o le roben el coche. Se entiende por riesgo moral o abuso al cambio negativo de actitud que puede tener el asegurado tras la suscripción del seguro. Por este motivo, es frecuente que las compañías no realicen coberturas totales, sino parciales que, en caso de producirse el siniestro, no compensarían de manera total al siniestrado por la pérdida sufrida. Otra de las medidas es aquella que premia, seguros de automóviles, a los conductores con menor número de siniestros. Lógicamente, las compañías aseguradoras intentarán conseguir el mayor número de asegurados con poca siniestralidad.

Existen además algunos casos donde la compañía estima el alto riesgo que le puede suponer la contratación de un determinado seguro, evitando la formalización del mismo. Por ejemplo, en el caso de un seguro de vida las compañías no asegurarán a individuos con enfermedades graves.

La existencia de mecanismos que impiden la posibilidad de cobro por parte de los asegurados en el caso de que realicen conductas dolosas o de grave imprudencia, es otra de las medidas tomadas habitualmente por las compañías de seguros. Esto ocurre con alguna frecuencia porque se produce el fenómeno que se ha llamado de “selección adversa”, éste término pone de manifiesto la tendencia de los individuos con mayor nivel de siniestralidad a suscribir seguros como medio de asegurarse la recuperación de sus pérdidas. Las primas se fijan en función del riesgo de siniestralidad de los asegurados, generalmente con un valor medio para compensar los riesgos elevados con los más bajos.

Otra forma que tienen las empresas de reducir el riesgo es la diversificación. Refleja el hecho de que si repartimos nuestras opciones entre diversas alternativas, conseguiremos aproximarnos al valor medio de todas ellas, independientemente de cuáles sean los escenarios reales y la evolución de cada resultado.

En el ejemplo de nuestro empresario textil, si pudiera fabricar un tercio de cada tipo de tejido, el resultado final se acercaría con mucha probabilidad a la media de los valores esperados medios y el riesgo se habría reducido enormemente.

Tiempo y tipos de interés

Además de la incertidumbre que acompaña siempre al futuro, otro factor que es preciso tener en cuenta es cambio de valor de los bienes y servicios a lo largo del tiempo en una economía monetaria, es decir, el problema de que el valor futuro y el valor presente de las magnitudes no son homogéneos, no pueden compararse directamente.

Imaginemos que tenemos que elegir entre dos proyectos de inversión en dos posibles negocios, cuyos costes y rendimientos no se refieren a un solo período de tiempo, sino que se extienden a lo largo de varios años:

  • Proyecto A: implica un desembolso de 100.000 euros durante 5 años. Se espera unos rendimientos netos de 60.000 euros anuales durante 10 años.

  • Proyecto B: implica pagar 500.000 euros al contado. Se espera unos rendimientos netos de 160.000 (1º año), 150.000 (2º y 3º año), y de 20.000 euros (los restantes 7 años).

Los dos implican nominalmente, a diez años vista, el mismo gasto y los mismos ingresos. ¿Cuál interesa más? Aparentemente, a un gasto de 500.000 € le corresponden unos ingresos netos de 600.000 €, lo que implica un beneficio de 100.000 €. Por una parte, parece preferible el proyecto A, que permite retrasar los pagos. No obstante, también podemos preferir el proyecto B, cuyos rendimientos se producen más anticipadamente.

El tipo de interés es un porcentaje que expresa el rendimiento de los fondos prestados y permite homogeneizar en el tiempo costes y rendimientos. ¿Por qué valoramos en mayor medida los recursos del presente que los del futuro? Una primera razón evidente es la posible pérdida del poder adquisitivo o la capacidad de comprar del dinero. De ahí que sea importante la diferencia entre el interés nominal y el interés real. Éste es el que resulta de restar al primero lo que no es más que un cambio de precios, supone valorar el interés manteniendo invariado el poder adquisitivo.

  • Interés real = interés nominal – la pérdida del poder adquisitivo

Descontada la pérdida de poder adquisitivo, ¿por qué existe un interés real? dos razones:

  • Por la renuncia que supone al disfrute presente de los correspondientes recursos.

  • Por el riegos que supone que todo aplazamiento en la utilización de esos fondos, bien por insolvencia del deudor, bien por cualquier otra causa.

La distinción entre interés simple e interés compuesto. El interés simple es cuando a la terminación de cada período de tiempo los rendimientos no se agregan al capital. El interés compuesto es cuando al finalizar cada período los rendimientos se agregan al capital para producir también intereses.

En el interés simple el capital es constante. Si se presta una cantidad C (1.000 euros) para ser devuelta dentro de un año y el tipo de interés pactado i (10%), dentro de un año se recibirá:

  • C + (C x i) = 1.000 + (1.000 x 0,10) = 1.000 + 100 = 1.100.

Si la obligación de pago fuera por varios años, hasta tanto se devuelva el capital, cada año se recibiría:

  • C x i = 1.000 x 0,10 = 100.

Si en vez de un pago anual de intereses se pactara la acumulación sucesiva de los intereses y el pago al final de un período (interés compuesto) tendríamos que aplicar la fórmula

  • Cn = C0 (1 + i)n [los subíndices de 0 a n nos indican el año a que se refiere cada cifra]. Vid. pág. 170.

El valor actual de una magnitud futura supone hallar la equivalente en el presente, reduciendo el valor de aquella en función del plazo de tiempo y del tipo de interés. Cuanto más elevado es el tipo de interés o/y el plazo de tiempo, más se reduce el valor presente de la cantidad futura.

Ahora podemos comparar aquellas dos posibilidades de inversión que se nos presentaban al principio. Suponiendo un tipo de interés del 10%, las series de ingresos y gastos, que entonces teníamos en valores corrientes, las reflejamos ahora en valores actualizados (Tabla 7.4).

La actualización de los valores nos permite confirmar que el proyecto A nos supone menos gastos en términos del día de hoy, porque permite aplazar los pagos respecto al proyecto B. También confirma el hecho de que el proyecto B nos ofrece unos ingresos más atractivos, puesto que son más altos en los primeros años (los que pierden menos valor al actualizarse) y más bajos en los más lejanos (en los que ocurre lo contrario).

Pero otro dato relevante es que, apareciendo nominalmente beneficios en ambos proyectos, la actualización muestra que el A ofrece resultados negativos (los gastos son superiores a los ingresos) y que el B los ofrece positivos por muy poco margen.

Naturalmente, la serie de ingresos y pagos puede ser, suele ser, menos cierta de lo que hemos reflejado en el ejemplo. De hecho, es muy frecuente que una expectativa de fuertes ingresos futuros vaya ligada a un mayor riesgo de la inversión.

Supongamos dos activos (acciones, negocios…) que durante los últimos tres años han dado los siguientes rendimientos: el primero, proporciona unos ingresos de 1.000 euros durante tres anualidades. El segundo, 1000 euros el primer años, ninguno el segundo y 2.000 el tercero. Si efectuamos una media aritmética comprobaríamos que la media de rentabilidad es igual en ambos casos: 1.000 euros. Sin embargo, el segundo es mucho más irregular, ya que la dispersión respecto a la media es mayor.

Podríamos decir así que la incertidumbre de un activo es mayor cuanto mayor sea la dispersión de sus rendimientos respecto a la media aritmética de los mismos (cuando sus rendimientos sean más irregulares).

El precio de cualquier activo está relacionado con los beneficios futuros que éste proporcione. Si la incertidumbre es elevada el precio del activo se verá reducido. De manera que si el precio de un determinado activo financiero viene determinado por el valor actual descontado de sus flujos futuros y, éstos son inciertos, con una alta probabilidad el precio pagado por él se verá afectado de manera negativa.

El precio de un activo cuyos rendimientos son inciertos tendrá un valor actual menor que el valor actual de sus rendimientos futuros.

Esto explica porque existen personas que están dispuestas a adquirir activos arriesgados. Además de la mayor o menor aversión al riesgo, las tasas medias de rendimiento de las inversiones arriesgadas suelen ser más elevadas que las que no lo son.

El ahorro y sus condicionantes

La forma esencial que tienen los sujetos de disminuir el riesgo futuro es el ahorro: acumular en los períodos positivos, de forma que se asegure una cobertura futura si los tiempos son malos (las vacas flacas tras las vacas gordas). La demanda de ahorro está estrechamente relacionada con la demanda de seguridad por parte del individuo. El ahorro proporciona seguridad en múltiples aspectos de la vida: permite planificar el futuro de los hijos, comprar una casa o un automóvil, contrarrestar el efecto que pudiera causar una desgracia inesperada, etc.

A lo largo de la vida de un individuo es habitual que el ahorro siga una pauta de ciclo vital bastante homogénea: en los primeros años de la vida (incluso de la vida activa) se produce un cierto endeudamiento, aumentando poco a poco la capacidad de ahorro hasta, aproximadamente, la edad de jubilación, en que se abandona la vida activa. A partir de ese momento se utilizan los ahorros acumulados en los años de trabajo, de nuevo para atender necesidades.

El objetivo de este comportamiento es intentar uniformar el consumo a lo largo de la vida. Como los ingresos crecen durante la vida activa y descienden una vez terminada, el proceso de endeudamiento- ahorro-desahorro permite que el nivel de consumo no sufra fuertes oscilaciones. El ahorro es, en realidad, renuncia de consumo presente a favor del consumo futuro.

La opción entre consumo y ahorro puede presentarse así de la misma forma que cualquier otra. Como la que vimos en los primeros temas entre el cine y el baile (gráfico 6.1).

Si suponemos que la totalidad de los ingresos provienen del salario, podemos identificar más fácilmente la renta total del individuo con su vida activa. Pero el hecho de renunciar al consumo de la renta hoy y posponerlo para el futuro hemos visto que tiene un premio para el ahorrador, que es el interés.

Cuando un particular acude a una entidad financiera y deposita sus ahorros recibe a cambio de ello un interés, que le compensará de su decisión de no consumir.

Ese tipo de interés implica que en el segundo período la capacidad de compra se ve incrementada en el interés obtenido (Gráfico 7.1). El ahorro así le permitirá aumentar el número total de bienes de los que puede disponer. La cantidad disponible en el segundo período dependerá, por tanto, no sólo del ahorro previo, sino también de la rentabilidad obtenida del mismo que, a su vez, depende de los tipos de interés y del tiempo trascurrido. Por lo tanto, la restricción presupuestaria temporal se desplaza hacia arriba, fundamentalmente como consecuencia de un incremento del tipo de interés y hacia abajo si se produce un descenso del mismo.

Por ello, unos tipos de interés más elevados incentivan el ahorro a través del conocido efecto sustitución pues el sacrificio de consumo presente tiene un premio mayor. Por otro lado, también existe un efecto renta positivo pues las mayores posibilidades permiten que crezcan tanto el consumo presente como el futuro. Dado que el ahorro tiene la condición de bien superior (crece más que proporcionalmente cuando lo hace la renta), ambos efectos juegan claramente en la misma dirección. Sin embargo, esos incentivos no llevan necesariamente a que crezca la cifra total de ahorro ¿Por qué razón? Fundamentalmente, porque esa consideración de bien superior es tan acusada que tales efectos juegan tan sólo a partir de un determinado nivel de renta. En niveles bajos toda la renta debe destinarse a consumo y, por lo tanto, no existe capacidad de ahorro y los tipos de interés resultan indiferentes.

En las sociedades avanzadas, especialmente en el continente europeo, se ha desarrollado de forma importante sistemas de protección englobados bajo la denominación genérica de la Seguridad Social. De alguna forma, este sistema supone una forma de ahorro forzoso que pretende cubrir a la población ante riesgos como el desempleo o la incapacidad, así como garantizar unos recursos básicos tras la jubilación.